Enrique Beotas

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Enrique Beotas ha muerto entre los hierros del Alvia Madrid–Ferrol. La noticia me llegó por un sms amigo, apenas cinco palabras como aldabonazos en el alma, y al poco me la confirmaba en un almuerzo Alfonso Nasarre, director de RNE, cadena pública en la que colaboraba cada semana. Me cuesta, ya de madrugada, con bastantes horas sobre la rotundidad del hecho, escribir estas líneas. Habíamos bromeado alguna vez porque un viejo director mío, que él conocía y yo sufrí (lo digo porque era duro como el pedernal), sostenía la curiosa opinión de que yo era experto en escribir necrológicas, que ahora  llaman obituarios. Enrique anunciaba que cualquier día tendría que redactar mi necrológica por el exceso de peso y me aseguraba para esa eventualidad una exagerada generosidad en el elogio. Yo nunca le respondí que, si llegaba el caso, escribiría la suya.

Enrique era uno de los seres más encantadores que he conocido. Poseía una inteligencia chispeante, aguda, culta, brillante y plena en recursos. Como todo aquel que tiene mucho que decir, y sabe que lo dice bien, era incontinente hablador. Siempre he pensado que esos seres silenciosos a los que se les atribuye gran sabiduría bajo su introversión, al cabo no tienen nada notable que decir. Enrique tenía muchas cosas que decir y las decía. Su pirotecnia verbal, a la que unía una voz que él domaba modulando tonos y calidades, le hizo triunfar en ese medio tan hermoso y tan difícil que es la radio. Como a él, a mí la radio también me sedujo, sin poseer ni de lejos su virtuosismo.

Recuerdo como si fuese ahora el día en que Fraga me presentó a Beotas, que era su hombre de confianza para la prensa, su comunicador de guardia, quien limaba asperezas y preparaba caminos de rosas en el erial que no pocas veces el líder de la entonces Alianza Popular había convertido, sin quererlo, la distancia con uno u otro periodista. Enrique, con un teléfono a mano, era invencible en sus artes diplomáticas de trato con los periodistas. Los puentes que pudieran haberse roto eran levantados por Enrique como en virtud de un  encantamiento, y los reales o supuestos problemas o malentendidos se resolvían con buenos modos, comprensión y mano izquierda. Era un liberal sin necesidad de presumir de tal vitola, un hombre abierto a las discrepancias, respetuoso con quienes no pensaban como él desde la convicción de sus principios. Como escribió Jovellanos en su destierro de Bellver, Enrique era “un apasionado de la libertad y un enemigo de la demagogia”. No hablé con él en los últimos meses y no sé qué pensaría de los tiempos que corren.

En el camino de la llamada refundación hacia el Partido Popular, Beotas demostró,  al frente de la Comunicación de Génova, que no había perdido pistón y que su brillante inteligencia y buen tino permanecían lozanos, vitalísimos. Fue el periodo de nuestro trato diario. Recuerdo con cierta nostalgia y acaso gotas de melancolía aquellos “maitines” en la última planta de Génova que reunían cada mañana a poco más de media docena de personas alrededor de Fraga y de una ilusión irrepetible. Aznar, Rato, Ruíz-Gallardón, Robles Piquer, Baón… Uno, a veces, podía sentirse como un obispo recién llegado en el Sacro Colegio Cardenalicio. En aquel cónclave brillaba cada mañana la luz sabia de Enrique porque no era ni mucho menos extraño que saltara sobre la mesa alguna cuestión informativa más o menos compleja. Siempre encontraba la palabra justa, alzaba la reflexión inteligente, urdía la estrategia conciliadora.

Luego, sustituido en sus tareas de Génova por Miguel Ángel Rodríguez, siguió una brillante carrera en la comunicación corporativa de cadenas de radio y de televisión y en grandes empresas, fundó y dirigió “La Rebotica” que hizo líder en la comunicación sociosanitaria, recibió en dos ocasiones la Antena de Oro de la Federación de Asociaciones de Profesionales de Radio y Televisión (he de decir para evitar equívocos que cuando yo ya no era Presidente), escribió libros, se hizo editor, y sobre todo fue feliz junto a su mujer Ana y su hija Anita. Era un hombre optimista que vivía el hermoso descubrimiento cotidiano de serlo. Y nunca dejó de ser un liberal inteligente y, como tal, alejado de los extremos, de las desmesuras y de los anatemas.

Hay muchas familias que lloran a sus muertos, que padecen la angustia de  sus heridos muy graves, o que esperan la pronta mejoría de quienes no están en situaciones extremas como trágico resultado del accidente del Alvia Madrid-Ferrol. Yo, desde el recuerdo a todas ellas, desde la solidaridad, desde la cercanía a su dolor, pongo el nombre de Enrique Beotas sobre mi tristeza y sobre la dificultad de aceptar lo irreparable. Keyserling llamó a la muerte “paso a la indiferencia” pero en el caso de Enrique nada habría menos apropiado. Enrique nunca fue indiferente a nada. Y desde la misma muerte, desde dónde esté, leerá lo que sus amigos escribimos sobre él, y es probable que nos corrija este o el otro concepto, esta palabra que él creerá que sobra o esta otra que echará en falta. Así era el gran profesional que nos ha dejado.

Quedará en mí, con el recuerdo de momentos compartidos, su carácter abierto, acogedor, comprensivo, conciliador. Conseguía unir a los discrepantes. Acabo de leer un artículo sobre Enrique Beotas escrito por cierto periodista que confieso no me cae simpático, más aún: no lo soporto por demagogo y partidista, todo lo contrario de lo que representaba Enrique. Sin embargo es un texto hermoso, cabal, entrañable, que en buena medida me reconcilia con su autor. Y es que un amigo de Enrique no puede tener sino mi simpatía.

Todo ha acabado, al menos en la dimensión que nos es dado conocer, en una maldita curva de Angrois a una velocidad de 190 kilómetros por hora. Enrique, como periodista,  era un hombre de urgencias pero en esta postrera ocasión la urgencia no la ha marcado él sino la muerte.

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4 comentarios to “Enrique Beotas”

  1. Adán Moreno. Says:

    Mi más sentido pésame por la pérdida de don Enrique Beotas a familiares, amigos y resto de españoles que sentíamos admiración por esta gran persona y profesional, culto y educado, un ejemplo de inteligencia y saber estar. Un abrazo don Juan Van-Halen.

  2. denisparquer Says:

    Quizás no tengamos la verdadera dimensión de la perdida de un amigo hasta que lo perdemos irremediablemente, nunca creemos que no estará con nosotros, que tendremos todo el tiempo del mundo, hasta que en algunos casos vemos lo efímero del tiempo, el tiempo es un valor que en algunos casos no tenemos por el ritmo de vida que tenemos, pero si existe el Cielo, “Esa” persona apreciara lo que le echaras de menos. Es bonito honrar a quien quisimos o apreciamos, porque eso a su vez le honra.

  3. Una feminista Says:

    El accidente del Alvia Madrid-Ferrol nos ha dejado a cada cual con la tristeza que produce la tragedia inútil… y sin palabras, pero las suyas, Van-Halen, hacen que alguien que no ha conocido a Enrique Beotas como yo, sienta su muerte y la imposibilidad de tener esa oportunidad… Está claro que además de todo lo que refleja sobre él, también acertaba en su opinión de que usted era un experto en escribir necrológicas,

  4. JM Says:

    Buenas tardes Ilustre.
    Una gran perdida como bien dices, Enrique sabia ocupar muy bien “su espacio”, quiza con mas Amigos que enemigos.
    Fui Reboticario con él en tres ocasiones, desde los antiguos estudios de la Inter hasta los mas modernos de Onda cero.
    recuerdo una primera pregunta suya en una Rebotica.
    ¿¿¿ Doctor digame, si la Aspirina quita el dolor de cabeza, porque las cremas anticeluliticas no quitan la celulitis???
    jA jA, ¡GRAN INGENIO.!
    Mis cariños para su Familia, Amigos como Tú y la parroquia Reboticaria.
    JM

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