Mis recuerdos de Adolfo y teoría de la desmemoria

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Hace años se publicó una especie de hagiografía de Felipe González que se titulaba algo así como “Todos me llaman Felipe”. A Adolfo Suárez todos le llamaban Adolfo. Era cercano y poseía un atractivo y una capacidad de seducción que se apreciaba en las primeras conversaciones y fue una de sus infalibles armas políticas, además de su inteligencia y su valentía a la hora de tomar decisiones. Ha muerto por segunda vez porque, en cierto modo, para sus leales amigos había muerto ya hace once años.

Traté mucho a Adolfo desde nuestro tiempo de TVE, entonces la única televisión de España. Él era jefe de programas, y luego director de la 1ª cadena y secretario general de aquella casa, y yo colaboraba en espacios culturales, además de ser asesor del Gabinete del entonces ministro Manuel Fraga. Un día me llamó Adolfo y me encargó el espacio final de la programación diaria, “El alma se serena”, que era una antología de poemas y textos literarios breves de escritores vivos, especialmente escritos para aquel espacio, en el que colaboraban autores de prestigio, premiados y académicos, desde poetas supervivientes de la generación del 27 hasta jóvenes promesas de las letras. Como el tiempo no pasa en balde, en Internet he leído a algún indocumentado que confunde “El alma se serena” con “Meditación”, un mini-espacio lleno de moralina que nada tenía que ver. La dirección, selección y encargo de los textos era mía, el soporte de imágenes era de Guillermo Summers y las voces de Luis María Payán y Manuel Dicenta, entre otros grandes recitadores. El programa se inició en 1966 y permaneció en pantalla, cada día, durante más de dos años. Le sucedió, con la misma fórmula, “El oro del tiempo”, bajo la dirección de José García Nieto, el gran poeta y luego académico y Secretario de la Real Academia Española, que tanto me ayudó, y era como un segundo padre para mí.

Mi relación con Adolfo se mantuvo durante su etapa de gobernador civil de Segovia; me invitaba a pronunciar conferencias, la mayoría de las veces como pretexto para almorzar juntos y comentar, acompañados casi siempre por Fernando Abril, presidente de la Diputación segoviana, que luego sería vicepresidente de su Gobierno. Igualmente nos seguimos tratando durante su permanencia al frente de la Dirección General de RTVE, cuando ya figuraba yo en la plantilla de aquel poderoso medio. En aquel tiempo acudía a presentaciones de mis libros y a mis firmas de ejemplares en la Feria del Retiro. Entonces conocí también a sus hermanos Ricardo y José María.

Cuando el Rey decidió que Adolfo fuese presidente del Gobierno y se inició de hecho y de derecho la transición, hablaba a menudo con él en el Congreso de los Diputados en donde ejercía yo de cronista parlamentario. Fue un tiempo que nunca olvidaré. Los políticos tenían altura de miras, un constatado patriotismo (término aún no devaluado por la izquierda) y un afán cierto de superar el pasado que los desunía en busca de un futuro que los acercara. Fue la hermosa lucha por el consenso, por el compromiso de todos en una misma dirección más allá de las diferencias ideológicos. Nada que ver con el panorama actual. Allí hice muchos amigos políticos de todos los colores; entre tantos otros Enrique Múgica, Ramón Tamames, Luis González Seara, Miguel Herrero de Miñón, José Manuel Otero Novas, Enrique Tierno Galván y Enrique Curiel. Con Felipe González había compartido varias horas muy al principio de la transición cuando en 1976 le dediqué el primer fascículo de la colección “Los líderes” que escribí y coordiné.

Viví el 23-F en el Congreso de los Diputados y me las ingenié para pasar por la sala de los relojes en la que los golpistas habían aislado a seis diputados, entre ellos Adolfo, Felipe González, Carrillo y Fraga.  Se cruzaron nuestras miradas y no me pareció, lo conté entonces, ni abatido ni sorprendido. ¿Por qué había dimitido el Presidente? Pese a ser dolorosamente cierta aquella frase que le había dirigido Guerra: “la mitad de los diputados de su grupo se entusiasman cuando habla Manuel Fraga y la otra mitad cuando habla Felipe González”, lo que suponía una ruptura evidente de UCD, no creo que dimitiese por las deserciones internas de los suyos hacia un lado u otro del mapa político, ni creo que fuese porque notase una pérdida de confianza del Rey, ni siquiera por el llamado “ruido de sables”. A Adolfo le sobraba valentía para no tirar la toalla ante la posibilidad de un golpe.

Creo que el Presidente dimitió (el único Presidente que lo ha hecho) porque intuyó (o supo) que aquella vez en el “ruido de sables” había alguna connotación singular que podía llevar a su triunfo  y que supondría la llegada al Gobierno, sin elecciones,  de una izquierda impaciente que no desdeñaba esa vía. Había ocurrido con el acceso al poder del general De Gaulle, aceptado por la Asamblea Nacional Francesa. Cuando el Rey nombra al general Alfonso Armada Comyn segundo jefe del Estado Mayor del Ejército en contra del criterio del Presidente, se atribuye a Adolfo una premonición supuestamente hecha a Sabino Fernández Campo, jefe de la Casa del Rey: “Éste nos va a dar el golpe”. Al final, el anuncio se cumplió y fue paradójicamente el golpista Tejero quien, en buena medida, hizo zozobrar aquel golpe de diseño al negarse a que Armada hablase al Pleno del Congreso de los Diputador para proponer un Gobierno presidido por él, con Felipe González de Vicepresidente y con ministros de diverso pelaje político, incluso comunistas. “Para eso no hemos llegado hasta aquí” parece que le dijo el guardia civil sedicioso a su general.

Hay que analizar aquella frase enigmática incluida en la intervención televisada en que Adolfo anunció su dimisión el 29 de enero de 1981: “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”. Por eso dejaba la Presidencia. Sabía lo que decía y porqué. Un golpe aunque sea de diseño, de salón, es una quiebra de la normalidad democrática pese al disfraz utópico que le atribuyan quienes lo promueven y dirigen. La llegada del general De Gaulle al Elíseo, desde la asunción en un primer momento de amplísimos poderes personales, produjo la defunción de la IV República Francesa y el nacimiento de la V. Lo que Armada y los suyos ambicionaban era algo que entonces se llamó “golpe de timón” cuyo calado ni se conoció entonces ni se conoce después de más de treinta años.

Ahora, en esta España que elogia siempre a sus muertos y que tiene espíritu de crespones y alma de viuda, han coincidido todos en sus elogios a Adolfo, pero quienes lo vivimos no podemos olvidar el permanente acoso a que le sometió el PSOE en el último año de su Gobierno. Fue inmisericorde y en muchos aspectos puede decirse que vil. Probablemente Adolfo no entendió que lo que se esperaba de él concluía con la aprobación de la Constitución que supuso, en buena medida, el fin del pactado consenso. Incluso el hombre que le empujó a las alturas cumpliendo “lo que él Rey me ha pedido”, Torcuato Fernández Miranda, es más que probable que entendiera que, una vez desmantelado el aparato del franquismo pasando “de la ley a la ley”, Adolfo sobraba y tenían que seguir la tarea personas con otros mimbres, por ejemplo él mismo. Adolfo se había definido como “un chusquero de la política”, y tras la Constitución no estaba el horno para “chusqueros”. Sin olvidar que para la consolidación institucional resultaba conveniente un pase por la izquierda, la alternancia normal en el Gobierno. Más tarde, a mi juicio, Adolfo se equivocó al crear el CDS; nunca entendió el fracaso de su nuevo partido, aunque obviamente lo aceptó democráticamente, porque no calibró la cruel desmemoria del pueblo español. Para bien y para mal.

Esa desmemoria la estamos viviendo cada día en el caso de la crisis económica. Se olvida quienes la acrecentaron por no tomar medidas a tiempo; es obvio que no se puede atajar lo que se niega. Basta leer las consignas en forma de pintadas que una tropilla de bestias dejaron el pasado sábado en algunas calles de Madrid, además de un rastro de acciones vandálicas que la Justicia dejará probablemente impunes y cuyos cuantiosos daños tendremos que pagar los demás ciudadanos. ¿Cuándo alguien decidirá que en manifestaciones que llevan banderas y pancartas de partidos políticos y sindicatos sean esas organizaciones quienes paguen los daños que se produzcan en los bienes públicos y privados si no son capaces de garantizar, con un servicio de seguridad propio, el control de los que luego resultan supuestos “incontrolados”? Se mantiene comúnmente que las manifestaciones nada tienen que ver con los hipotéticos actos vandálicos que puedan producirse a su culminación, pero en los graves sucesos del pasado sábado se evidenció lo contrario. Willy Toledo, el payasete que vive feliz en el paraíso castrista, actuó como interviniente y vocero de los convocantes y convocados a la manifestación y al día siguiente se manifestaba ante los Juzgados para pedir la libertad de los “camaradas secuestrados” (no delincuentes detenidos). El mismo que habló el día 22 en nombre de la “dignidad” al otro día defendía a unos bestias que habían destrozado bienes públicos y privados y pedían a los sanitarios que dejasen morir a los agentes de policía heridos. Sería deseable que la Fiscalía actuase de oficio contra este tipo, por otra parte  sin más valía que la que él mismo se otorga con larga generosidad.

Ha muerto Adolfo, un político valiente que tomó decisiones difíciles, además de arriesgadas, por el bien común de los españoles y que, bajo la batuta del Rey, llevó a buen puerto la transición de la dictadura a la democracia. Ahora todos le han elogiado pero no pocos le hicieron entonces la vida imposible. Adolfo se ha llevado a la tumba aquel conocimiento o aquella intuición que le hizo dimitir menos de un mes antes de la esperpéntica acción militar. Él afirmó siempre que su dimisión no se debió a que se fuese a producir un golpe. Pero ¿a qué golpe se refería? ¿Tenía algo especial la prevista intentona para hacerle dimitir? Está suficientemente probado que en el 23-F convergieron varios golpes que tenían como pretexto el vacío de poder que supondría la toma del Congreso de los Diputados, y en él del Gobierno de la Nación,  por las fuerzas de Tejero.

Armada optó en su beneficio por la “solución De Gaulle”, pero en España no se había producido un ultimátum como el del general Jacques Massu a la Asamblea Nacional de Francia con la amenaza de ocupar París con sus paracaidistas. Armada se disponía a hablar a los diputados ya en un Parlamento ocupado para, bajo la presión directa de las armas, proponerse como Presidente y anunciar los miembros de un Gobierno de concentración o de salvación nacional ¿Por quién era conocido este proyecto? ¿Qué dirigentes políticos sabían, si es que los hubo, lo que pretendía Armada utilizando el nombre del Rey?  Uno se imagina la amargura de Adolfo entre aquel día de febrero de 1981 y el año 2003 en que perdió la memoria. Ni supimos ni sabremos ya los motivos reales de su dimisión. ¿Habrá dejado algo escrito sobre aquel episodio? La desmemoria patológica de Adolfo es, de alguna manera, la pertinaz desmemoria de España.

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7 comentarios to “Mis recuerdos de Adolfo y teoría de la desmemoria”

  1. denis parquer Says:

    ¡Honor y Gloria para tan gran hombre!

  2. OPCH Says:

    Sin duda Adolfo fue un hombre singular que ha dejado una huella trascendental en la Historia de España. Descanse en paz.

  3. Wolfgang Says:

    Muy pocos políticos han sido capaces de afrontar una tarea tan compleja con tan buena estrategia y valentía como supo hacer y tuvo que abordar Suárez. Es misión imposible adivinar sus dudas y sus angustias que sin duda tuvo cuando se encontró al frente de una tarea de cuya trascendencia era consciente: la transición de la dictadura a la democracia en un país en el que, como él mismo señalara años después, el sistema democrático históricamente había sido un mero paréntesis. Con todo, hizo con éxito lo que se le encomendó y supo cómo hacerlo. Los españoles estaremos siempre en deuda con él.

  4. Una feminista Says:

    Estos días hemos tenido la oportunidad de leer y oír muchos comentarios sobre Adolfo Suárez y sin embargo su post aporta una perspectiva personal que suma a todo ese acervo otra visión.
    Van-Halen, coincido plenamente con usted en la medida del personaje, me inquita todavía esa sensación de no saber qué ocurrió exactamente para que dimitiera… y me parece soberbia su última frase. Como siempre, gracias por escribir.

  5. Fernando Azancot Says:

    Yo también conocí a Adolfo, o a Don Adolfo para no caer en la frase que da título al libro de Luis Herrero “Los que lo llamábamos Adolfo”, que mi relación con él no alcanzó tal cota de intimidad. Bueno en realidad, para más rigor lo tuve como el camarada Adolfo Suárez, primero en su calidad de Jefe Provincial del Movimiento de Segovia, luego como Vicesecretario, y finalmente en su condición de Ministro Secretario General del Movimiento. Una vez elegido Presidente del Gobierno, ya no tuve ese honor puesto que mi vida hubo de discurrir por ámbitos distintos y distantes.
    Cuando ostentaba el Gobierno Civil y la Jefatura Provincial del Movimiento de Segovia, me relacioné con él por intermedio de Manuel Hernández, a la sazón su homónimo en Zamora además de amigo personal y familiar. Por cierto que en su condición de Consejero del Reino participó en la confección de la terna que Torcuato Fernández Miranda ofreció al Rey, y me atrevería a asegurar que algo debió influir en la inclusión de Adolfo en la misma. Desde luego tengo razones para sospechar que la defendió.
    En esta hora, mi primera intención al recordar al difunto Presidente se resume en el sincero deseo de que descanse en la paz que Cristo prometió a los hombres de fe, y dado el lugar que la Iglesia ha reservado para su sepultura, no es de dudar su confesionalidad católica verificada. Yacer en el claustro de una catedral es honor y gracia añadida a las que la vida le reservó, al menos eso podemos colegir aquellos que todavía no estamos igualados por la muerte.
    Concluyes tu impecable artículo con una frase que considero, además de definitiva, lapidaria deducción: “La desmemoria patológica de Adolfo es, de alguna manera, la pertinaz desmemoria de España”. Y no deja de ser curioso que quien designó Vicesecretario General como cabeza bien amueblada que era, capaz de llevar a buen fin el desmantelamiento controlado del Movimiento – operación clave de la transición -, Eduardo Navarro, finara su vida con semejante mal al padecido por su Presidente y antecesor en la Vicesecretaría. Lo digo en el sentido de que, según rumores, parte de los documentos cruciales de la transición los guardaba él. De manera que al efecto, hemos perdido dos posibles Memorias con mayúscula. No obstante, es de considerar la diferencia existente entre lo “patológico” del enfermo sumido en el olvido sin tener conciencia de ello, y lo “pertinaz” con que calificas el caso de España cuya memoria, de poseerla – si es que puede hablarse de tal potencia del alma en el caso de una colectividad –, solo padece el mal de la manipulación a la hora de configurar y manifestar su historia, particularmente desde la transición a nuestros días.
    Ello me lleva a considerar otro tema que tocas y calificas con pleno acierto como “golpe de diseño”. Me refiero al llamado “23 F”, que desde luego – como bien apuntas -, no nació por generación espontánea, ni se puede despachar con la simplicidad que se ha hecho, un vez más para colaborar a la hispana desmemoria, que yo me atrevo a juzgar como vulgar alteración de su historia. Una cosa es el olvido patológico y otra el impuesto para cumplir con “lo políticamente correcto”. Por otra parte, la tendencia a diseñar el futuro político en este país viene de lejos.
    En un reciente espacio televisivo, el periodista y general del Ejército Español señor Monzón, al referirse a la parafernalia organizada con motivo del fallecimiento del Presidente Suárez, y a la hipócrita dramatización protagonizada por más de un político adversario cruel del difunto, hizo una prudente remisión a su experiencia como participante en “el diseño de la transición”, tarea que remontó a años anteriores a la muerte del Caudillo, y cuya producción centró en la Presidencia del Gobierno, que si mi memoria permanece sana, ocupaba el Almirante Carrero, así como su “central cívico-militar de inteligencia” el también fallecido e involucrado en el “23 F”, coronel San Martín. Nada nuevo al menos para mí.
    Por cierto, la referencia a Torcuato Fernández Miranda me ha hecho retroceder a una ya lejana tertulia en el Parador de Tordesillas. El ilustre ministro y docto catedrático acababa de pronunciar un memorable discurso en el Teatro Calderón de Valladolid en el que pergeñó su tesis trinitaria del Movimiento: idea, comunión y organización. Pero al efecto de tu tesis sobre sus apetencias, me quedo con otra idea que entonces me resultó más sugestiva: se declaró partidario de “un socialismo integrador”, supongo que pensando en su conocido “contraste de pareceres y concurrencia de criterios”, ingenuo propósito a la vista de la experiencia vivida.
    En fin, que termino aquí. El dramático final de un Adolfo despojado de recuerdos, paradójicamente ha reavivado mi memoria. Pero para qué seguir, si las postreras consecuencias de la hispana desmemoria las estamos padeciendo en estos días. Ahora no es Fraga quien proclama aquello de “la calle es mía”, sino sus detractores. Lo que es menester ver, que dicen por estos pagos. Descansen todos en paz.

  6. Denis Parquer Says:

    Me quedo con la duda de su pensamiento sobre el autor del golpe. Personalmente descarto al Rey.

  7. Bvnda Says:

    La enfermedad que padeció el ex presidente Suárez, a excepción de la posibilidad que comenta Van Halen (“¿Habrá dejado algo escrito sobre aquel episodio?”), nos ha privado a todos de conocer una de las versiones más autorizadas sobre el 23 F. Muchas son las preguntas y muy pocas las respuestas contundentes y sin fisuras que existen relativas al acontecimiento, aún hoy. Muchas son las opiniones, autorizadas y menos autorizadas, sobre el asunto pero sin duda la de Suárez hubiera sido definitiva. Cabe preguntarse si tal vez por eso o no existe o no ha sido desvelada. No soy de la opinión de que la “desclasificación” de los documentos oficiales relativos al 23-F resultase definitiva para conocerlo TODO (habrá aspectos que no consten, sobre todo si es cierto, como se ha publicado en libros de investigación, que detrás estaba el Servicio de Inteligencia Español), pero desde luego nada debería impedir esa desclasificación.

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