Mi memoria de Fraga, hombre de Estado

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Escribo cuando se ha enfriado suficientemente en mi ánimo el mazazo de la muerte de Manuel Fraga que no por esperada me ha sobrecogido menos. La política y el pensamiento españoles tenían en este hombre una permanente referencia desde hace muchos años. Era uno de esos personajes que produce todo menos indiferencia. Podía ser un ser tierno, cercano, afable, y una persona áspera, cortante, de verbo rompedor. Siempre he pensado que esos cambios de carácter, fugaces pero tremendos, eran en el fondo una latente timidez.

Conocí a Manuel Fraga cuando él tenía 39 años y yo 17. No hace mucho me lo preguntó en el Senado: “¿Desde cuándo nos conocemos?”. Se lo dije. “Yo era joven pero tú eras un niño”, contestó. Aquel “niño” no dejó de ser un admirador de Fraga desde el primer momento. Como persona con experiencias ricas y diversas, como  hombre multifacético, culto sin trampa ni cartón, erudito y lleno de sabidurías. No era posible sacar un tema de conversación sobre el que él no tuviera conocimientos amplios e ideas concretas y rigurosas desde una erudición apabullante. No atesoraba una cultura montada al aire sino una cultura sólida. Su equipaje intelectual no era bisutería sino oro fino de muchos quilates.

Mantuve desde mis 17 años la relación con Fraga. Antes y después de ser ministro por primera vez. Y desde su paso, tras su cese como ministro en 1969, por la dirección general de la empresa “El Águila” hasta nuestra coincidencia en el Senado. Él, que había pasado por el Congreso de los Diputados, por el Parlamento de Galicia y por el Parlamento Europeo, me confesó un día en Santiago, camino del restaurante Vilas,  que su tía Amadora, a la que adoraba, se dolía de que no hubiese sido senador, que a ella debía parecerle muy importante. Al final lo fue, aunque no logró ver cumplido uno de sus deseos: la reforma de la Cámara Alta para que ejerza su papel constitucional. 

Como diplomático era dado a las formas. Durante su etapa de embajador en Londres me había autorizado el tuteo, que siempre se me hacía difícil. No eran muchos los que tuvieron el privilegio de tutearle. Siempre fue “Don Manuel” o “el patrón”. En un viaje a Santiago, siendo él Presidente de la Xunta, Alberto Ruíz-Gallardón portavoz en el Senado y yo portavoz-adjunto, todos le trataban de usted y yo procuré emplear términos ambiguos porque se me hacía embarazoso ser el único de los presentes que le tuteaba.

Uno de los primeros recuerdos de mi relación con Fraga va unido a Carl Schmitt, el célebre jurista alemán. Me lo  presentó Fraga en el Instituto de Estudios Políticos y me dedicó una edición de su libro Teoría de la Constitución; se fue la luz y Schmitt firmó bajo una vela que sostenía Fraga. Aprovechando mi recuerdo de esa anécdota en un periódico, alguien anotó sagazmente en un digital que la invitación del Instituto de Estudios Políticos a Schmitt demostraba que Fraga era partidario del nazismo porque Schmitt ejerció sus saberes universitarios en la Alemania que le tocó vivir y  no hizo ascos al sistema. Es como si Albert Speer, arquitecto en el periodo nazi y luego ministro de Armamento, juzgado en Nurenberg, no fuese reconocido, pese a ello, como valioso arquitecto, al que todavía se dedican  tesis doctorales en el mundo. Prestó también sus servicios en un determinado momento de su país. Esa fue una etapa terrible y bárbara que debe ser condenada por todo ser cabal, pero ni la obra jurídica de Schmitt ni la obra arquitectónica de Speer  pueden ser reducidas a sus servicios en un sistema deplorable. Schmitt fue un gran jurista y Speer un gran arquitecto. No sería objetivo ni razonable negarlo. Pero para atacar a Fraga, incluso postmortem, cualquier pretexto es válido y que el profesor español reconociese a Schmitt como un maestro del Derecho parece que es buen soporte. Pero todas las opiniones son respetables, y esa como cualquiera otra, aunque sea un error.

Fraga fue nombrado ministro de Información y Turismo creo que al año siguiente de aquel encuentro en el Instituto de Estadios Políticos. Desde la insolencia casi adolescente un grupo de amigos entre los que estaban José Miguel Ullán, Eduardo Barrenechea, ya fallecidos, y el de mejor pluma del grupo, Martín Prieto, fundamos una revista literaria que no pasó del quinto o sexto número: “Nuevo Surco”. No teníamos un duro, como correspondía, y Martín Prieto y yo fuimos a ver a Fraga al que, como he contado, yo ya conocía. Nos recibió en su despacho del Ministerio, nos escuchó probablemente con mayor atención de la que nuestra aventura literaria merecía,  y nos encaminó a Carlos Robles Piquer que era el director general competente al caso. El resultado fue que Robles Piquer ayudó con unas monedas la endeble supervivencia de la revistilla. Lo ha contado Martín Prieto estos días en su periódico.  Fraga creía en los jóvenes que tenían ideas, tomaban iniciativas y, en suma, no eran ociosos. 

Unos años después de su llegada al Ministerio  me fichó como asesor de su Gabinete. Salí por mi voluntad al tiempo que él (entonces los asesores no cesaban necesariamente con los ministros), cuando fue fulminado en la amplia crisis de Gobierno de octubre de 1969 que ganaron por goleada los llamados tecnócratas en detrimento de quienes entonces aparecían como aperturistas. La “bestia negra” para los inmovilistas dentro del grupo de los aperturistas era Fraga. Hay que medirlo en el panorama de entonces; no se puede entender la situación desde la realidad que vivimos hoy. Por ello no me ha sorprendido demasiado la empanada mental de no pocas comparecencias juveniles en las redes sociales limitándose a fustigar a un falso Fraga convertido por la manipulación o la información parcial en una especie de dinosaurio de extrema derecha, precisamente esa extrema derecha que le intentó anular tantas veces y  alguna vez casi lo consiguió. Casi.

En aquellos años de trabajo en el Ministerio, en el edificio que ahora cobija el de Defensa, aprendí muchas cosas en un tiempo de ley de prensa, boom turístico, bikinis incluidos, y preparación de la “operación Príncipe”, y cuajé una amistad sin fisuras con una de las personas más interesantes que he tratado, Gabriel Elorriaga, que tanto me enseñó, con el que habría de coincidir mucho más tarde en el Senado y durante decenios en experiencias de la vida. Incluso volvimos a trabajar juntos despues del Ministerio. Siendo yo director de una editorial y Elorriaga gobernador cesante de Tenerife, perdedor en un apaño de los inmovilistas, tuve la fortuna de que aceptase ser presidente de su Consejo Editorial. Luego volvimos a colaborar. Siendo Elorriaga director de “30 Dias” quiso que yo fuese subdirector. Una amistad estrecha y continuada.

Fui de los primeros (y escasos) lectores, en su texto original, de las célebres declaraciones del entonces Príncipe don Juan Carlos al director de la Agencia EFE, Carlos Mendo,  publicadas el 6 de enero de 1969, que supondrían nada menos que el pistoletazo de salida de una carrera que culminaría el 22 de julio de aquel año con la designación como sucesor de don Juan Carlos a título de Rey. El texto a máquina que firmaría ese gran periodista y gran amigo que fue Carlos Mendo tenía, que yo recuerde, mínimas correcciones de la mano del entonces Príncipe. Pese a la boca sellada de Elorriaga, que nunca ha hablado de ello, siempre he creído que el texto de las declaraciones lo escribió él aunque lo firmara Mendo, y desde luego pensé y pienso que el motor de la “operación Príncipe” en aquel importante episodio fue Fraga. Otro relevante servicio en el diseño del futuro.

Años después de cesar como ministro, Fraga me recibió varias veces como comensal en Londres siendo embajador, cuando preparaba su regreso a España. Al poco de llegar, muerto Franco y ya proclamado Rey Juan Carlos, fue nombrado vicepresidente del Gobierno y ministro entonces de Gobernación, etapa en la que también le traté con asiduidad. Asistí a su primera conferencia en Areneros marcando su camino, “Teoría del centro”, y le acompañé, primero desde fuera y luego desde la militancia, en su gran fundación política que, en una inteligente senda de asimilaciones e incorporaciones,  culminó en el Partido Popular.

En su etapa como ministro de Información y Turismo, entre tantas iniciativas que no tenían relación directa con su Departamento, Fraga promovió la sección española de la Academie Belgo-Espagnole d’Histoire, con sede en Bruselas. Junto a Fortuné Koller, historiador y tratadista belga del Toison de Oro, constituyó la Academia en España de la que luego fue presidente y hasta su muerte presidente de honor por acertado designio de su presidente actual, el doctor Ceballos-Escalera. Desde el primer momento quiso contar conmigo para la Academia por mi vinculación con Bélgica y mis aficiones históricas entonces primerizas. El homenaje a un compañero, el veterano abogado José Antonio Dávila,  fue la última ocasión en que Fraga asistió a un acto de la Corporación.

Haber colaborado con él a través del tiempo, haber formado parte de aquellos inolvidables maitines con Robles Piquer, Rato, Aznar, Calero, Ruíz-Gallardón, Baón, Beotas y otros históricos, haber presidido una Comisión Nacional de Cultura irrepetible, con personalidades de primera: Gregorio Marañón Moya, José García Nieto, Juan de Ávalos, Rafael de la Hoz Arderíus, Luis Cervera Vera, Carlos Murciano, Francisco Garfias, José Manuel González Torga, Alfonso Ceballos-Escalera, entre otros, son experiencias impagables. Recuerdo un almuerzo a tres: Fraga, Rafael de la Hoz, que venía de una reunión de la Unión Internacional de Arquitectos que presidía, y yo, que me sentía como un cura de aldea entre dos cardenales. Apenas me sorprendió el enorme conocimiento que demostró Fraga sobre la historia y los nuevos retos de la arquitectura. Por cierto, uno de los temas de la conversación fue Albert Speer porque se acababa de celebrar en no recuerdo qué país un encuentro de arquitectos sobre su obra. Los dos conocían sus interesantes Memorias que yo me apresuré a leer.

En la historia del centro-derecha en España el nombre de Manuel Fraga ocupa un lugar de honor. Asumió la construcción de una opción conservadora, a la europea, capaz de aglutinar mayorías suficientes de Gobierno. El intento anterior, la CEDA, fue desmochado por la guerra civil y sólo un hombre con tesón, instinto, principios y voluntad iba a ser capaz de culminar aquella frustración de la preguerra. El papel de Fraga en la formulación de una opción conservadora viable en la instauración de Juan Carlos I es equiparable al papel de Cánovas en la restauración de Alfonso XII. Los dos, Fraga y Cánovas, eran hombres de la cultura, del pensamiento, y al tiempo hombres de acción. Gracias al genio de Fraga, a su temple, a su decisión y a su intuición, el Partido Popular es hoy lo que es. Convirtió una realidad política fragmentada y cainita en una formación unida y de Gobierno. Por encima de cierto anecdotario falso y de tanta leyenda manipulada, la trayectoria pública de Fraga evidencia su servicio al Estado y a los españoles desde un realismo centrado. Nunca dejó de estar abierto al consenso, pero siempre fue fiel a sus valores y a sus principios.

Con motivo de su muerte Santiago Carrillo ha recordado “su valentía” porque presentó una conferencia suya en el Club Siglo XXI, en 1978, con lo que aquel acto representó entonces. Lo cierto es que Carrillo y Fraga jugaron un importante papel en la transición, respondiendo a una responsabilidad histórica. El líder comunista al incorporar la bandera nacional a sus mítines (recordemos que aquella bandera hasta la Ley de Símbolos de 1981 era la del águila de San Juan, por más que algunos incultos o interesados repitan que la bandera con ese escudo es “preconstitucional”) y al aceptar la Monarquía, lo que supuso una apuesta no radical en una izquierda que se había presentado durante años como el radicalismo sumo. Y Fraga, que había comenzado su vida política en el franquismo, al encauzar a un amplio centro-derecha que hizo inviable en España una extrema derecha como las que existen en otros países europeos. Es cierto que después cierta izquierda volvió al radicalismo, saltando sobre la transición, gracias al desnortado Zapatero.

Su personalidad fue tan rica que admite luces y sombras. Como todos los hombres eminentes Fraga tiene su leyenda. Se le atribuyen hechos que nunca protagonizó y frases que nunca pronunció. Es el anecdotario.

En estos días he vuelto a leer que a Fraga se le atribuye el triste desenlace de los sucesos de Vitoria (3 de marzo de 1976), siendo ministro de Gobernación; pero no se aclara que Fraga se encontraba en Alemania y el ministro encargado de su cartera, al que le tocó decidir, era alguien de cuyo nombre no quiero acordarme. Algo similar puede decirse de los cruentos enfrentamientos en Montejurra (9 de mayo de 1976), fecha en la que Fraga estaba de viaje oficial en Venezuela, y, obviamente, otro ministro, de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, estaba encargado de la cartera de Gobernación. En ambas ocasiones Fraga a su regresó a España asumió lo hecho o lo deshecho en su ausencia, mientras no faltaron quienes miraban para otro lado. Él era así y nunca huyó de asumir responsabilidades, por amargas que fuesen, le correspondiesen realmente o no.

En cuanto a la frase “La calle es mía”, atribuida a Fraga y  reiterada por algunos con  motivo de su muerte, nunca la pronunció tal cual. Y no quiero decir que Fraga, con su fuerte carácter, no hubiese podido pronunciarla en el sentido de “la calle es del Gobierno, la calle es del Estado, la calle no es de quien la ocupe vulnerando la ley”.  La frase “la calle es mía” no salió de sus labios.

Muere con Manuel Fraga un hombre honrado, un intelectual de una pieza, un político con principios, un académico riguroso. Muere, en definitiva, un hombre de bien. Sus más de ochenta libros, algunos fundamentales como sus estudios sobre Saavedra Fajardo, Cánovas o Balmes, sobre el sistema político inglés o el estadounidense, o el clásico La crisis del Estado, acreditan su dedicación y su altura intelectual.

Personalmente le debo torrentes de gratitud. Recibí de él numerosas pruebas de afecto y conté siempre con su apoyo. Me aconsejó cuando se lo pedí y me aclaró algún tema oscuro en mis trabajos sobre el siglo XIX, periodo que conocía bien. Mientras escribía mi única novela, Memoria secreta del hermano Leviatán, en la que Cánovas, como personaje, juega el papel de soporte de la narración, Fraga me aportó luz sobre algunos aspectos de aquel estadista con el que se sentía en gran medida identificado. Nunca podré olvidar algunos viajes a Santiago, en medio de los avatares políticos, en los que siempre me escuchó, me atendió y me ayudó.  No supone menos emoción para mí recordar aquella tarde de 1989 en la que Fraga y García Nieto, dos  personajes fundamentales en mi vida, uno por su ejemplo político y el otro por su ejemplo poético,  presentaron al alimón mi libro Revelaciones, que acababa de recibir el premio Francisco de Quevedo. Ambos dijeron cosas que permanecerán guardadas siempre en el cofre de mi memoria.

Mirado con lupa durante tantos decenios nadie pudo acusar a Fraga de una deshonestidad. Era un hombre honrado y un probo servidor público. Coincido con Gregorio Peces-Barba, que le conocía bien, en que Fraga pasará a la historia como un hombre de Estado. Un gran hombre. Y es un privilegio y un honor haberle tratado. Descanse en paz en aquel Perbes de su Galicia, cerca de su modesta casa en la que me recibió alguna vez.

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11 comentarios to “Mi memoria de Fraga, hombre de Estado”

  1. Tío Chinto de Couzadoiro Says:

    La muerte de Manuel Fraga ha puesto de relieve la pobre actitud de algunos ante el hombre eminente. No digo nada nuevo, si hablo del carácter envidioso del español, de su vil propensión a derribar al que se encuentra en una posición destacada. Manuel Fraga ha sido objeto de ataques, durante se etapa al servicio de la España democrática, y ahora, al fallecer, algunos individuos miserables han llegado al extremo de brindar por su desaparición. Lo que no borrará ese cava, tan suciamente empleado, será su condición de hombre de estado al servicio incondicional de España.
    Un cordial saludo.

  2. M.D.A. Says:

    Enhorabuena Van Halen por su sentido y emocionado recuerdo a Don Manuel. Me produce un envidia sana el hecho de que haya podido compartir experiencias con un ser tan extraordinario y especial. Tan singular e irrepetible. Tengo la certeza de que, pese a quien pese, figurará para siempre en la Historia de España como un verdadero y honesto hombre de Estado.

  3. gallego Says:

    A Don Enrique Beotas se le ha enviado una carta para que haga gestiones para que en Ávila de los Caballeros se le dedique una calle al antiguo Presidente de la AP Don DANIEL GARCÍA RAMOS(q.e.p.d.), en consonancia con la RÚA DE DANIEL GARCÍA RAMOS, en la igualmente simpática Santiago de Compostela…….

  4. gallego Says:

    Libro de Don Manuel: Razón de Estado, Pasión de Estado, 1985

  5. Fernando Azancot Says:

    La muerte, aun esperada, siempre sobrecoge; y especialmente a quien, como tú, amigo Juan, la siente motivada por la imagen del otro, singularmente cuando éste es de tu sangre, o – como en este caso – se trate de la de alguien al que consideras no ya sólo amigo, sino también maestro, y si quieres conductor. Y aquí juegan un papel importantísimo la fidelidad y la lealtad de las que tú haces gala, que “es de bien nacidos ser agradecidos”.
    La figura de Fraga se situa más allá del corral vocinglero que nos circunda; más allá de los juicios precipitados de todo presente, ya que su trayectoria vital reclama el veredicto de la historia, y éste, como bien sabes mucho mejor que yo, está reñido con la inmediatez. También con la ordinariez de la envidia.
    Yo le conocí de manera más distante y periférica que tú. Por primera vez, allá por el año 1955, en que dictó una conferencia en la Academia “José Antonio”. Estaba recién nombrado – si la memoria no me falla – Subdirector del Instituto de Estudios Políticos. Se trataba entonces de una joven promesa política, ya que en el orden académico y profesional aparecía como un consagrado. Posteriormente, tomé nota de su saber como alumno de la Facultad de Ciencias Políticas. Y ya inmerso yo en la vida política, siendo Ministro de Gobernación, trabajé, dentro de su ámbito competencial, en las tareas preparatorias del referéndum para la Ley de Reforma Política.
    Por cierto, cuando el suceso de Montejurra, sustituía su ausencia Adolfo Suárez, y en el caso de Vitoria, quiero creer que era Martín Villa. En ambos dramáticos incidentes, nada más regresar a España, inmediatamente dio la cara, sin excusarse en ningún otro y entre el silencio de los sustitutos responsables.
    Y siempre – como español interesado de cuanto ocurría en mi patria -, le seguí la pista, dado que su genio y capacidad de acción lo situaba por lo común en primera fila.
    Más que un “animal político”, creo que su existencia obedeció al “bios politikos”, esa segunda vida – más allá de la esfera privada y familiar – que dio origen a la polis. De ahí su desprendimiento de cuanto pudiera atarlo en el interior de la tapia del corral de su casa; particularmente del afán de acaparar cosas tan propio del consumista “homo laborans” u “homo faber”. Nació, pasó por la política, y murió en medio de la sencillez de un ajuar doméstico que nunca fue mucho más allá de lo adecuado a su nivel social.
    Y combinaba perfectamente las dos categorías exigidas para aparecer en la esfera pública: la acción y la palabra, es decir el pensamiento explicado, discursivo. A ello debido, entendió la política no solo como una ciencia o una técnica, sino también como un arte.
    En estos momentos, me hallo enfrascado en la lectura de “La Condición Humana”, de Hannah Arendt. Con ella termino, echando mano de Isak Dinesen: “Dejemos que los médicos, reposteros y criados de las grandes casas sean juzgados por lo que han hecho o incluso por lo que han querido hacer, las grandes personas se juzgan solo por lo que son”. Y con la inolvidable judía, apostillo: “Sólo el vulgo aceptará que su orgullo deriva de lo que ha hecho; por esta aceptación, dichas personas se convierten en “esclavos y prisioneros” de sus propias facultades, y comprenderán, si en ellas queda algo más que la pura y estúpida vanidad, que ser esclavo y prisionero de uno mismo no es menos amargo, y quizás más vergonzoso, que ser el siervo de algún otro.”
    Descanse en la Paz de Dios, en quien siempre creyó.

  6. Jacobo Rodríguez Says:

    En esta ocasión no creo oportuno hacer ningún comentario, solo quiero darle las gracias al Sr. Van Halen por los trazos de su historia personal con Fraga, por su personal semblanza, por dejarnos adivinar quién era Fraga en unos pocos párrafos.

  7. Bvenida Says:

    Mi agradecimiento al Sr Van Halen por dedicar un espacio en su blog al gallego y español insigne que fue Don Manuel Fraga. Da igual el signo político que se profese pues existe consenso entre los gallegos cuando se afirma que nunca jamás avanzó tanto Galicia como cuando él rigió los destinos de esta maravillosa tierra como Presidente de la Xunta.

  8. Antonio D.A. Says:

    Los comentarios coinciden en destacar la valía de ese hombre singular que fue Manuel Fraga. Contrasta con las “lanzadas a moro muerto” que se han dado en tantos ámbitos de la izquierda. En Madrid IU votó en contra de que Fraga tenga calle en Madrid, mientras machaconamente pidió la calle de La Pasionaria. Una comparación entre las biografías de los dos personajes citados resulta aleccionador. Seguro que cuando muera Carrillo estos “progresistas”, cuyo progreso ha consistido en crear cinco millones y medio de parados,pedirán al Ayuntamiento de Madrid una calle para Carrillo, y por qué no al Rey que le conceda el condado de Carrillo, o más propiamente el de Paracuellos. Esta tarde en el Congreso de los Diputados parte de la izquierda se ha ausentado cuando el Presidente de la Cámara, Jesús Posada, ha leido un texto institucional en homenaje a Manuel Fraga. Lamentable. Parece que les molesta este hombre inteligente, honrado y honesto, mientras hay tantos mangantes en la actual política española.

  9. belen L. Feraldo Says:

    Tanto Manuel Fraga como Santiago Carrillo colaboraron muy especialmente en el éxito de la transición. Cada uno desde sus planteamientos, y uno viniendo del régimen y el otro desde la exrrema izquierda, pero los dos atendiendo a la realidad. Que la izquierda y en especial los comunistas sean cicateros o nieguen la valiosa intervención de Fraga en aquellas circunstancias es sencillamente una felonía, una bajeza y una prueba de estupidez. Enhorabuena, y gracias.

  10. Luis Español Says:

    Eres generoso en tu recuerdo. Lo que más me gusta del artículo es tu certera observación acerca de la imposibilidad de exhibir relaciones de confianza con alguien en presencia de otras personas menos introducidas en su intimidad. eso que describes tan bien con la frase “procuré emplear términos ambiguos porque se me hacía embarazoso ser el único de los presentes que le tuteaba”

    Ni el ciego del Lazarillo contando uvas hilaba tan fino.

  11. celaya Says:

    La cualificación de Don Daniel García Ramos como conocedor del Derecho Gallego está fuera de toda duda…….

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