Cristina Cifuentes y la izquierda sin careta

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Con motivo del accidente que mantiene en la UVI del Hospital de La Paz a la Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, la izquierda se ha mostrado una vez más sin careta, presentando su auténtico rostro moral, sus más bajos instintos que, por lo demás, no son nuevos y están en la historia de la izquierda española para quien quiera saber y no se limite a comulgar con ruedas de molino.

Conozco a Cristina Cifuentes desde hace veinticinco años; he sido testigo de su trabajo desde que ejercía como asesora en aquel Grupo Parlamentario Popular de la Asamblea de Madrid en la segunda legislatura autonómica, la que se inició en 1987. Todos los Grupos compartíamos un pequeño edificio al que llamábamos la “caseta del perro” en el patio trasero del viejo palacio de la calle de San Bernardo que había sido Noviciado de los jesuitas y Universidad Central y entonces era sede provisional de la Asamblea de Madrid. Al patio le llamaban “de los gatos” por el enorme número de ellos que vivían entre los coches del improvisado aparcamiento. A aquel patio había ido yo en mi primera juventud a visitar a los amigotes que vivían en el Colegio Mayor Guitarte, convertido ya en dependencias del Conservatorio. A menudo trabajábamos con música de Rodrigo, de Mozart o de Prokófiev como fondo lo que no era mal acompañamiento. Entre todos nosotros destacaba el buen hacer de Cristina, su rigor, su dedicación y también su talante; le predije un brillante futuro que los años siguientes fueron confirmando; y el camino continúa.

Cuando como Presidente me tocó trasladar la Asamblea de Madrid a Vallecas, ya en la cuarta legislatura autonómica, tomé dos decisiones para no perder aquel anclaje histórico: llevar a la nueva sede la tribuna de oradores del viejo salón de plenos y editar un libro que reflejase, juntas, la historia vivida entre los vetustos muros de San Bernardo y el proceso de construcción del edificio de Vallecas, una obra de arquitectura primorosa en la que se fijaban ya entonces, y no sé si lo harán ahora, los estudiantes de arquitectura.

Me viene a la cabeza todo esto, que es pequeña historia, a cuento del accidente de Cristina Cifuentes que la tiene postrada entre tubos, respiración mecánica, y cuidados médicos. Felizmente no se temió por su vida pero imagino que la recuperación será delicada y parsimoniosa.

La izquierda aprovechó la obligada estancia de la Delegada del Gobierno en La Paz para dar la nota, para mostrarse sin careta. Se manifestó ante el hospital quejándose de que Cristina estuviese en La Paz y no en uno de los hospitales de gestión externalizada. ¿Cabe mayor disparate? Una persona, cualquier persona, sufre un accidente, su consciencia está disminuida, obviamente no toma decisiones, y normalmente es trasladada al centro hospitalario más próximo sea el que sea.  Supongo que si el familiar de uno de estos vociferantes sufre un percance grave cerca de un hospital externalizado no tengan empacho en que le traten allí en lugar de trasladarlo a un centro distante. Seguro que no protestarían. Hay que tener muy baja moral para tratar de hacer leña de ese árbol. Pero la izquierda es así. Y  no quiero entrar en los comentarios de Llamazares, pobre, que además es médico de oficio. Quedan para su propia vergüenza cuando los relea, en una presencia política espasmódica, cainita, anacrónica y más vieja que el hilo negro.

Sobre la manifestación de algunos supuestos trabajadores de La Paz protestando por la estancia de  Cristina Cifuentes en la UVI de ese hospital, poco hay que decir salvo denunciarlo. A mí esos trabajadores no me representan; me avergüenzan. Y les pago con mis impuestos como el resto de los contribuyentes. ¿Por qué llevan años sin quejarse de la gestión externalizada de varios hospitales madrileños, a plena satisfacción de los pacientes? La izquierda entendió que entonces no había que movilizarse porque no tocaba. Y esta vez toca con las nuevas externalizaciones  porque la izquierda en general y el socialismo en particular están en una pendiente de radicalismo impresentable. Tomás Gómez, que se ha convertido en una especie de Pepito Grillo de Rubalcaba, es el que toca el obsesivo silbato de las movilizaciones contra la externalización hospitalaria pero no da ni una solución para ahorrar esos dineros que el Gobierno de Zapatero dilapidó generosamente y sin tino alguno. Cuando se trata de gastar a lo loco la izquierda lo hace muy bien, y luego tienen que venir otros a arreglar el entuerto. Ahora Gómez ha deseado el pronto restablecimiento de la Delegada del Gobierno, pero su silbato a distancia es el que ha propiciado la manifestación a las puertas de La Paz. Sus desmadres han desembocado en esa nueva muestra de la catadura moral de la izquierda que representan los vociferantes hospitalarios.

Deseo que Cristina Cifuentes se reincorpore a sus tareas cuanto antes. La necesitamos. Su estilo es claro como el agua; no tiene trampa ni cartón. Ser Delegada del Gobierno  no la ha cambiado, a Dios gracias. Viajar en moto por Madrid como hizo siempre, como ya hacía hace veinticinco años, evidencia que la política no tiene necesariamente que variar las costumbres de quien tiene una personalidad definida, aunque, visto lo visto, todos sus amigos hubiésemos preferido que sus traslados se hubieran ajustado al canon: coche oficial y escolta. Cristina ya vivió un episodio desagradable cuando fue reconocida y acosada  por unos “indignados” energúmenos, probablemente feministas de proclama, oficio y beneficio, que, sin embargo, no dudaron en provocar y molestar a una mujer sola, indefensa, que tampoco en aquella ocasión llevaba escolta. La izquierda sin careta.

No sé qué habrá ocurrido con los vociferantes de La Paz. No sé si mi querido Javier Lasquetty, Consejero de Sanidad, habrá abierto una investigación para averiguar quiénes de esos manifestantes abandonaron el servicio por el que cobran de nuestros impuestos para mostrar su “indignación”, esta vez tomando como referencia a una paciente de su hospital.  Y tampoco sobraría la información sobre si los vociferantes eran trabajadores sanitarios o “agregados” para la ocasión; no sería la primera vez que la izquierda sin careta viste de batas blancas -o sea: disfraza de sanitarios- a oficinistas o empleados de la limpieza. En todo caso me resisto a creer que los médicos, a quienes respeto y acaso más por haber tenido alguno en la familia, se manifiesten contra uno de sus pacientes.

En una actitud desnortada, sin propuestas y sin vergüenza política, la izquierda no ha asumido el resultado de las elecciones de 2011 y busca una inútil y arriesgada supuesta legitimación en la calle; históricamente casi siempre ha ocurrido así. Ya lo vivió España tras las elecciones de noviembre de 1933 por el mero y normal hecho de que entraron en el Gobierno tres ministros de la coalición que había ganado las elecciones, lo que la izquierda entendió como un “casus belli”. La desembocadura fue la cruenta revolución asturiana de octubre de 1934 y sus secuelas. Y España volvió a vivirlo tras las elecciones de febrero de 1936 con la bochornosa decisión de la Comisión de Listas, presidida por el socialista Indalecio Prieto, que escamoteó decenas de escaños al centro y a la derecha, como ha quedado manifestado, por si había dudas, que nunca las hubo para la Historiografía, en los llamados “papeles perdidos” de Alcalá-Zamora. Aquello desembocó en algo mucho más cruento y tremendo. Fue, es y, por desgracia, me temo que será, la izquierda sin careta que no aprende del error.

PD.- El diario que hace de vocero de Bárcenas y de asistente argumental de Rubalcaba tiene, además, al parecer, las mismas fobias del adinerado de Soto del Real.  Hoy arremete contra Cospedal. ¿Alguna evidencia? No. Otra especulación. Una nueva hipótesis causa-efecto. Incluso editorializa  sobre ello. Me asisto de “La vida de un periodista” de Ben Bradlee, el mítico director de aquel “Washington Post” que destapó el caso Watergate, que ha vuelto a ser mi libro de cabecera desde que estalló mediáticamente este asunto. Bradlee no consintió especulaciones ni hipótesis y, desde luego, no editorializó sobre especulaciones ni hipótesis. Exigía al menos tres fuentes seguras para publicar cada noticia.  Por eso, por aquel gran trabajo, su periódico pasó a la historia como un diario serio, sin filias ni fobias personales. Incoloro, inodoro e insípido como el agua. Así se cargaron a Nixon. Sin buscar atajos que resultan inútiles a largo plazo. Y todo sea dicho con el mayor respeto hacia los profesionales que sin duda trabajan según su leal saber y entender, aunque no coincidan con Bradlee.

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6 comentarios to “Cristina Cifuentes y la izquierda sin careta”

  1. denis parquer Says:

    Soy aficionado al boxeo, cuando un rival cae a la lona para segir el combate se espera a que el caido se levante y pueda volver al combate, este deporte es violento, pero noble,en este” combate” se no hay nobleza, ni siquiera han contado hasta diez, despues diran que el boxeo es violento, ni siquiera han esperado a que se levante Cristina.

  2. get smart Says:

    Henrique Mariño escribe en Público.es: “A esta señora, Cifuentes, le pasó lo que a Mike Oldfield, un chaval de dieciséis años que vendió otros tantos millones de unidades de su primer disco. Las genialidades precoces, o que las protestas alumbren en otoño como champiñones, tienen sus inconvenientes. En el caso del autor de Tubular Bells, saber que tu vida va a ser a partir de entonces, antes incluso de la maquinilla de afeitar, una cuesta abajo. Por eso aquel muchachote imberbe y solitario decidió que su existencia, al menos musicalmente, consistiría de allí en adelante en modular, y empezó por las mozas que le pusieron voz. Una vez le pregunté a Mike Oldfield cómo había superado tamaño éxito a una edad tan temprana y reconoció que no pudo asimilarlo. “Me escapé a las montañas, a un lugar lejano poblado por corderos, y bebí mucho alcohol”, respondió el otrora adolescente prodigio, que lleva ya casi medio siglo echando balones fuera sobre su obra posterior, viéndose una y otra vez forzado a responder si será capaz de engendrar una composición que supere a la primera. Si no es fácil modular la voz, imagínense el discurso. Pese a ello, los políticos se esfuerzan cada día por hablar en falsete, cambiando su tonalidad como quien muda de eufemismo. Cristina Cifuentes, que es la delegada del Gobierno en Madrid, una redundancia comparable a tener un portavoz de la Santa Sede en el Vaticano, ha salido diciendo que hay que ‘modular’ el derecho de reunión y manifestación porque la ley es “muy permisiva y amplia”. Y nada, que me ha hecho pensar en las modulaciones de Mike, que no dejan de ser una justificación eterna de su pecado original. A lo mejor a usted lo de modular le recuerda a su peluquera cuando le comenta que sólo le va a cortar las puntas y luego se lleva toda la cabellera ella”.

  3. Adán Moreno. Says:

    Ante todo deseo una pronta recuperación de doña Cristina Cifuentes. La izquierda efectivamente sin careta, es una cara funesta y sin rubor, el rojerío en su esencia original, echándole rostro a su ideología inmoral. Dimisión de todos esos energúmenos que se movilizaron en La Paz. En cuanto a Llamazares, se comenta él solito, en vez de predicar con el juramento hipocrático (de médico), su trayectoria política es al contrario, de juramento hipócrita, esa es la letra del comunismo asesino. Gracias una vez más don Juan.

  4. Martín-Martín Says:

    La actitud de la izquierda ante el accidente de la delegada del Gobierno en Madrid es sencillamente una vergüenza. Pero, como usted escribe, ha sido así siempre. Quien quiera que lea las amenazas de Francisco Largo Caballero, llamado “el Lenin español”, en la campaña electoral de 1936 a la que usted se refiere de pasada. Anunciaba casi en cada discurso que si no ganaba las elecciones el Frente Popular, en el que se integraba el PSOE, “iremos a la guerra civil”. Tal cual. Esa era la “legalidad republicana” con cuyo recuerdo nos empachan los dirigentes de la izquierda. Ahora algunos de ellos declaran que desean el restablecimiento de Cifuentes, y está muy bien, pero sólo esconden la mano que “mece la cuna” de los manifestantes contra ella. Una prueba es el texto que reproduce el comentario de Get Smart, firmado por un tal Henrique (qué cursi) Mariño. Una desvergüenza cuando se trata de hablar de una persona que está en la UCI de un hospital. No le pido elegancia, pero por lo menos debería tener humanidad. Seguro que no diría lo mismo de su santa madre si estuviese en situación parecida. Este señor Mariño se extraña de que exista una Delegación del Gobierno en Madrid, pero es pura incultura. Madrid es una Comunidad como otra cualquiera a efectos de contar con un delegado del Gobierno. Ocurre en Francia (París-Isla de Francia), en Canadá, Japón, Madagascar, Marruecos, Bolivia… y decenas de países más, se llamen Departamentos, Prefecturas, etc, con delegados y responsables en ellos de los Gobiernos nacionales, y también en los Departamentos o Regiones que son capitales de los Estados. Y el ejemplo que este señor inculto pone de la Santa Sede es patético. No sólo es que la Santa Sede tenga un portavoz o “delegado” en el Vaticano, es que el Papa es, además, obispo de Roma… y la Santa Sede tiene un dignatario encargado del gobierno interno de la llamada Ciudad del Vaticano. Estos izquierdosos deberían leer más y, si no saben, escribir menos.

  5. denis parquer Says:

    Henrique te saludo, el trabajo de Cristina es el que es, la mayoria de las veces desagradable para unos y apreciados por otros, quizas un reflejo sea no permitir “escraches” o actitudes violentas, permitiendo logicamente lo que ampare el derecho permitido, pero lo que sigo insistiendo (usando el argot pugilistico) que Cristina esta en la lona, que no se ha “contado hasta diez”, por eso considero el boxeo mas noble que la politica.

  6. denisparquer Says:

    Quizás, Henrique, Cristina quiso referirse a la permisividad al hacho de la ocupación de la Puerta del Sol sin fecha de caducidad, o quizás fuese el acoso a los domicilios de dirigentes políticos del P.P., en el primero significa la ruina de las tiendas que están situadas en esa plaza, en el segundo el terror de críos que no han cometido el pecado de sus padres, militar en el P.P., claro esta que este señor no esta en ninguno de estos dos casos, ni tampoco en el desgraciado accidente de Cristina, acosada en la “lona” de este ring, sin esperar a que se levante, se recupere (contar hasta diez en boxeo) y se defienda. Nobleza obliga Enrrique, a quien la tenga.

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