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El debate “decisivo”

8 diciembre 2015

Escribo en la madrugada y ya se conocen valoraciones de los medios de comunicación sobre el que ha sido presentado como el debate “decisivo” de esta campaña electoral entre Soraya Sáenz de Santamaría, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. Como soy veterano escribir este comentario me trae recuerdos de mi larga etapa como analista antes de pasar de la fila cero al escenario de la política. Me referiré, sobre todo, a las intervenciones de los aspirantes. Tuve un profesor que el primer día de clase nos decía que él sabía todo sobre la asignatura y nosotros debíamos aplicarnos para saber una pequeña parte de lo que él sabía. Soraya, además de responsabilidades anteriores, tras cuatro años como portavoz de la oposición y cuatro como vicepresidente del Gobierno, se sabe bien la asignatura. No es aspirante sino titular.

Sánchez fue diputado por Madrid en dos legislaturas por renuncia de sus titulares Pedro Solbes y Cristina Narbona, y ha ejercido como secretario general del PSOE desde julio de 2014, poco más de un año. Rivera trabajó en La Caixa y se convirtió en presidente de Ciudadanos en 2006. Ese año fue elegido diputado del Parlamento de Cataluña, reelegido hasta las últimas elecciones autonómicas. Iglesias, iniciado en política en IU, fue profesor interino de la Complutense; fundó Podemos en 2014 del que fue elegido secretario general. Se convirtió en tertuliano de diversas televisiones lo que favoreció su acceso a la política. Él mismo se reconoció iniciador de la campaña por móvil que promovió el acoso a sedes del PP en el día anterior a las elecciones generales de 2004 tras los atentados de Atocha. No es un timbre de orgullo haber vulnerado la jornada electoral. entonces Pablo estaba en la caspa no en la casta.

En los debates preelectorales los participantes suelen conformarse con salvar los muebles. En éste iban a ganar. Había que saber quién liderará la oposición en la próxima legislatura. Sánchez se juega su futuro político porque lo miran con catalejo desde Sevilla. No fue una sorpresa que entre las balas en la recámara de los aspirantes figurasen la corrupción como tema fuerte y la ausencia de Rajoy como tema de acompañamiento y múltiple referencia.

La vicepresidenta tenía clara su respuesta al último reproche: el PP es un partido con banquillo, un equipo, un partido que gobierna. No un partido de tirón unipersonal y de aluvión como Ciudadanos y Podemos. Rajoy podía estar viendo este debate desde un sillón y reservarse para el debate de siempre entre quien ostenta la Presidencia del Gobierno y quien aspira a ocuparla. Y ese debate será el próximo día 14. En anteriores elecciones nadie pidió que en debates de cuatro, cinco o seis líderes estuviese el Presidente del Gobierno. Nadie en serio podía esperar que Rajoy participase en ese debate con Rivera e Iglesias, porque el debate con Sánchez ya está cerrado y tiene fecha. Es como si un cardenal fuese a un debate con un par de obispos aunque fuesen aspirantes a llegar al Sacro Colegio Cardenalicio. Ni Rivera ni Iglesias están en el Congreso de los Diputados y sus partidos tampoco. Su resquemor por la ausencia de Rajoy fue una impostura, a mi juicio poco elegante, de cara a la galería.

En cuanto a la insistencia en el tema de la corrupción, la vicepresidenta estuvo amable, prudente, y creo que acertó. Le hubiese sido fácil a Soraya recordarle machaconamente a Sánchez los ERES o los cursos de formación en Andalucía, o la última legislatura de Felipe González con ministros en la cárcel, secretarios de Estado procesados, y hasta el director general de la Guardia Civil, la directora del BOE y cuatro presidentes de Comunidad Autónoma imputados o en prisión. Soraya solo se refirió de pasada a los ERES. Las maniobras socialistas para dificultar el enjuiciamiento de dos expresidentes del PSOE, Chaves y Griñán, y la presión a la juez Alaya, incluso con manifestaciones ante su juzgado, pasarán a la historia negra del acoso a la Justicia. Y Soraya no exhumó para Iglesias los casos Errejón o Monedero; sólo citó a este último, de pasada; siguió eludiendo la agresividad.

Pablo Iglesias estuvo en Pablo Iglesias, si bien en su versión moderada que es la que toca ante unas elecciones en las que puede entrar en la meta el cuarto de cuatro, pese a que ya tiene elegidos sus ministros de Defensa y de Justicia, el ex-general Rodríguez (situar a un militar en Defensa no ocurre desde la aprobación de la Constitución; vuelta a la vieja política) y la ex-juez Rosell (investigada por un presunto caso de corrupción). Pablo estuvo sobrado, como es habitual, en camisa, y hábil. No peca de humilde. Lanzó sus mensajes con firmeza y trató de arañar votos al PSOE. Citó a Carmena y a Kichi y dos veces a Colau afirmando que esas franquicias de Podemos ganaron las elecciones, y olvidó que gobiernan esas ciudades gracias, entre otros, al PSOE. Carmena tiene 20 de 57 concejales; Colau 11 de 41 y Kichi 8 de 27. Resaltó Pablo que Kichi ha pagado las deudas municipales, y mintió. Reproduzco el titular de una noticia del pasado día 9 de octubre: “La banca se niega a financiar más deuda y Hacienda podría reducir las transferencias al municipio para pagar a sus proveedores”.

A los fieles de Podemos probablemente les dará igual que Pablo no conociese que la Constitución incluye la Educación entre los derechos de los ciudadanos, que asegurase que en 1977 hubo un referéndum en Andalucía para decidir si los andaluces querían seguir en España (¡no había entonces Constitución!),  que hiciese una cita en un inglés propio de cualquier niño de  colegio , y que atribuyese a Churchill una conocida frase del economista y Premio Nobel de Economía Ronald Coase. Tras confundir en su anterior debate con Rivera el título de Kant “Crítica de la razón pura” al que se refirió como “Ética de la razón pura”, estos lapsus de Pablo Iglesias sobre filosofía, historia y constitucionalismo no deben sorprendernos. Lo chocante es que sea profesor interino de Ciencia Política. ¿Qué sabiduría traslada a sus alumnos?

Los fieles de Podemos se lo tragan todo porque a estas cosillas culturales parece que no les dan importancia.Seguro que nadie se carcajea de Pablo por su desconocimiento del idioma inglés y que no se reproducirá lo que se montó con aquello del cafelito en la Plaza Mayor de Ana Botella. Pablo quiere gobernar como si actuase permanentemente en un plató de televisión. Aunque su desconocimiento se derrame urbi et orbi en cuanto buscas lo subcutáneo; bajo el barniz.

El otro candidato televisivo, Albert Rivera, es un personaje que también va sobrado, aunque él con más presumibles asistencias electorales que Pablo. Soraya no apagó algunas de las chispas de sus fogosas propuestas;  ya he insistido que la vicepresidente mantenía amordazada la agresividad.

¿Qué es ese batiburrillo de convertir el Senado en una conferencia de Presidentes de Autonomías? El aspirante no tiene idea de la división de poderes Ejecutivo y  Legislativo. Citó el modelo alemán, pero está claro que no sabe lo que es el Bundesrat, que constitucionalmente no forma parte de Parlamento, ni creo que Albert sepa tampoco lo que es el Bundestag. Tiene una cierta empanada. Las Autonomías españolas no son los Estados Federados alemanes. Se mantuvo en la indefinición que le ha producido tantas adhesiones. Quien no se define puede poner huevos sin riesgo en todos los cestos, aunque cuando llegan unas elecciones las propuestas deben aclararse. Soraya se lo dijo hasta dos veces: “Una cosa es hablar y otra gobernar”. No sabía Albert ni que se habían aprobado leyes sobre transparencia y anticorrupción en el Congreso de los Diputados. Estuvo nervioso, vaporoso, y al menos dejó claro que no apoyaría ni a Sánchez ni a Rajoy. Algo es algo. ¿Y entonces?

Sánchez estuvo nervioso, los asistentes le secaban el sudor de la frente en los tiempos muertos, y actuó desde una posición a veces recelosa y casi siempre defensiva. Sin embargo atacó a Podemos, que es su competidor en la izquierda, y al PP que es su oponente. Parecía afectado por los sondeos y que estaba en una confrontación dialéctica para ver quién de los tres “colocados” será jefe de la oposición tras el día 20.

El secretario general del PSOE invocó el pacto antiterrorista. Soraya no quiso recordarle que mientras Zapatero firmaba ese pacto (se supo más tarde)  negociaba con ETA, y casi a la misma hora en que el entonces ya presidente del Gobierno aseguraba que ETA no atentaría más se produjo el atentado de la terminal de Barajas. No sabía la cuantía de las prestaciones por desempleo, ni siquiera pudo entrar con conocimiento en la vigente ley de Educación, y se cuidó mucho de no referirse al inicio de la crisis económica. Aseguró que el PSOE es la solución (en economía siempre fue el problema) y negó que fuese posible bajar impuestos, pero sin dar una cifra. Recuerdo que eso lo repetía Gómez en la Comunidad de Madrid y se bajaron una y otra vez. Los socialistas suben los impuestos, el PP los baja. Eso es lo que la experiencia demuestra, salvo cuando se encuentra con una deuda oculta de 30.000 millones de euros, como le ocurrió a Rajoy al llegar a la Moncloa.

Tampoco supo Sánchez rebatir las cifras de Soraya sobre creación de 1.500 empleos diarios cuando el PSOE destruyó 1.500 empleos cada día durante su Gobierno, y solo dijo que se creaba empleo precario; antes ninguno. Cuando  Sánchez habló de corrupción  olvidó decir que el PSOE no votó a favor ninguna de las leyes en pro de la transparencia y en contra de la corrupción que se han aprobado en el Parlamento durante la  legislatura recién concluida.

El debate me resultó interesante sin más sorpresas que las nebulosas de los aspirantes y los errores de Pablo en sus citas  incluso en dos idiomas. A mi juicio Sánchez perdió el debate. Estaba inseguro. Creo que con sus intervenciones cedió votos a Podemos. Rivera se mostró indefinido, trató de aparecer equidistante, y en lo que se definió le dio votos al PP porque rompió la falsa imagen que tanto le interesa a la izquierda (y a veces a él) de que Ciudadanos es una especie de palanca de apoyo al PP; no lo es. Los habituales votantes del PP deben tenerlo claro. Iglesias se mostró firme e impecable para sus seguidores que no valorarán sus lagunas. Quitó votos al PSOE. Soraya no quiso estar agresiva y se mostró serena y experimentada. Compárese el último minuto de cada contrincante, su mensaje final. Los tres aspirantes atacando al competidor y Soraya desde una reflexión en positivo sin atacar a nadie. Creo que el PP tras el debate ampliará sus votos y recibirá votos de Ciudadanos. A mi juicio, el debate lo han ganado Soraya por la derecha y Pablo por la izquierda. Soraya abriendo el abanico de su clientela y Pablo recuperando sus apoyos perdidos.

Durante todo el debate Sánchez podía repetirse para sí, como en una psicofonía,  las palabras de Susana Díaz descartando un pacto a tres, de perdedores: “Quien  gane las elecciones tiene que formar  Gobierno”. La enésima discrepancia entre la Presidenta de Andalucía ¿y su antecesor en Ferraz?

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