La opinión de los jueces

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Hay un axioma que nunca se había puesto en duda: los jueces hablan a través de sus sentencias. No tienen más opinión pública que la que emane de los artículos de la ley que por la alta función que representan han de aplicar. Pero -vanitas vanitatis- eso ha cambiado en este tiempo de mediocridades rampantes y de  nulo respeto a los secretos sumariales y, en general, a la custodia documental. Jueces, fiscales y policías, desde sus cúpulas o desde sus cercanos con más o menos conocimiento de sus principales, han superado los cotilleos de la llamada información del corazón y otras vísceras, y el ciudadano no se pierde los que deberían ser expedientes, informes y documentos confidenciales que atañen a instituciones y personas, no confirmados ni avalados por sentencias judiciales, y cuyo conocimiento daña la honorabilidad personal o profesional de sus víctimas. Es lo que, por ser habitual, se acoge ya a un término de uso común: el “juicio mediático”. La gente sentencia por lo que lee, y el proceso judicial se convierte ya en un mero trámite molesto.

Esta gangrena en la honorabilidad del ciudadano, que atenta contra el principio de presunción de inocencia, se da cada vez con más prodigalidad. Es un síntoma de perversión democrática impresentable en un Estado de Derecho. Órganos jurisdiccionales y cuerpos dignísimos encargados de investigar hipotéticos delitos filtran, no se sabe si por intereses inconfesables o por mero afán de notoriedad, expedientes, documentos o informes que deberían permanecer en el terreno de lo confidencial hasta que no surtan efectos judiciales.

La judicatura conforma uno de los poderes más respetables del Estado de Derecho y tiene entre sus principios básicos su independencia. La alegoría de la Justicia es una mujer con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. Pero parece que habrá que actualizarla. Propongo una imagen de Olvido, la de Los Yébenes, que lo enseña todo, con una chequera en una mano y una antena de televisión en la otra. Y, claro, sin venda sobre los ojos.

Recientemente dos prohombres de nuestra Justicia, el todavía Presidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala, y el Presidente del Tribunal Supremo, a su vez Presidente del Consejo General del Poder Judicial y por ello la máxima autoridad judicial española, Gonzalo Moliner, no han cumplido aquello de que los jueces hablan sólo a través de sus sentencias. Ambos son fáciles de gatillo verbal.

Pascual Sala se despide de la presidencia del Tribunal Constitucional -buen viaje, no vamos a echarle de menos- con un alegato sobre las “señas de identidad” de Cataluña. Opina sobre las declaraciones soberanistas del Parlamento de Cataluña, que está recurrido por el Gobierno ante el alto Tribunal que aún preside, y avala el Estatuto catalán sobre el que el propio Tribunal Constitucional se pronunció en 2010 e invalidó catorce de sus planteamientos. ¿Imprudencia? ¿Afán de protagonismo? Vaya usted a saber.

Gonzalo Moliner declaró que los llamados “escraches”, ese cursi argentinismo que encubre prácticas de acoso, son  “un ejemplo de la libertad de expresión y de manifestación”, aunque “rechazables si afectan a la libertad individual de las personas o implican violencia”. Que se presenten ante un domicilio particular, vulnerando la ley aplicable, unos cientos de personas, llamen hijo de puta, asesino o ladrón a un ciudadano al que asisten derechos, amenacen a familiares y vecinos, amedrenten a niños y ancianos, para Moliner son hechos angélicos que no afectan a la libertad individual y no suponen violencia. ¿A qué violencia se refiere? ¿Deberían apalear a los acosados? Que eso lo opine, y públicamente, la máxima autoridad judicial es grave. De inmediato pudo comprobarse que su opinión “orientó” al juez Sexmero que archivó las diligencias abiertas por la denuncia presentada tras el acoso al domicilio de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Sobra decir que ni Moliner ni Sexmero han recibido la amable y pacífica visita de los acosadores.

Que el caso no estaba tan claro lo demuestra el hecho de que la Fiscalía de Madrid ha pedido a la Audiencia en un duro recurso que revoque esa decisión y se sigan las actuaciones judiciales, ya que el Ministerio Público entiende que se pudieron cometer hasta cuatro delitos: coacción, reunión o manifestación ilícita, desórdenes públicos y desobediencia a la autoridad. Gonzalo Moliner sólo por ese traspié, indigno en alguien que ostenta su responsabilidad, debería haber presentado su dimisión. Pero los jueces parecen tener bula. La aparición de los “jueces estrella” fue una desgracia para la Justicia. Y ahora hay muchos que quieren ser estrellas.

El ilustre jurista Moliner, que se declaró republicano en una entrevista periodística, asunto perfectamente legítimo individualmente pero imprudente para que lo haga público una alta autoridad que ha de basar la responsabilidad que ostenta en su independencia, ha advertido a la juez Alaya, encargada del intrincado caso de los falsos EREs andaluces, “que si sigue demorando la instrucción tomará medidas que podrían llevar a la apertura de un expediente disciplinario”. Moliner ha ejercido una forma de “escrache”.

La juez Alaya ha sufrido diversos acosos procedentes de diferentes frentes. Desde el acoso de la propia Junta de Andalucía y del PSOE al del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y ahora el del Presidente del Consejo General del Poder Judicial, por vía de esa amenaza. La demora en la instrucción judicial de los falsos EREs se debe al volumen de dinero público que presuntamente se ha desviado, a la amplia ramificación que parece haber detrás, y al gran número de imputados, pero también a las dificultades a las que se ha sometido a la juez investigadora, entre otras a la dilación en la entrega por parte de la Junta de Andalucía de parte de la documentación solicitada.

Pero hay otros muchos casos judiciales abiertos en Andalucía, más antiguos que el que lleva la juez Alaya, que pese a su larga instrucción no han merecido la crítica del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ni por supuesto la del presidente del Consejo General del Poder Judicial. Entre otros, la Operación Poniente, de 2009, por corrupción en el Ayuntamiento de El Ejido; el Caso Astapa, de 2008, por corrupción en el Ayuntamiento de Estepona, con 109 imputados; el Caso Alhambra, de 2007, por fraude en la venta de entradas, con 83 imputados; el Caso fraude de los carnés, de 2009, por fraude en los carnés de conducir en Huelva; el Caso Arcos, de 2009, por corrupción en el Ayuntamiento de Alcaucín, con 70 imputados. Y todos tienen una instrucción judicial mucho menos complicada que la de los falsos EREs.

Ya que no ha dimitido, le recomendaría a Gonzalo Moliner que se mantuviese calladito en público y se respetase a sí mismo respetando su alta función. Y a Pascual Sala no le recomiendo nada porque ya abandona su poltrona y podrá opinar lo que le pete, aunque sería de agradecer que no entrase en asuntos que han pasado por el Tribunal Constitucional ocupando él la presidencia. Por decoro.

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12 comentarios to “La opinión de los jueces”

  1. denisparquer Says:

    Efectivamente D. Juan, los Jueces estrellas en muchos casos no son si no el egocentrismo de alguno de ellos, otros lo usan no para el bien común o social, si no para sacar rédito de sus actuaciones y pretender posicionarse en algún partido no por sus méritos políticos, si no por sus actuaciones Judiciales y manifestaciones de sus casos, esto hace surgir los Jueces estrellas, que si no obtienen en sus pretensiones lo que persiguen se enfadan y regresan a su puesto de Juez, con respecto a los escraches me parece injusto personalizar en personas políticas que son de Gobierno, al margen de la cartera que representen, a mi personalmente no iria nunca al domicilio del señor Griñan a protestar por la política de los E.R.E.S. de su Comunidad, naturalmente tampoco a domicilios de políticos que en su casa habitan niños que no interpretaran esa manifestación como una fiesta, si no como persecución personal a mamá o papá. Para ver los efectos del escracher se debiera de haber probado previamente con De Juana Chaos o Bolinaga, hacer un estudio sicologico de los resultados y actuar en consecuencia. Y respeto el derecho a la manifestacion, como no puede ser de otra manera en democracia.

  2. Una feminista. Says:

    Como siempre Sr. Van-Halen, acierta con el contenido del post. Sabemos que la garantía de un estado democrático es una justicia independiente (?) pero también, equitativa, y no puede serlo sin la modernización necesaria para que se aplique en un tiempo razonable. La jueza Alaya, o quienes tienen asignados otros casos que usted ennumera, no se si al final podrán “hacer justicia”, pero me temo que no será la mejor si se juzga, por ejemplo, esa venta de entradas del caso Alhambra, 6 años después…
    Está claro que en esta situación de crisis no hay fondos para nada, pero si “lo primero” (el estado democrático que nos hemos dado) va antes que “lo segundo” (todo lo demás) estaría bien que nuestro Ministro de Justicia se estuviera dedicando a elaborar un plan de modernización Y COORDINACIÓN de la Justicia, con plazos y presupuesto. Esta habría sido una contribución impagable a la Democracia y al Estado para un político que siempre ha manifestado su vocación de servicio en esa línea (en lugar de dedicarse, en algunos casos, a iniciativas con vocación de resituarle en la posición del espectro político dentro el PP, que el considera la adecuada para su carrera futura)
    Ycomo siempre, un placer leerle. Gracias.

  3. Mable U. Pugh Says:

    Gonzalo Moliner tomó posesión de sus cargos como presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en un acto ante los veinte vocales del órgano de gobierno de los jueces y el alto tribunal en Pleno en una sesión conjunta celebrada en el Supremo.

  4. Andrés Matas Martínez Says:

    Si Señor. Se nota el nivel y el conocimiento del tema. Tengo una página que no pongo aquí por respeto, en ella le digo cosas al Ayuntamiento de Valdemorillo y no me sirve de nada. Quizás si se lo dijera usted, así de bien dicho, a lo mejor le harían caso. La constancia de quince años no es suficiente.
    Páselo bien. Andrés

  5. Lorena Says:

    http://youtu.be/BXyxhdFwLmYParece que nadie recuerda a Andrea Fabra. Consideran de mala educación que unos estudiantes no dieran la mano para saludar al ministro Wert, personaje cargado de ideas selectivas, clasistas y discriminatorias en Educación…Qué se merece Andrea Fabra, entonces ? Qué adjetivo se le tiene que adjudicar a esta desalmada y sin sentimientos ni solidarirad ni sensibilidad, ni consideración de ningún tipo?

  6. Martín-Martín Says:

    A Lorena: ¿Ha bebido algo fuerte? Como se ve que usted no lee los diarios de sesiones del Congreso o del Senado y que nunca ha asistido a una sesión plenaria… Lo que dijo Andrea Fabra, que por cierto se disculpó, es más que normal… Interjecciones como esa son meras reacciones que se escuchan en cada Pleno y muchas cosas mucho peores.. Fíjese lo que llama usted a Wert. Y, de verdad ¿cree que se le puede llamar “desalmada”, “sin sentimientos ni solidaridad ni sensibilidad”. a Fabra por decir “que se jodan” a los de los bancos contrarios? Eso de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio es muy de la izquierda… ¡Vivan los ERES de Andalúcía, las mariscadas y los hoteles de cinco estrellas para quienes se estaban llevando crudo el dinero de los parados, se compraban coca desde el coche oficial y con la pasta de los parados, y no eran dos euros sino mil millones de euros! Que mala es Andrea Fabra… ¡Viva la objetividad!

  7. Lorena Says:

    Es más que mala, ella y su padre; su padre más. A ver si no ocultamos lo que no se puede ocultar, eh?

  8. Lorena Says:

    No bebo más que agua. Hágales la misma pregunta. La respuesta puede ser “agua” también con la diferencia abismal de que yo digo la verdad.

  9. Martín-Martín Says:

    Lorena: Si sólo bebe agua, es peor. Usted se permite llamar a una persona y a su padre “más que malos”…Nadie oculta nada, sencillamente usted comentaba un insulto dentro del calor parlamentario como si fuese algo extraordinario, y es algo repetidísimo. Insisto: usted no ha asistido a ninguna sesión de ningun parlamento ni ha leido los Diarios de Sesiones. Y en su último comentario usted se atribuye decir la verdad y achaca a los demás que no la dicen, luego mienten… ¡Un argumento muy objetivo y serio intelectualmente…! En cuanto a este post de Van Halen, hoy mismo el juez Silva ha pronunciado una conferencia y se ha permitido comentar en público un procedimiento judicial que ahora mismo tiene asignado. Una vergüenza para un profesional. Tiene razon el post, Los jueces siempre deben hablar sólo por medio de sus autos y sentencias.

  10. Adán Moreno. Says:

    Muy bien dicho don Juan Van-Halen. La Justicia es la imagen de Olvido, como usted ha dicho. Tampoco le pone freno Gallardón que la está politizando más si cabe que ya estaba con la LOPJ de 1985.

  11. Fernando Azancot Says:

    Mi escaso conocimiento y mi no menos menguada experiencia en el terreno de la relación personal con jueces y magistrados, ni tampoco la que podría derivarse de su ejercicio profesional – no me importa aseverar que gracias a Dios –, me impiden hilvanar un juicio “ad personam” sobre tan ilustres funcionarios, salvo que lo hiciera porque no me importara un tal pronunciamiento sobre el particular, aun reconociendo estar influido por los medios encargados de hacernos ver la realidad de la vida española, según su no sé si leal saber y entender, en esta actualidad compleja, cambiante e incoherente en que nos desenvolvemos en las calendas que corren.
    Ser juez estrella es un estado al que no se accede solo por méritos propios, ya que es necesario, además, que un comunicador cualquiera encuentre en la conducta del aspirante al estrellato las posibilidades propias de su profesión informadora, siempre cercanas al hecho de que un hombre le muerda a un perro y no al revés. Establecida la primera imagen no ordinaria o extravagante del aspirante, todo lo demás consiste en mantenerse haciendo méritos más o menos esperpénticos, que yo no voy a describir aquí puesto que no me tengo por un comunicador “a la page”, ni de revista del corazón ni de tertulia política.
    Lo perverso de esta novedosa figura de nuestro foro consiste en que surge aupada sobre los hombros de cuantos colegas cumplen con su deber en silencio a lo largo y ancho de España, en condiciones tantas veces lamentables, cosa que sí me consta. No obstante, añade este tipo de relumbrón togado al patio de vecindad nacional, otra categoría no menos aviesa que surge del menosprecio a cualquier manifestación de excelencia que un estúpido criterio igualitario, emergido desde un progresismo de guardarropía, ha inoculado en la piel del españolito medio, y no tan medio; categoría de lo vulgar que proyectada sobre la Función Pública ha ido menoscabando el mérito de la carrera en la medida que exaltaba la denominada libre designación puerta abierta a la politización que ha invadido todas las instancias estructurales del Estado, cuya consecuencia inmediata ha sido el desprestigio de las instituciones y de la propia actividad política prostituida, paradójicamente, a causa de su afán invasor. Una vez más parece cumplirse el antiguo refrán que predica que el que mucho abarca poco aprieta – salvo la mano, diríamos, a la hora de agarrar la dádiva -. No puede extrañar que, tal escribe el autor del blog, mi admirado Juan Van Halen, la alta función consistente en la administración de lo público haya cambiado de tan funesto modo “en este tiempo de mediocridades rampantes”. Y yo añadiría algo más que dejo a la imaginación de quienquiera.
    Y en efecto, tal situación es “un síntoma de perversión democrática”, y ya debíamos saber a dónde conduce la degeneración de las formas puras de gobierno.
    El poder del Estado, en cualquiera de sus manifestaciones, es respetable no ya sólo por lo que supone por sí mismo, sino porque tiene la capacidad legitima, en un Estado de Derecho, de ejercer la compulsión sobre personas y bienes. Desde esta perspectiva, el respeto que produce es incluso temible. La ley es dura, pero es ley. Lo grave es cuando ese respeto y temor, en razón de una inversión de valores, en alas de un populismo indigesto y a causa de una desmesurada concepción de la acción política, comienza a resquebrajarse y a romper su indispensable equilibrio, conduciendo su trinidad, perfecta en su separación, hacia el uno, único y omnímodo poder.
    La señora Juez Alaya, que tanto ha debido sufrir el embate de las olas mediocres, la contemplo, en ese su andar pausado y elegante, agarrada siempre y arrastrando la pesada carga de su alto ejercicio jurisdiccional, distante pero cercana en fiabilidad, como la mejor alegoría de la Justicia que hoy podemos imaginar.

  12. Jacobo Rodríguez Says:

    Sin duda, cuando los jueces no respetan las leyes, la indefensión del ciudadano se vuelve patente y el Estado de Derecho queda cojo. Sin embargo, me pregunto qué significa todo esto y a qué responde. El problema parece mayor, parece el reflejo de la sociedad en la que se produce y hunde sus raíces en la fundamentación de la ley. Parece que los representantes del Estado, en gran medida, han dejado de ser honorables y el propio Estado está dejando de parecer (no sé si de ser) respetable. Por lo tanto, si un juez cree que el Derecho se fundamenta únicamente en el poder que emana del Estado y, como tanto otros ciudadanos, no es capaz de creer en ese Estado, ¿cómo va a creer entonces en la ley? ¿Cómo va a respetar nadie una ley que se fundamenta en un Estado que huele a corrupto? Quizás haya que mirar allí, a lo que da valor a la ley, a lo que realmente esta dejando de ser respetable y por tanto, respetado.

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