La Monarquía y los sindicatos rampantes

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El día en cuyos últimos minutos escribo este post el diario “ABC”, tradicionalmente monárquico, en el que he colaborado intermitentemente durante años, dedica un relevante espacio a la Monarquía y a la figura de don Juan Carlos bajo el título general “Siempre con el Rey”. Las páginas se abren con un inteligente artículo del director del diario, Bieito Rubido, y entre diversas informaciones y análisis de interés publica una encuesta según la cual siete de cada diez españoles creen que la Monarquía es positiva para España. La “tercera” de esta edición aparece firmada por Lord Tristan Garel-Jones, que fue ministro de Asuntos Europeos y para América Latina con Thatcher y con Major, y tesorero de la Casa Real británica. Por cierto, tuve el honor de que tradujese versos míos al inglés para el libro “Tertulian poems”. Una de las aportaciones de este homenaje de “ABC” a la Monarquía y al Rey es un impecable texto de mi admirado Ramón Pérez-Maura: “Cinco razones por las que la Monarquía es un sistema mejor”.   

Muchos lectores podrían entender este despliegue de “ABC” como una defensa mediática de la Institución relacionada con la singular circunstancia del “caso Urdangarín”, al que el diario dedica un reportaje cronológico. Creo que es oportuno aclarar la relación entre este controvertido asunto de crónica de tribunales y la Institución Monárquica. Y también mirar atrás en la Historia, a nuestras dos experiencias republicanas.

El juicio a Urdangarín es un juicio mediático, como tantos otros. Al imputado hace tiempo que lo condenó eso que llamamos la opinión pública que es implacable y tornadiza. Si su condena no se produjese o incluso si fuese menor de lo que esperan las fauces mediáticas, ya sabemos que se presentaría como un montaje, como una intriga palaciega. Si la condena es dura, o muy dura, se recibirá como justísima y, de paso, se crucificará aún más al reo. Es lo que tienen los juicios mediáticos previos. Espero que la condena que reciba Urdangarín sea la que en justicia merezca, como no podría ser de otra manera, porque los españoles somos iguales ante la ley como se encargó de recordar el Rey nada menos que en su último discurso de Navidad.

A mí no me preocupa ni poco ni mucho la sentencia porque creo en la Justicia con mayúscula, he confiado siempre en que Montesquieu no ha muerto y que en un Estado de Derecho, apuntalado en la división de poderes, quien comete un delito lo paga sin resquicio alguno para la interferencia de un poder en las decisiones de otro.

Lo preocupante es el batiburrillo que se observa alrededor del caso Urdangarín. Ante las puertas del juzgado en que declaró se convocaron republicanos con sus banderas tricolores desgañitándose para demostrar no se sabe qué, pero en todo caso evidenciando que no creen en la Justicia. Estaban allí aprovechando la comparecencia judicial del yerno del Rey para atacar a la Monarquía.Y la confusión intencionada entre las malas prácticas financieras de Urdangarín, si se confirman, y la Institución Monárquica sí me preocupa.

Parece que se ha abierto la veda de la Monarquía, pero lo cierto es que hay quienes nunca han dejado de buscar desde mucho antes de la transición, ya desde el fin de la guerra civil, lo que llaman “la tercera”. Desde 1978 eso es perfectamente constitucional en España; la republicana es una opción política como otra cualquiera siempre que se defienda por cauces democráticos. Pero alrededor de esta postura se han producido manipulaciones. Por ejemplo, se repite que la Monarquía es un sistema “impuesto” y no refrendado por los españoles, pero no es así. El referéndum constitucional de 6 de diciembre de 1978 aprobó, con un apoyo del 88,54% de los votantes, una Constitución en cuyo artículo 1.3 se define la forma política del Estado como “una Monarquía parlamentaria”, su Título II, “De la Corona”, que comprende desde los artículo 56 al 65, incluidos, se refiere a la Institución, y en el artículo 57.1 se cita expresamente a “S.M. Don Juan Carlos I de Borbón” por lo que la Constitución Española es una de las pocas Constituciones, acaso la única, en la que aparece el nombre del monarca reinante. En España no sólo se ha sometido a refrendo de los ciudadanos la forma de Estado sino también a quien ostenta la Jefatura de ese Estado a título de Rey.

Me considero monárquico de razón, pero eso es lo de menos. Es una opción. Tengo amigos republicanos a los que les digo que me sorprende su empecinamiento en volver la mirada hacia 1931. No apuestan por una República del siglo XXI sino que se muestran nostálgicos  de la II República, la de hace ochenta y un años, y quieren volver atrás. Olvidan, o quieren olvidar, lo que supuso aquella experiencia. Suelo recomendarles la lectura, que es buen camino para aclarar ideas; sobre todo la lectura de investigadores extranjeros. Y entre los testimonios españoles les induzco a leer libros como “Madrid. El advenimiento de la República”, de Josep Pla, cronista republicano, cuyos textos escritos entonces para “La Veu de Catalunya” y otros periódicos son muy ilustrativos y gozan de la garantía de autenticidad de quien cuenta lo que ve y en el tiempo en que lo ve. Pla siguió, además, en crónicas excelentes, la peripecia republicana entre los años 1931 y 1936. Esas lúcidas crónicas -exactamente 1.259- fueron publicadas hace unos años en un grueso volumen de casi dos mil páginas, que también recomiendo a mis amigos republicanos y a quienes les interese la Historia de aquel infortunado régimen.  La secuencia de lo que vio y cuenta Pla en esos cinco años es demoledora.

La II República fue una experiencia fallida por más que fuese recibida con alborozo callejero, más o menos inducido, aunque llegó por el irregular procedimiento de unas elecciones municipales que, además, perdieron en el conjunto de España, y por mucho, las candidaturas republicanas. El marqués de Hoyos, último ministro monárquico de Gobernación, desveló los resultados electorales: 22.150 concejales monárquicos frente a 5.875 concejales republicanos.La Embajada inglesa trasladó a Londres otras cifras, debidas a sus servicios de inteligencia, desde una suma de las actas de las mesas: algo más de 23.000 concejales monárquicos frente a 3.501 concejales republicanos. En el medio rural habían arrasado las candidaturas monárquicas y en las grandes ciudades las republicanas. Las cifras oficiales de aquellas elecciones nunca fueron publicadas por el Gobierno Provisional del nuevo régimen.

Viéndose sin apoyos suficientes, acobardado y sin mimbres para negociar algo que no fuese su salida indemne de España, Alfonso XIII tiró la toalla y dejó el poder en la calle, de  modo que sólo había que recogerlo de allí. Cuenta Pla que el dirigente socialista Fernando de los Ríos auguraba en la mañana del 13 de abril que “en dos años indefectiblemente habrá una República en España”, tan convencido estaba de que las elecciones municipales no supondrían un cambio de régimen. Al día siguiente era ministro de Gracia y Justicia del Gobierno Provisional republicano. Había sido un golpe de estado incruento, sin apoyatura legal alguna, apuntalado en el general deseo de cambio. La ilusión y la esperanza de tiempos mejores nos trajeron un régimen prácticamente inédito en España que tenía todas las bazas para responder a las expectativas que los españoles anhelaban. Pero  no lo consiguió.

Sin embargo, la República se hizo pronto enemiga de sí misma y ninguna facción admitía una República que no fuese la suya; la alternancia en el poder no se asumía. Unos y otros respondían con la fuerza a los gobiernos que no eran de su signo. Así la sanjurjada de 1932, la revolución de Asturias de 1934 y el golpe fracasado de 1936 que dio lugar a la guerra civil. El propio hecho de que un intento de golpe de estado se convirtiera en una terrible y larga guerra civil evidencia que los errores republicanos habían dividido España en dos; la guerra se produjo y duró porque había pueblo en las dos partes en que se dividió un país ya en armas; no había sido una cuartelada de las tantas que padecimos en el siglo XIX. Los de la República fueron cinco años de creciente radicalismo, de enfrentamientos y de violencia política cuya responsabilidad, vista desde nuestra perspectiva del siglo XXI, estuvo bastante repartida.

En todo caso sería hacernos trampas en un solitario no admitir que las urgencias revolucionarias de una izquierda extrema representada tanto por comunistas y anarquistas como por el sector largocaballerista del PSOE, junto a la falta de visión de un Azaña hoy juzgado por muchos hagiógrafos con excesiva complacencia, deslizaron la experiencia republicana hacia el caos. El socialismo moderado de Prieto y las posiciones razonables de Besteiro resultaron desbordados. Y, aunque se diga otra cosa,  el totalitarismo de una extrema derecha en construcción era, en cuanto a su influencia en las masas, irrelevante. El centro-derecha que soñaron Alcalá-Zamora, a un lado, y Gil Robles, al otro, zozobró en el forcejeo ciego de los extremismos.

No creo que aquella República deba servir de espejo a una hipotética nueva experiencia republicana, pero es lo que parece que se quiere cuando en todas las manifestaciones tremolan banderas tricolores, una enseña histórica, sólo eso, como la de los Comuneros o la de la España de los Austrias. Supone pasado pero no futuro. La I República no cambió la bandera nacional. Y asistimos cada día a la apología de aquel sistema de 1931 que se presenta  como óptimo, sin mezcla de mal alguno, en un ejercicio de reescritura de la Historia por el procedimiento de pasar una goma de borrar por lo que resulta ingrato.

La I República fue también un experimento fallido. Se dieron en ella situaciones pintorescas emanadas de un cantonalismo de opereta en el que, por ejemplo, Granada declaró la guerra a Jaén, Jumilla amenazó con atacar Murcia, y la fragata “Victoria”, de la flota del Cantón independiente de Cartagena, bombardeó Alicante para hacerse con el dinero que guardaba el Banco de España de aquella ciudad, mientras los cartageneros pedían formalmente a Washington integrarse como un Estado más de la Unión para librarse del Gobierno de Madrid. Un desmadre que atajó el propio Castelar, que era un político riguroso y serio, con la decisiva colaboración de Pavía, capitán general de Madrid, que mandó algunos soldados a suspender los debates del Congreso de los Diputados que en aquel caos no servían para nada. Acaso es ocasión de separar la fábula de la Historia: Pavía no entró en el Congreso de los Diputados, ni a caballo, como se ha repetido tanto,  ni a pie.  Siguió los acontecimientos desde una casa cercana.

Las Monarquías son ejemplos de estabilidad,  y la nuestra también. En España las dos experiencias republicanas no salieron bien. Salieron muy mal. Y un caso “sub judice” que afecta a  la conducta no ejemplar, en palabras del propio Rey, de uno de los miembros de su familia, no debe suponer su utilización impropia contra la Institución Monárquica. Los juicios mediáticos son sólo eso en un Estado de Derecho. El dilema en España no es entre Monarquía o República sino entre sistema útil y consolidado o aventurismo con terribles precedentes. 

Además, escribo este post al final del día en que los sindicatos se han manifestado en Madrid y en otras ciudades contra la reforma laboral y ya han anunciado una huelga general para el próximo día 29.  Con ello  se ha demostrado, una vez más, que esa antigualla que es el sindicalismo español, empeñado en seguir anclado en el siglo XIX mientras cobra euros del siglo XXI, tiene poco arreglo. Le ocurre como al PSOE: en vez de acometer su refundación persiste en sus errores. Los sindicatos o se hacen transparentes y dejan de aparecer ante los españoles como una maquinaría de presión política para defender sus intereses y no los de los trabajadores, o seguirán perdiendo afiliación y aislándose de la sociedad.

La elección del 11 de marzo para manifestarse supone, además, una indignidad y una afrenta gratuita de los sindicatos a las víctimas del terrorismo. Había más días. ¿Alguien se imagina a los sindicatos norteamericanos convocando una manifestación reivindicativa un 11 de septiembre? Pero Méndez y Toxo no son un ejemplo de delicadeza ni de patriotismo. Siempre han ido a la suyo, que es debilitar a los gobiernos que no les amamantan o temen que no lo hagan.

La cuestión no es si la reforma laboral es buena, es mala o es regular, porque ello está a debate en el Parlamento; la cuestión es si los sindicatos se movilizan a favor de los derechos de los trabajadores o en contra de los derechos de un Gobierno legítimo con una mayoría holgada en las Cámaras. Y a casi nadie le caben dudas. Los partidos de izquierda no han asumido la victoria del Partido Popular y la enorme merma de su poder territorial y tratan de ganar en la calle lo que perdieron en las urnas. Es un error estratégico al que se suman los que podríamos llamar “partidos bonsai” o “partidos híbridos”, como UPyD, que, por fortuna, al tener grupo parlamentario se ve obligado a mojarse, cuando justamente su calculada indefinición es la que le hizo conseguir votos en los más diversos e incluso contradictorios cazaderos. Ahora ya sabemos que Rosa Díaz coincide con el PSOE, como no podía ser de otra manera, pese a lo que pudiesen haber creído ingenuos y desnortados votantes históricos de la derecha que le dieron su voto en las últimas elecciones. El partido de Rosa Díez es sólo medíatico. UPyD  pedía en el Congreso de los Diputados la ilegalización de Bildu, aunque sabe que ello tiene unos condicionantes legales, y al tiempo su diputado en el Parlamento Vasco unía su firma a la de Bildu en una iniciativa parlamentaria. Díez dijo que había sido una confusión. Qué cosas.

Ante cada manifestación y las guerras de cifras de sus participantes, me pregunto quiénes  son más estimables los millones de personas que se quedan en sus casas despreciando las convocatorias y a sus convocantes o esos miles de liberados con los bolsillos llenos de dinero público que salen a la calle. Qué debemos valorar más los silencios o los gritos, las pancartas airadas o los votos de las urnas. En una democracia es obvio que lo que cuentan son las urnas y los votos en el Parlamento.

No tiene sentido, y aún menos es responsable, que cuando se tramita en el Parlamento la reforma laboral como proyecto de ley los sindicatos ignoren el proceso iniciado en las Cámaras que representan la soberanía nacional y rompan la baraja con manifestaciones y con una huelga general en defensa de sus dineros, que ven amenazados, y no, desde luego, en defensa de los trabajadores. A estos sindicatos que padecemos les favorece el inmovilismo, el dolce far niente que con sus silencios e inacciones nos ha llevado a dónde estamos. Es urgente que sepamos a qué se destinan los cien millones en subvenciones directas y los quinientos millones en subvenciones indirectas que reciben los sindicatos cada año, pero sobre eso no nos dicen nada. Y lo más chusco, por no emplear otra palabra gruesa, es que esta estrategia la apoye el PSOE, culpable con el propio Rubalcaba a la cabeza de la situación económica que atraviesa nuestro país.

Los sindicatos pedían hoy y volverán a pedir en la jornada de huelga del día 29 que el Gobierno negocie la reforma laboral, pero ellos fueron incapaces de llegar a ningún acuerdo con las organizaciones empresariales y con el propio Gobierno, ni con Zapatero, al que daban el “cariño” que les pidió, ni con Rajoy. Nuestro sindicalismo anacrónico entiende el consenso como una rendición de la parte contraria, y eso no es así, como ya denunció Cánovas hace bastante  más de cien años. El pacto es un ejercicio de renuncias de todos y supone que todos se dejen pelos en la gatera. Pero eso no lo entiende ni lo ha entendido nunca, desde su soberbia, la izquierda en general ni los sindicatos en particular.  Y me temo que no cambiarán. 

Cuando tantos banqueros-sindicalistas de 200.000  a 500.000 euros al año de sueldo (hoy “ABC” da algunos nombres y en los medios se han venido publicando otros nombres en días pasados) y otros privilegiados empiecen a recibir firmes demandas de sus afiliados  para que expliquen  de una vez sus economías de vértigo en medio de una crisis que afecta a la mayoría de los españoles, los sindicatos se verán obligados a abandonar sus máscaras ahora que ya concluyó el carnaval. Asi sea. 

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14 comentarios to “La Monarquía y los sindicatos rampantes”

  1. Buñuelo Says:

    No se preocupe usted por la Monarquía, que aunque no haya, que yo sepa, un solo Borbón entre los militantes del PSOE, la institución permanecerá. El artículo 56.3 de la Constitución española, esa llamada ley máxima que nada ni nadie cumple, dice que la persona del Rey es inviolable y que no está sujeto a responsabilidad, algo que todos sabemos y que dia a dia comprobamos, que en efecto, así es. No hay quien viole o responsabilice de algo a su Majestad. Bien, pues es la misma linea la que sigue el PSOE. Comparte con el Jefe del Estado la cualidad que solo a este le confiere la Constitución: Ser practicamente inviolables y no estar sometidos a responsabilidad alguna por sus actos. Por eso le digo sr. Van-Halen, monárquico de razón, como usted mismo se define, que no se preocupe, nada ni nadie, pase lo que pase con el caso Urdangarin, va a impedir que todo permanezca estable. El PSOE, que sería el que más “guerra” podría dar, no va a hacerlo. Cómo empresa política, en cualquiera de sus ámbitos territoriales, cuyo objeto social ya no es la representación y defensa de un concreto sector de la ciudadanía, sino la exclusiva defensa de los privilegios que el sistema otorga a los que se dedican a la política y que la permanencia de la Corona “tal y como eestá” les garantiza. Tranquilo, no pasa nada.

  2. hugo Says:

    Efectivamente el efecto mediático del caso Urdangarin es muy grande . Yo si creo que una posible absolución perjudicaría y mucho a la Monarquía , porque hace ya muchos años que se le advirtió al susodicho que dejara de hacer lo que hacía . O sea que se sabía.
    Muy buena la síntesis de lo que han sido la 1ª y la2ª República en España y el recordatorio de los sindicalistas banqueros

  3. Un boticario Says:

    Querido maestro:

    Me hallaba yo dando los últimos retoques a un artículo sobre la Constitución de 1812 y los farmacéuticos, cuando la barra de google me avisa de su nuevo post, que leo avidez y contesto de inmediato, mezclando sus argumentos con los míos. Y al final acabo siendo más partidario del absolutismo de Fernando VII que de una Constitución ejemplar, simple y llanamente porque no resultó buena para los farmacéuticos. Y es que los boticarios, como casi todos los grupos sociales, nos nutrimos de paradojas y de lo que consideramos más favorable a nuestros intereses.
    La Constitución de 1812 fue inicialmente malísima para los farmacéuticos, como trato de demostrar en mi artículo, porque nos devolvió a la dependencia del protomedicato, abolido en 1800, mientras que el “Manifiesto de los Persas” y el Decreto que entró en vigor el 19 de marzo de 1814, nos devuelve a la nueva institución que funciona desde principios de siglo: la Junta Superior Gubernativa de Farmacia, encargada de impartir los títulos de farmacéutico y confeccionar la farmacopea, con total independencia de los médicos.
    La moraleja que trato de sacar en mi artículo de esta anécdota histórica es que la supervivencia, la independencia y el progreso de la Farmacia dependen de peripecias tan dispares como la vuelta al absolutismo de Fernando VII, o la política de defensa del modelo Mediterráneo de Farmacia de los últimos gobiernos socialistas, de los que quizá hubiéramos podido esperar todo lo contrario de lo que hicieron. Así que nada que objetar a sus argumentos en contra de la República, porque ni como farmacéutico, ni como ciudadano deseo peligrosos experimentos o paradojas como las que hemos vivido en estos últimos cuatro años, o vivieron nuestros antepasados en el periodo absolutista.

  4. OPCH Says:

    Algo en común comparten, en estos tiempos, Urdangarín y los sindicatos: ambos han sido condenados por la sociedad. Personalmente prefiero esperar a la resolución de los Tribunales, con respecto al primero. Si la Justicia, con todas las garantías del sistema democrático y de derecho,finalmente concluye con la inocencia del condenado socialmente, ése será también mi veredicto. Si, por el contrario, determinara su culpabilidad entonces tal determinación compartiré. Con respecto a los sindicatos, sin embargo, me sumo sin fisuras a esa condena social y por decenas de razones. Entre ellas figuran todas las apuntadas por Van Halen.

  5. Madrileña Says:

    Los sindicatos han decidido echar una mano a Rubalcaba y han convocado una Huelga General. Parece ser que los culpables de los problemas que tiene España son los que llegaron al Gobierno hace apenas tres meses y no los que la han destrozado durante ocho años. Estos sinverguenzas que se han forrado a costa del paro, de los ERES y de las regulaciones de empleo dirigidas por ellos, estos tipos que viven a cuerpo de Rey a costa de los trabajadores y de los impuestos de todos los españoles, pretenden que todos secundemos una Huelga General que solo beneficia a ellos. Porque, a ver, se trata de garantizar, no solo el futuro de Toxo y Méndez y el pan de sus hijos, que supongo lo tendrán más que garantizado, sino de garantizar el ROLEX y los cruceros de lujo de alguno de ellos. Así que desde aquí pido que no seamos insensibles a sus necesidades y el dia 29 apoyemos todos esa Huelga Gereral aunque sea toda una Huelga Particular. Pues eso.

  6. Jacobo Rodríguez Says:

    Creo que tiene razón, que Montesquieu no está muerto, pero también creo que está pasando hambre y frio.
    En cuanto a la Monarquía, como bien dice el post, hay una cuestión innegable, es el sistema que se ha adaptado a las cisrcunstancias de los últimos tiempo, que nos ha representado bien y que no se ha metido en manipulaciones políticas. Esto último es, incuestionablemente, imposible en una república, dado el caracter político del presidente de la la misma. Se trata de tener más cargos con políticos al frente. Por otro lado, en el caso particular de España, los movimientos republicanos no han pasado por el tamiz de las urnas, solo se han dedicado a airear su caracter y a ondear banderas de otro tiempo. Las mismas que, por otro lado, deciden mover los sindicatos a pesar de haber heredado su situación de la época franquista.

  7. Fernando Azancot Says:

    Irreprochable artículo, magnífico en su estructura, y denso y riguroso en su contenido. En términos académicos de sobresaliente “cum laude”. Mi cordial enhorabuena. Este “As de Bastos” cada día se crece en el envite. Crea mi ilustre maestro que difícil se me hace glosar el texto. Mas este juego en el que me he enganchado me lo pide y yo, gustoso, obedezco al impulso.
    Asumo la tesis de un ABC “siempre con el Rey”; si bien no sobra matizar que, en función de una supuesta legitimidad dinástica, no en toda época el calor de la adhesión, en el caso del ilustre diario, se concitó en la figura de Juan Carlos I. Y puede que fuera porque también en el terreno de las nostalgias monárquicas se daba cierta ranciedad de miras; de manera que la paradoja del actual monarca, que accede al trono por designación refrendada por las Cortes Españolas, consiste en que lo hace sin apenas monárquicos con denominación de origen en derredor. Aún recuerdo el estentóreo y afectado grito de “¡Viva el Rey! que, envarado, pronunciara el Vieja Guardia de la Falange, a la sazón Presidente de las Cortes, Alejandro Rodriguez de Valcárcel en la memorable fecha de su proclamación. Y el coro de neomonárquicos Señores Procuradores que respondió con otro “¡Viva!” unánime, y no me atrevo a decir que emocionado.
    Explicar cómo la monarquía institución está más allá de las frivolidades, o en este caso de los negocios más o menos claros de un miembro de la familia real es tarea difícil de cara al respetable que responde a las encuestas, incluso a esa que según ABC arroja como resultado que 7 españoles de cada 10, creen positiva la monarquía. Es posible.
    De otra parte, los juicios mediáticos previos se han convertido en moneda de cambio común en una sociedad masificada, y para unos medios presididos por un insaciable ánimo de lucro basado en la competición, y no menos para una administración de justicia incapaz de salvaguardar el secreto de sumario. Todo un coctail cuyo resultado apenas llama ya a una rigurosa inquietud a quienes vienen acostumbrados a pasar de todo. Lo que finalmente sea de Urdangarin es lo de menos para los espectadores del circo cuyo regusto descansa en el aquí y ahora. Por mi parte, lo que me preocupa es la decadencia en que ha caído la aristocracia, tanto la de la sangre como esta otra advenediza a la que el joven balonmanista pertenece por matrimonio. Porque creo que su razón de existir y su función social consiste en el ejercicio de un magisterio de costumbres. Y no olvidemos que la monarquía es una forma de gobierno aristocrática que descansa no ya en los mejores, sino en el mejor de entre estos. He aquí la cuestión. El pueblo exige ejemplaridad porque necesita admirar a quien es entronizado por la historia, y no por el sufragio universal.
    “Me considero monárquico de razón”, afirmas desde tu pensamiento justificador. Y no es mal fundamento para tu postura. Pero no olvides que fue la razón, casi deificada, la que guillotinó al Rey de Francia y produjo, con la revolución, el advenimiento del Nuevo Régimen.
    Y para guinda del pastel hispano los sindicatos y “los sindicalistas” nadando, como bien adviertes, entre la antigualla y la inoportunidad, acompañados de un PSOE que semeja querer tirarse al monte, ejercicio por lo demás frecuente en el socialismo “demodé”. Como apuntas, entre tanto, “España entre el silencio y el grito, la pancarta airada o los votos de las urnas”
    Así que, recordando a Eduardo Marquina, concluiremos con aquello de “España y yo somos así, señora.”
    Admirado Juan Van Halen: nada de ardorosa ingenuidad. El carnaval no ha concluido.

  8. Rosa Valiente Says:

    Conocido es por todos que los combustibles nucleares, después de haber agotado su vida energética, se transforman en otros elementos radiactivos de difícil y peligrosa manipulación, motivo por el cual son llamados “residuos radiactivos” que aunque ya no tienen un propósito práctico, consevan la capacidad de seguir emitiendo radiaciones nocivas muchos años más. Se estará preguntando usted, señor Van-Halen, a cuento de qué viene esta entrada si el tema de su post no es la energía nuclear. Pues mire, viene a cuento por la similitud que hay entre los sindicatos y los residuos radiactivos. También es cierto que hay diferencias, pero a favor de los residuos radiactivos; éstos por lo menos, en su vida útil, generaron energía, cosa que los sindicatos jamás han hecho. En su artículo de ayer en “La Gaceta” titulado “Sindicatos y desvergüenza”, que completa y mejora este post en la parte que dedica a los sindicatos y cuya lectura recomiendo, aunque usted no lo dice y no habla de uranio ni de plutonio, sí habla de las peligrosas radiaciones a las que se expone el PP y una gran parte de la sociedad por parte de esos residuos radiactivos que son los sindicatos y, por supuesto, habla de la fusión nuclear entre sindicatos y PSOE. Qué cosas.

  9. JM Says:

    Buenos dias ILUSTRE.
    A preferir susto ó muerte, la cosa esta bien clara, es mejor susto aunque tenga su mal rato, y me explico; La Monarquia tiene una gran diferencia con la Republica y es que el “Manda” es decir en este caso El Rey, no pertenece a ningun partido politico (aunque tenga sus querencias personales) mientras que el Presidente de la Republica es de una faccion ú otra, lo que le minaria la capacidad de la imparcialidad, ecuanimidad y otros valores para ejercer esa labor de Arbitrio y consenso entre las diferentes etnias y culturas geopoliticas que hubiere en este ú otro pais.
    Luego esta la Estetica, la marca España vende por sus tradicciones, vamos que ahora no se ha inventado el vino bueno, ni la tortilla de patata, ni el flamenco, ni los toros etc…, todo esto es de muy antiguo, al igual que la bondad de sus gentes y la mas franca y cariñosa hospitalidad. Una de las mas grandes tradicciones es la Monarquia, una España sin Rey pues como que de segunda división.
    En cuanto a la Institución, recientemente bamboleada en las prensas y juzgados, entra en la dinamica de las Monarquias modernas, no solo la nuestra, los Principes y Princesas estan capacitados para equivocarse en sus matrimonios como todos los mortales, vease las de Monaco, etc… Aqui no hemos tenido mucha suerte, esperemos que a la segunda vayamos mejor.
    En cuanto a las Republicas que sufrimos en el pasado, la izquierda aglutinaba al campesinado y clase obrera, por aquellos tiempos muy falta de cultura con un nivel de analfabetismo grandisimo y eran muy facilmente manipulables. Gracias a los años que han pasado y el acceso a la Universidad durante los ultimos 80 años deberian haber cambiado al antiguo español de la navaja y la manta por gente con criterio, por eso no se entiende a veces el comportamiento de gente formada y estudiada y que se dejan manipular y por eso el andamiaje de la izquierda es mayor con sindicatos, victimas (de izquierda
    claro) para llegar a sacar a estos a la calle. Ya sabes lo que dice Forges, “Pais,coño”
    Gracias Juan.

  10. Andrés Burillo G. Says:

    En algún comentario anterior dije que este blog se caracteriza por la altura de sus comentaristas. Los que hay hasta la llegada de este mío son ejemplos. Me referiré a las opiniones, interesantes como siempre, de Azancot que “me suena” creo que de haber coincidido con él hace años, siendo yo jovencito. Estoy de acuerdo con el fondo de su comentario pero matizo que la sinrazón, aunque fuese bajo la diosa Razón, fue lo que llevó a la guillotina a Luis XVI y a María Antonieta. Fue algo irracional y además perjudicial para el futuro de la Revolucion y de la naciente República. Si en la Francia revolucionaria no hubiesen asesinado a los reyes probablemente todo aquel ánsia de cambios, por lo demás tan cruentos en ajenos pero también en propios, no hubiese fracasado por sobreaceleración dando lugar nada menos que a un Imperio, que es “más” e igual de despótico que un Reino, y después de él a la restauración de la Monarquía en la persona de Luis XVIII, hermano del guillotinado. Si en la Inglaterra del XVII Cronwell no hubiese asesinado a Carlos I y hubiese mantenido una República moderada y no la dictadura a la que se deslizó, no hubiese ocurrido, o al menos no de manera tan próxima, la restauración de la Monarquía en la persona de su hijo Carlos II. El ABC, tiene usted razón, cambió bastante de chaqueta aunque las sucesivas chaquetas fueran monárquicas (menos el ABC requisado de la guerra civil) A ese periódico le costó algún disgusto con Franco apostar por el padre del Rey, y en una etapa anterior con el don Juan de Estoril porque no entendió que los Luca de Tena apostasen por Franco. Luego ABC apostó por la Monarquía que traía Franco, y luego por la que trajo el actual Rey desde las leyes franquistas preparadas por Fernández Miranda, viejo ministro del Movimiento. Y estoy también de acuerdo en que si la aristocracia no es una especie de magisterio de costumbres no es o no debe ser, aunque la aristocracia, incluso la titulada, ha cambiado mucho y como ejemplo vale el Marqués de Del Bosque. Claro que no se queda a la zaga el Duque consorte de Palma, por cosas distintas. Desde luego el carnaval no ha concluido, como escribe muy bien Azancot.

  11. Remedios de la G. Says:

    Coincido con Burillo sobre la valía y amenidad de los comentaristas de este blog, y por eso lo sigo. Hasta hoy no me decidí a enviar nada, pero no puedo por menos de felicitarle por su inteligente y solvente opinión sobre la Monarquía, la República y el papel actual de los Sindicatos. Urdangarín ya está juzgado, y el juez que lleva el caso ya se ha convertido en una especie de segundo Garzón, y pertenece a ese enorme grupo de jueces del tercer turno que quieren brillar desde el complejo de no haber entrado en la judicatura por oposición sino por “méritos” que evalúa el gobierno de turno, como fue el caso de Fernández de la Vega. Debería haber menos jueces mediáticos y más justicia. Una de las características de los magistrados durante muchísimos años era que no aparecían en los medios de comunicación y ahora de lo que se trata es de aparecer sea como sea, y es una verdadera lacra para la Justicia. Tiene razón usted, Van Halen, y le felicito por ello y por la calidad y cultura de todos los post de su bloig.

  12. Observador Says:

    La Monarquía es un sistema estable por encima de las opciones de partido. Tiemblo al pensar en una “cohabitación” PSOE en la presidencia de la República y PP en la presidencia del Gobierno. Desde la Jefatura del Estado no se haría otra cosa que intentar que el Gobierno fracasase. Y al contrario. Tendríamos otra vez la triste experiencia del “golpe de Estado” que acabó con malas artes con Alcalá-Zamora como presidente de la República en 1936 porque los socialistas preferían a Azaña, manejable, que al católico y ex-ministro de la Monarquía Alcalá-Zamora. Por eso la izquierda en general y los socialistas en particular no son leales al cien por cien, digan estos últimos lo que digan, con la Monarquía y en todas las manifestaciones de la izquierda, incluso con la presencia de ministros en tiempos de Zapatero, aparecían (y siguen apareciendo) banderas republicanas. A esos recalcitrantes nostálgicos de la Segunda República, que como se explica en el post fue un desastre, les ha venido muy bien el “error” (por llamarlo de alguna manera suave) de Urdangarín, para tratar de lesionar la imagen de la Monarquía. Defender a la Monarquía es defender la estabilidad polìtica, al menos, a nivel de la Jefatura del Estado. Que nos dure muchos años. Enhorabuena, Van Halen, yo también me considero “monárquico de razón”, y por eso comprendo el gran calado de todo lo que escribe en este post.

  13. Juan Montero Says:

    Don Juan: Evidentemente Ud., es un Caballero que profesa una ciega lealtad a la Corona, pero…¿ha pensado Ud, en la posibilidad que el General Prim y Prat pudiese tener razón, en tanto que el General Franco hizo gala de una supina ingenuidad confiando en un Borbón? La Constitución vigente es un texto legal que debe ser respetado y cumplido, pero…¿acaso no es legal desde sus propios articulados la posibilidad de repasar y modificar sus preceptos? Por ejemplo; los temas autonómicos, dinásticos, etc.

  14. Matilde Hoces J. Says:

    Yo creo que Juan Montero ha seguido poco este blog, porque afirma que Van Halen “profesa una ciega lealtad a la Corona”. Llevo años siguiendo este blog y seguí el anterior “Nunca pasa nada” y no he visto un síntoma que me indique que su autor tiene entendimientos ciegos sobre nada. Hace unos días dijo en una entrevista, siguiendo a Unamuno, que “piensa por cuenta propia y practica la duda”, y él mismo escribe en este post que se considera “monárquico de razón” lo que desmiente que sea monárquico sentimental o monárquico ciego. Supongo que Van Halen, por lo que dice en este post y lo que dijo en otros anteriores cuando salió el tema de la Monarquía, cree que sería peligrosa una cohabitación Jefe del Estado y Jefe del Gobierno de diferentes partidos en una República. Se podrá decir que eso ha ocurrido en otros países, por ejemplo en Francia, pero acaso el experimento fracasaría en España por falta de franceses. Los españoles somos muy nuestros. Y lo que inquieta a Van Halen es la deriva nostálgica hacia la II República por parte de los republicanos del siglo XXI. Estoy de acuerdo, porque lo contempla su propio texto, que la Constitución puede reformarse en todos sus puntos. Y probablemente Prim, al que Montero cita, tenía razón en su tiempo y circunstancias pero lo cierto es que el rey Amadeo que él trajo a España duró poco más de un año y dio entrada a la locura cantonalista de la I República y después a Alfonso XII, otro Borbón, por lo que sus previsiones no se cumplieron. Y llamar a Franco “supino ingenuo” no creo que sea razonable. Invito a releer en internet la entrevista al embajador y general norteamericano Vernon Walters sobre su audiencia con Franco en 1972 para preguntar al dictador, enviado por el presidente Nixon, por el futuro de España. Franco le dijo claramente, y él cuenta la conversación al detalle, que el príncipe cuando fuese rey traería la democracia a España “como quieren ustedes los ingleses y los norteamericanos”. No veo por ninguna parte la supina ingenuidad. Más bien parece que, a la gallega, Franco intuía perfectamente lo que vendría a España tras él. Y no cambió la decisión sucesoria que había tomado en 1969.

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