La mentira como estrategia

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Que Rubalcaba se atreva a articular una acusación de mentiroso a alguien es tan chusco como si Lázaro de Tormes se hubiese tomado la licencia de acusar a otro mozo de despabilado. Para eso, nadie como ellos. El Lazarillo ha permanecido a través del tiempo como quintaesencia del tipo vivo y despierto y Rubalcaba como ejemplo de mentiroso desde que se inició en las altas poltronas del poder. En sus armarios políticos tiene demasiadas verdades negadas. Para definir este palmarés, dudosamente honroso hasta en su caso, podrían utilizarse las palabras con las que lord Palmerston retrató a Napoleón III. “Miente incluso cuando no dice nada”.

Rubalcaba entró como ministro de Presidencia y Portavoz del Gobierno de Felipe González negando el GAL y salió como ministro del Interior, Vicepresidente primero  y Portavoz del Gobierno de Zapatero negando el caso Faisán. En medio, su célebre frase “España quiere un Gobierno que no le mienta”, porque, según Marañón, y era un diagnóstico, “no hay pertinaz mentiroso  que no sea al tiempo un cínico”. Aquel Gobierno, en el que Rubalcaba fue miembro todopoderoso, se despidió mintiendo a la Unión Europea y a los españoles sobre el déficit que resultó ser, según la Oficina Estadística de Bruselas, el 8,9 % del PIB y no  el 6% que declaró.

Según datos oficiales, al alcance de cualquier,  las cuentas que dejó el Gobierno socialista se resumían en 997.000 millones de euros de deuda total, de los que 800.000 millones correspondían a todas las Administraciones Públicas. Había que destinar 38.000 millones a intereses de la deuda. En 2011 el Gobierno de Zapatero se había gastado 25.000 millones más de lo que había comprometido con la Unión Europea, y 90.000 millones de euros más de lo que ingresamos.

Con estos mimbres, los socialistas, culpables de la situación, y sus aliados sindicales, los del “cariño” a Zapatero, movilizaron las calles contra los inevitables recortes y, ya entonces, el cómplice necesario del silencio sobre los ERE andaluces, Cayo Lara (“que la juez Alaya pase página de una vez”, Valderas dixit) comenzó a pedir la dimisión de Rajoy, sólo unos meses después de su llegada a la Moncloa. La piedra angular en la arquitectura del griterío abanderado de tricolor fue Rubalcaba, otra vez en la estrategia que le es natural: la mentira. Él sabía que Rajoy con lo que se encontró no podía cumplir parte de su programa electoral y debía dedicarse casi full-time a hacer reformas para enmendar los entuertos que había heredado precisamente del Gobierno en el que Rubalcaba era ministro, Vicepresidente primero, y palanca estratégica, que le acusaba cínicamente de haber mentido. El cinismo que diagnosticó Marañón en los mentirosos pertinaces.

Pasaron los meses y Rubalcaba seguía en el aderezo de las movilizaciones desde la perennidad de la mentira y entonces recibió el regalo de Bárcenas  mientras miraba para otro lado en los ERE de sus correligionarios andaluces, más de mil millones escamoteados a los parados reales. Hubo socialistas y sindicalistas que cobraron de empresas que no habían pisado ni de visita y otros que, según la documentación de los ERE, habían comenzado a trabajar el mismo año de su nacimiento; un caso extraordinario de precocidad laboral.

Rubalcaba entendió, con su peculiar viveza de despabilado Lazarillo, que Bárcenas podía convertirse en su salvavidas político, acuciado como estaba por mil incendios en casa y entre ellos no era el menos grave el del PSC, desviado de la historia socialista hacia un nacionalismo desmadrado. Y entonces se desnortó, comenzó a perder el rumbo obcecado en el paso tanto como un asno tras una zanahoria. Pidió la dimisión de Rajoy, como comparsa de Cayo Lara, y amenazó con una moción de censura, en un claro fraude constitucional, en el que, de haberse sustanciado, hubiese hecho el ridículo, porque hubiera tenido que conseguir ser el candidato de su partido y, además, presentar un programa de gobierno que no tiene,  en medio del guirigay de contradicciones que padece en su casa.  El presidente del Gobierno le hizo un favor al librarle del embarazoso cumplimiento de su amenaza. Ni Rajoy tiene motivos reales para dimitir ni el noqueado Rubalcaba, con el peor resultado electoral del socialismo en toda su historia, puede forzar la dimisión de un Presidente con el mayor respaldo parlamentario conseguido nunca por su partido. La estrategia socialista en esta legislatura ha sido y es caótica y  ridícula.

¿En qué ha dado esta historia?  En lo previsible: Rubalcaba sigue mintiendo, que es su especialidad  como en la cocina de Aranda de Duero lo es el cordero asado, y Rajoy sin despeinarse. Con la trayectoria de oscuridades y mentiras que Rubalcaba guarda en sus armarios y, frente a esta tozuda realidad, la biografía de Rajoy,  rigurosa y transparente , resulta previsible que la desembocadura de la estrategia socialista será un fracaso. Los Tribunales situarán al mentiroso y al veraz en sus lugares. Lo endeble de sus argumentos y su ineficacia para la consecución de sus fines ha descolocado a Rubalcaba. Se le ve de los nervios frente a un Rajoy impasible que sabe, como dijo Cela, que el que resiste gana. Sobre todo cuando quien resiste tiene razones y razón.

Y, al fondo, algo que no debe olvidarse aunque produzca cierta tristeza pero no sorpresa. Cada vez que se conoce una noticia alentadora para la economía española, una información que señala luz al final del túnel, un dato para la confianza, el PSOE y Rubalcaba, con el acompañamiento del que ahora es su diario de cabecera (¡qué dirá Felipe González!), lo minimiza y le echa agua al vino. Desgraciadamente, lo que conviene a los españoles, como resultado de sus duros esfuerzos y sacrificios contra una crisis que los socialistas, Rubalcaba entre ellos, negaron, no conviene al PSOE ni a su débil jerifalte. Esta es una verdad palmaria entre tantas mentiras.

Tengo algún motivo para creer que a Rajoy le conviene que Rubalcaba siga al frente del PSOE el mayor tiempo posible. Por eso le gana los debates, le noquea, pero no llega al K.O. Es deseable que sortee el navajeo de los suyos. ¿Quién mejor que Rubalcaba con su historia detrás para encabezar la desleal oposición mayoritaria?

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3 comentarios to “La mentira como estrategia”

  1. Adán Moreno. Says:

    Interesante y certera reflexión don Juan Van-Halen. La herencia recibida era ruinosa y no sólo económicamente sino también en cuanto a las “innovaciones” relativas a educación, aborto, memoria histórica, subvenciones a sindicatos, asociaciones y fundaciones (como la IDEAS) parásitas y mafiosas, ministros inútiles e ineptos (Magdalena Álvarez, Bibiana Aído, Leyre Pajín, Pepiño Blanco….) y otros ministros y Altos Cargos sectarios (Mariano F. Bermejo, Pascual Sala, Cándido Pumpido, José Bono, Moratinos….). No era óbice para que don Mariano Rajoy otorgase la pomposa condecoración que recibieron la banda de zetapé y sus secuaces. Es una puñalada trapera a quienes le votamos. “Roma no paga a traidores”. Con todo, no me arrepiento de haber votado al PP porque era el único partido político capaz de sacarnos de esa ruina. Don Mariano Rajoy me ha decepcionado pero sigo teniendo una gran estima hacia su persona y gran respeto al cargo que representa que por cierto, algún día la Historia sabrá apreciar su labor patriota y será tenido como uno de los mejores presidentes del Reino de España. Pero los tiempos cambian y hoy la sociedad pide una política más valiente (reducción de Administraciones Públicas y de la Organización Territorial del Estado, supresión de los privilegios por territorio y personales tal como los aforados, la inviolabilidad, las propias de la Casa Real…), más transparente (¿por qué tenemos que seguir subvencionando a sindicatos ladrones y a partidos políticos que no publiquen sus cuentas?) y con menos complejos (¿qué esperan a derogar la Ley de la Memoria Histórica?). Saludos cordiales.

  2. Una feminista Says:

    Creo como usted, Van-Halen, que Rubalcaba nos ha demostrado con sus mentiras que no tiene ningún límite moral y por tanto, para mí, ninguna solvencia como dirigente de un país. Si solo fuera él el mentiroso, me parecería una circunstancia importante aunque no trascendental, pero la deriva de engaños, embustes y falsedades que campan entre nuestros políticos, es tremenda. La define muy bien su cita: “Miente incluso cuando no dice nada”.
    Quienes ya tenemos una cierta edad recordamos perfectamente cuando creíamos que un político que mintiera, cavaba su tumba y tenía que irse a casa. Creo que es precisamente con el GAL y la corrupción de la segunda mitad de la Presidencia de Felipe Gonzalez cuando comienza a tomar carta de identidad la mentira en la política… y la culminación llegó con nuestro inefable Zapatero, del que nos seguimos acordando por la crisis económica que nos dejó, pero opino que incluso su forma de actuar ante esa situación respondió a esa política utilitarista que se ha instalado y que se basa en que el fin justifica los medios… Lo más trágico de Zapatero fue la crisis de valores que fomentó, por ejemplo, negando dicha crisis, aceptando el Estatuto de Cataluña… es decir, pasándose por debajo del “arco del triunfo” los compromisos electorales con la ciudadanía, y mintiendo.
    Por desgracia, Rubalcaba no es un caso individual, y aunque sea un experto en “La mentira como estrategia” ha creado “cátedra”.
    Por cierto ¡gracias por no irse de vacaciones en el blog! Así seguimos leyéndole con los calores de agosto.

  3. Fernando Azancot Says:

    Comentas en tu “elogio” a Rubalcaba, que dijo el ilustre Marañón, nada menos que a modo de diagnóstico, que “no hay pertinaz mentiroso que no sea al tiempo un cínico”; y tú inicias el delicioso artículo que me dispongo a glosar, comparando a este incombustible personaje con aquel Lazarillo de Tormes que había de buscarse el pan aguzando el ingenio y la picardía en la misma proporción que le dolía el estómago por mor de su casi permanente vacío; que como sentenció el sentencioso torero de las sentencias – valga la redundancia – el día que le preguntaron por el riesgo que corría ante el morlaco: “más “cornás” da el hambre”.
    Y es aquí donde yo me pregunto qué mal han hecho el hispano pícaro y el cínico Antistenes y correligionarios, hijos de perro, para merecer tamaña comparación. El pícaro porque bastante debió penar mintiendo para sobrevivir en medio de la roña y la avaricia en que su vida se vio envuelta. El cínico porque no es poca desgracia la degeneración sufrida a lo largo del tiempo por el primigenio sentido del vocablo, al punto de figurar el que, siglos hace, fuera el original significado, relegado a la tercera y cuarta acepción, según la definición hecha por la Real Academia Española en su diccionario. Desde luego está claro que el enjuto calvo que dirige la leal oposición, no sé si española, nada tiene de socrático, y menos de los que fueron sus reinterpretes cuando la filosofía se transmutó en ética y se lanzaron a la busca de una vida simple y acorde con la naturaleza, incluido el desprecio de la riqueza y del mundo. Eligieron una “vida de perros” según la vox populi que ha llegado hasta nosotros. Nada pues que ver, en ninguno de los dos casos, con el “señor Pérez” del disimulo electoral.
    Es más, yo creo que su remoquete de “mentiroso” está más próximo y acorde al papel del histrión, que al del inteligente Señor de la Mentira dominador que quiere ser del mundo y de la carne con quienes forma el trío de la concupiscencia. No llega a tanto el joven líder socialista.
    Y es que el genuino mentiroso es aquél de tal manera enfeudado por la mentira, que se convierte en su primer y mejor creyente, incluso hasta caer en lo diabólico. Y no es este el caso. Es decir, no voy a negar que pretende tergiversar y hasta adulterar los hechos, pero desde luego estoy seguro que el primero que no cree en su falaz palabra es él mismo.
    Porque la mentira, para que surta auténtico efecto, requiere una astuta inteligencia, y a tal punto se le ha adjudicado erróneamente esta capacidad, que se le ha tenido por político inteligente. Opino que un hombre dotado de esta potencia del alma, no se mantiene clavado a la poltrona como si más allá de ella no hubiera otra posibilidad de ganarse el pan y la fama sin tener que apostatar de las ideas políticas.
    Es por eso que yo lo veo más en el estilo del histrión. Del actor teatral – es cierto que de gesto desmedido y afectado, y hasta procaz y desvergonzado tantas veces -, que tiene asignado un determinado papel a protagonizar, principalmente, en ese escenario de la democracia liberal montado en el hemiciclo de las Cortes; papel que intenta cumplir del modo mejor que puede, y a sabiendas de que sin lo que él representa la tal democracia carecería de sustancia. Algo semejante sucede en las tertulias políticas, tan al uso y el abuso, donde siempre actúan opinadores, a veces tildados de politólogos, representando las dos orillas de la nueva sociedad: unos a la derecha y otros a la izquierda con la remunerada obligación, según supongo, de enzarzarse en debates de los que casi nunca se deduce razón que echarse al coleto. Y sé de algún tertuliano, con nombre de resonancias shakesperianas, que amén de cumplir fielmente la consigna y la información que se le transmite a través del “tablet” imprescindible, adorna su inagotable verborrea con toda una impresionante lección de mímica que haría la envidia de los arcaicos actores del cine mudo. Algo así también sucede a nuestro personaje de hoy cuando acompaña su palabra con ese movimiento de manos propio del que mezcla cosas sin probarlas.
    He comenzado calificando tu artículo como “elogio a Rubalcaba” por cuanto si no lo alabas precisamente, creo que desde luego enalteces su figura política al resaltar su más destacada virtud curricular: la mentira. Otra cosa es que yo esté de acuerdo, como he querido explicar. No suelta la mentira como un mentiroso, sino como un actor profesional de la política o su sucedáneo.
    Cosas del siglo que recorremos.

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