Lo que no se le puede pedir al Rey, y un poco de Historia

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De las contadas abdicaciones vividas por la Monarquía española la más parecida, en sus circunstancias, a la de Juan Carlos I es la de Carlos I. Recordaré algunas páginas de la Historia.

La abdicación de Felipe V fue fallida ya que tuvo que retomar el trono al morir su hijo Luis I. Las de Carlos IV y Fernando VII fueron forzadas; la primera por el Motín de Aranjuez, promovido por el propio Príncipe de Asturias, y la segunda por Napoleón que no había reconocido al heredero como Rey. José I Bonaparte huyo de España y devolvió la Corona a su hermano el Emperador tras encajar derrota tras derrota y sentirse un títere de sus generales que atendían las órdenes de las Tullerías y no las del Palacio Real de Madrid. Isabel II fue destronada y abdicó en su hijo Alfonso ya en su exilio parisino. Amadeo I abandonó el trono cansado y arrepentido de haberlo aceptado por la insistencia de Prim. Alfonso XIII abandonó el país tras unas elecciones municipales que, además, habían ganado las candidaturas monárquicas, y abdicó en su hijo Juan un mes antes de morir en París, en 1941. Don Juan, sin haber ejercido como Rey, traspasó en 1977 sus derechos dinásticos a su hijo Juan Carlos cuando llevaba ya reinando dos años. Don Juan hubiera reinado como Juan III, y no han sido pocos los monárquicos que hubiesen deseado que quedase con ese ordinal regio en la Historia de España, pese a no reinar de hecho, como sucedió con Juan I, Luis XVII o Napoleón II de Francia. Sin embargo, sus restos serán depositados  en el Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial. Ahora esperan en el llamado “Pudridero”.

Carlos I de España, el Emperador, abdicó la corona en su hijo Felipe II  en 1556 y se refugió del mundanal ruido entre los monjes jerónimos de Yuste; tenía 56 años y el Príncipe de Asturias 29. Fue un digno sucesor de su padre, defendió sus dominios, reinó en Portugal y fue monarca consorte de Inglaterra e Irlanda, al tiempo que consolidó sus inmensos territorios ultramarinos. Que sea un gran Rey, un digno sucesor de su padre, es lo que los españoles esperamos de Felipe VI. Y hay motivos fundados para esperarlo. Es el Príncipe de Asturias más preparado en toda la Historia de la añeja Monarquía española. Aparte de su experiencia, ningún Rey pasó por la Universidad, circunscribiendo su formación a las enseñanzas militares, mientras Felipe VI cursó, además, la carrera de Derecho, y tuve ocasión de recordárselo públicamente cuando inauguró en 1998 la nueva sede de la Asamblea de Madrid durante mi presidencia. Su familiaridad con el Derecho, con atención especial al Derecho Político y Constitucional, le llevan a no sentirse ajeno a las instituciones en donde se debaten y aprueban las leyes.

Esta cercanía fue recordada por el propio Rey en su discurso del acto de proclamación  ante las Cortes Generales, en las que se residencia la soberanía nacional, cuando destacó su “convicción personal de que la Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España” y su expresa referencia a sus deberes constitucionales: “Un Rey debe atenerse al ejercicio de las funciones que constitucionalmente le han sido encomendadas y, por ello, ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado, asumir su más alta representación y arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones”.

El Rey se  mostró exquisitamente respetuoso con el principio de separación de poderes ya que debe “cumplir las leyes aprobadas por las Cortes Generales, colaborar con el Gobierno de la Nación -a quien corresponde la dirección de la política nacional- y respetar en todo momento la independencia del Poder Judicial”.

Por todo ello no entiendo que, precisamente desde posiciones políticas a menudo alejadas de la Monarquía Parlamentaria que figura como forma política del Estado en el artículo 1.3 de la Constitución, y desde otros ámbitos más mediáticos que institucionales,  se esperasen declaraciones de Felipe VI referidas a aspectos controvertidos, más concretos y actuales , incluso un anuncio de reforma constitucional, o una referencia al cacareado referéndum soberanista anunciado por Artur Mas. Es aún más delirante que alguien esperase, como he leído en algún blog, que de un modo u otro, el discurso abriese la posibilidad de una consulta popular sobre la forma de Estado. Ni Mas ni Urkullu aplaudieron el discurso del Rey, y Mas convocó a los periodistas tras el acto para declarar que no había escuchado lo que esperaba. Por encima de justificaciones mostrencas, el gesto de ambos presidentes autonómicos, que lo son merced a la Constitución, no pasa de ser una evidencia de mala educación.

El Rey es el primer español y el primer servidor de las leyes. ¿Cómo podía esperar alguien otra cosa? No se le puede pedir más de lo que puede y debe decir como monarca  constitucional. Felipe VI lo dejó muy claro en otra referencia de su discurso: “Quiero reafirmar, como Rey, mi fe en la unidad de España, de la que la Corona es símbolo. En esa España, unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley, cabemos todos”. Es obvio que sólo no caben quienes se autoexcluyen por la trampa infantil de los hechos consumados que, en definitiva, conducen a situaciones indeseables. El diálogo que se pide nunca puede consistir en un cínico “o haces lo que yo demando o rompo la baraja”. Eso se acerca más a un chantaje con destino equivocado.

Los monarcas del Reino Unido leen en el Parlamento al inicio de cada legislatura el discurso programático que les prepara, línea a línea, el Primer Ministro de turno, que es quien marca la política del Gobierno de Su Majestad. Felipe VI, ya lo expresó ayer, sabe y lógicamente respeta que es al Gobierno de la Nación “a quien corresponde la dirección de la política nacional”.  Parece que a Mas, a Urkullu y a otros, les encantaría en este caso una Monarquía absoluta y no una Monarquía parlamentaria en un Estado de Derecho con una Constitución que a todos obliga por igual. El Rey reina pero no gobierna.

Y eso es lo que debemos esperar de su reinado que deseo fructífero y lleno de sabidurías. Una renovación, que está garantizada por el cambio generacional, y atendiendo a las demandas de los nuevos tiempos. En este sentido fue meridianamente claro en su defensa de los principios constitucionales, y en su apuesta de mirar al futuro. La intervención de Felipe VI ante las Cortes Generales fue una lección de realismo y de modernidad.

Mi única discrepancia en estos días históricos no se refiere al discurso del Rey sino a cierta nueva simbología. Me ha sorprendido la supresión de la cruz de Borgoña y de las flechas y el yugo de los Reyes Católicos en el nuevo guión real, acaso por afición a estos temas y por mi pertenencia a las Reales Academias de la Historia y de Heráldica y Genealogía. La recuperación del carmesí como color del estandarte de Felipe VI creo que es un acierto, y no sólo por diferenciarlo del escudo de su padre, sino porque recupera una tradición que en el guión de Juan Carlos I, sobre fondo azul, se había truncado.

La cruz de Borgoña fue incluida en los escudos y banderas desde 1506, con la llegada de la Guardia Borgoñona de Felipe el Hermoso, y ondeó quizá por primera vez como emblema español en la batalla de Pavía de 1525. Como bandera fue utilizada por los Tercios españoles y unidades de los Ejércitos en los siglos XVI, XVII, XVIII y principios del XIX. La cruz de Borgoña, sobre fondo blanco o amarillo, se usó como bandera militar hasta que en 1843 un Real Decreto de Isabel II convirtió la roja y gualda en bandera nacional, porque hasta entonces sólo había sido destinada a los buques de la Armada desde el Real Decreto de Carlos III en 1785,  y desde 1793 también para que ondeara en los puertos, fuertes y fortines costeros de la Armada.  Yo la he visto ondear, junto a la bandera de las barras y estrellas, en el Fuerte de San Cristóbal y en el Castillo de San Felipe del Morro, en San Juan de Puerto Rico. Y también en los Países Bajos; recuerdo una iglesia de Güeldres coronada por este emblema.

El yugo y las flechas de Ysabel y Fernando, como la granada (que sí permanece en el escudo de Felipe VI y en el de España) representan la rememoración histórica de un reinado que consiguió el fin de la reconquista, y con ella un paso decisivo para la unidad nacional, y afrontó la gesta americana. Es un símbolo que se remonta al siglo XV y que figuraba en la  mayoría de los escudos del tiempo de los Reyes Católicos. El yugo, además de la inicial de la Reina, simbolizaba la unión de los reinos de Castilla y Aragón, y las flechas, además de la inicial del Rey, representaban a los reinos que componían entonces España.

Me resisto a creer que quienes han aconsejado prescindir de la cruz de Borgoña y del yugo y las flechas se hayan apuntado a la consideración  elemental  de unir esos símbolos a determinadas significaciones políticas contemporáneas, lo que recordaría la ignorancia de aquel concejal de Cáceres, de cuyo nombre no quiero acordarme, que mandó desmontar un escudo histórico de un monolito dedicado a Cristóbal Colón porque creyó que el águila de San Juan y las flechas yugadas eran franquistas, por lo de la llamada “ley de memoria histórica”, una de las normas que ha evidenciado, acaso como ninguna otra, una ignorancia histórica más generalizada de lo esperado. Esa ley ha dad0 lugar a un amplio anecdotario de meteduras de pata. Pero si la exclusión de esos símbolos del guión de Felipe VI  no se debe a tales lecturas políticas contemporáneas, la verdad es que no se me ocurren  motivos para justificar este olvido  de los Reyes Católicos.

Tenía razón el nuevo Rey cuando ayer decía ante las Cortes Generales: “Hoy es un día en el que, si tuviéramos que mirar hacia el pasado, me gustaría que lo hiciéramos sin nostalgia, pero con un gran respeto hacia nuestra historia; con espíritu de superación de lo que nos ha separado o dividido; para así recordar y celebrar todo lo que nos une y nos da fuerza y solidez hacia el futuro”. Palabra de Rey.

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4 comentarios to “Lo que no se le puede pedir al Rey, y un poco de Historia”

  1. Wolfgang Says:

    Especialmente interesante y pedagógico me resulta este artículo por lo que es de justicia agradecérselo a su autor.
    Correcto, acertado y también nervioso me pareció nuestro recién estrenado Felipe VI en su discurso ante las Cortes Generales. Por otro lado, me inquieta la curiosidad lo que apunta Van Halen sobre la eliminación de la cruz de Borgoña y de las flechas y el yugo de los Reyes Católicos en el nuevo guión real y espero que nada haya tenido que ver en esa supresión que alguien haya querido imponer la consecuencia de sus complejos frente a la significación histórica, oportuna y muy actual, de aquéllos.

  2. H Says:

    Se ha recuperado una tradición que fue del s.XVI al XX : color carmesí (morado a partir de Isabel II) , escudo real sin cruz de Borgoña ni yugo y flechas. Y de paso se ha corregido una chapuza franquista de 1971 (en Google: “BOE 26/04/1971 estandarte juan carlos principe españa”), que ya era hora.

  3. Adán Moreno Says:

    Excelente referencia histórica. Comparto su discrepancia, no entiendo lo del yugo y las flechas Ysabel y Fernando. Cuando empezamos así de acomplejados mal andamos, por otra parte, sin ser practicante católico, tampoco entiendo por qué no se sigue con esa liturgia con más carácter tradicional para mí que religioso. En fin, que Dios guíe a nuestra Patria y que el Rey don Felipe VI tenga mucha suerte. Siendo un republicano convencido, grito, ¡¡VIVA EL REY!!, ¡¡VIVA ESPAÑA!!.

  4. Observador Says:

    A H: Ya escribe el autor del post que ha sido un acierto recuperar el fondo carmesí en el estandarte regio. No morado, ni después de Isabel II ni antes. Está comúnmente aceptado por la historiografía que el “púrpura” (morado), sólo fue accidental en ciertas etapas; fue un color “interpretado” con muy escasa tradición en la vexilología y heráldica de los reinos que conformaron España. Incluso se ha escrito que el primer fondo morado en un estandarte se tomó de una reproducción dañada de un viejo pendón carmesí. En el siglo XIII Mateo de París, ilustre historiador y heraldista, opinó que el “púrpura” (morado) era un esmalta heráldico de la gama de los “gules” (rojos). Michel Pasteoureau en el siglo XV proponía suprimir ese esmalte heráldico por no ser “puro” y ser una mezcla entre “azur” (azul) y “gules” (rojo). El heraldo de Alfonso V de Aragón Joan Courtois dejó escrito también que no era un esmalte heráldico puro: “fondo castaño rojizo con retoques de azulado”. Por ello los escudos del reino de León aparecen, según las épocas, y así se recoge en los sucesivos armoriales (existen algunos en el tesoro bibliográfico de la catedral de Santiago), con sus leones en esmaltes de “gules” (rojos) o “púrpuras” (morados). La incorporación del color morado a la bandera de la II República (la I República no cambió los colores de la bandera) no tenía apoyatura histórica ni tradición relevante en la vexilología nacional.
    En cuanto a la referencia que hace el señor H al BOE de 26/04/1971 en el que se detalla la distribución heráldica del guion de Juan Carlos de Borbón como príncipe de España, es sencillamente una muestra de desconocimiento histórico ya que lo que él considera “chapuza franquista” podría considerarse, en todo caso, una “chapuza del siglo XV” ya que quienes incorporaron el yugo y las fechas a la vexilología y heráldica españolas fueron Ysabel y Fernando, los Reyes Católicos, y se conservaron, acompañando al Águila de San Juan, en los blasones imperiales. Obsérvese, por ejemplo, la fachada de San Juan de los Reyes, en Toledo. Al parecer son más de los que se piensa quienes confundirían escudos históricos con muestras de la heráldica franquista y acabarían con ellos. Resulta penoso. Y no debo concluir sin felicitar al señor Van Halen, conocido historiador y heraldista, por el despliegue de su erudición.

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