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Las tres “C”, el artículo 155 y el empleo

26 julio 2015

En la pobre realidad que nos toca vivir se han abierto paso con no poca fuerza tres iniciales C. La primera es de la alcaldesa Carmena, la segunda de la alcaldesa Colau y la tercera corresponde a la caspa. Probablemente el día menos pensado se habrá convertido en otra C: la casta, pero ahora es sencillamente caspa. Nuestra realidad nacional es a menudo casposa, hortera, soez, facilona, y produce vergüenza ajena.

Los ejemplos de las caspas de Carmena son incontables como las gotas del mar. No es preciso recordarlos porque son estruendosos. Las caspas de Colau llevan ese camino. El último disparate casposo de la alcaldesa de Barcelona: apear un busto del Rey emérito Juan Carlos I que presidía el salón municipal de sesiones. La explicación: que ella es republicana y que la Ciudad Condal tiene tradición republicana. No es cierto; que se lo digan a los históricos de la Lliga. Barcelona ha mantenido una relación extraordinaria con la Corona. Aunque fuese cierto (que no lo es) ese republicanismo ¿y qué? Colau convocó a los periodistas para que dieran fe de su hazaña porque del primer apeamiento no hubo testimonios. Metieron el busto en una caja de cartón, y ya está.

Alfred Bosch, diputado de ERC en el Congreso y responsable del Grupo de Concejales de su partido en Barcelona,  lo ha aclarado: “Peor habría sido que hubiesen reventado o roto el busto”. Y lo explica: “Queremos una Barcelona libre de Borbones”. En un país en el que el Rey se apellida Borbón es una pretensión chusca. Si uno quiere pasar un rato divertido  aconsejo leer una antología de declaraciones públicas de este pintoresco personaje. Lo peor es que él lo dice todo en serio. Y parece creérselo.

Casi al mismo tiempo Colau, de profesión activista (su biografía está vacía de otros  méritos) no aplaudió un discurso del Rey Felipe VI; la alcaldesa figuraba en la mesa presidencial del acto. Jugó con sus manos mientras los demás aplaudían las palabras del monarca. Al ciudadano ni le va ni le viene que esta señora sea republicana, monárquica, mormona o experta en papiroflexia. ¿Era una invitada especial al acto? Desde luego. ¿Y a qué debía su invitación? No por supuesto a ser una activista reconocida, condición que resulta tan irrelevante como ella misma, sino a que es alcaldesa de Barcelona. En esa condición representa cada día desde el amanecer al ocaso, a todos los barceloneses. Y a esa representación que ostenta se debe la tal Colau le guste o no. Aunque no creo que tenga peso político para que la Alcaldía se le suba a la cabeza porque gobierna la segunda ciudad de España con 11 concejales de un total de 41. No entiendo que Colau se consideré atea porque ella vive en sí misma un asombroso milagro.

Nuestra realidad nacional está llegando a un punto de no retorno en disparates. Ese punto en el que los misiles crucero ya no pueden ser desactivados. Supongo que no sólo son culpables sus protagonistas directos. En dos de nuestros problemas más preocupantes Zapatero tuvo una responsabilidad evidente. Dio alas al independentismo con aquella frasecita políticamente imbécil de que aceptaría el Estatuto de Cataluña que saliera del Parlamento catalán. Y destapó la indefensión  del Estado ante los vociferantes cuando consintió  la toma durante semanas de la Puerta del Sol y el acoso al Congreso de los Diputados considerando una gracieta juvenil lo que era un pulso a las Instituciones.  Todo vacío tiende a llenarse, y así estamos como estamos.

El sucesor de Zapatero al frente del PSOE, con menos talla política que su antecesor, aunque esto pudiera suponerse imposible, agravó todo. Dio más alas al independentismo proponiendo un cambio en la Constitución de modo que exige que toda España cambie sólo porque eso parece convenirle a una sola región. Tampoco ha concretado ese milagroso cambio constitucional. Y ha engordado hasta extremos de grave riesgo a aquellos muchachos del 15-M otorgando a sus minorías los apoyos socialistas necesarios para regir ayuntamientos como Madrid, Barcelona, Zaragoza, La Coruña, o Cádiz… Una irresponsabilidad que vamos a pagar cara todos los españoles.

Luego, otro Gobierno, el actual, confió en que el “problema catalán” se solucionaría con buenas maneras,  buen rollito y no sabemos bien qué acuerdos. Ya era tarde. Y creyó que el PSOE nunca apoyaría mayorías de perdedores con clara lesión de los intereses nacionales. Se equivocó. El resultado de las elecciones del pasado 24 de mayo ha abierto muchos ojos que estaban cerrados. Por fin parece que nuestros dirigentes se dan cuenta de que el pacto nacido en la transición, antes incluso de la Constitución,  se ha roto. Los dos principales partidos políticos no son ya garantía de estabilidad como pensaron los constituyentes porque uno de ellos, el PSOE, ha traicionado aquel pacto. La estrategia de aislar al PP supone la quiebra de las seguridades.

¿Cuál ha sido el error del Gobierno? Creo que los errores han sido al menos dos. Y de  bulto. El primero, no afrontar la reforma electoral, en su conjunto pero sobre todo en el ámbito local,  a principios de 2012, cuando llegó al Gobierno con  una mayoría absoluta sin precedentes. En aquel momento  Rubalcaba estaba abrasado, en su peor suelo de votos, y él mismo se había mostrado partidario de una reforma de las elecciones, al menos de las locales. El panorama del socialismo tras las generales del 20 de noviembre hacía  pensar en Ferraz que cualquier reforma beneficiaría su futuro. Y el segundo, no actuar con más contundencia en Cataluña. Es insólito que se haya llegado hasta aquí en un Estado de Derecho. Ahora el propio Gobierno recuerda que existe el artículo 155 de la Constitución.

El día 4 de diciembre de 2009 publiqué en este blog la entrada “El artículo 155”, recogida más tarde en mi libro “La sonrisa de Robeepierre” que tuvo dos ediciones en 2011. En él escribí: “Hay un artículo en la Constitución del que no se habla y ahora debería estar en boca de todos. De los juristas, de los políticos y de los ciudadanos. Es el artículo 155”. Y lo transcribía. El contenido de ese artículo constitucional reflejaba la anomalía en que se movía la Comunidad Autónoma de Cataluña y podía haberse aplicado con toda normalidad ya entonces. Y no digamos hoy, con todo lo que hemos vivido en seis años. No se aplicó, se apostó por el buen rollito y estamos infinitamente peor que entonces. Esa indefensión del Estado ante la rebelión chulesca de su representante constitucional en Cataluña, que es el propio Artur Mas, resulta inexplicable y, es obvio, tendrá sus responsables cuando la Historia, con mayúscula, juzgue este momento. Los  responsables tanto en el plano nacional como en el plano autonómico.

El Gobierno de la Nación tiene en sus manos responder a una situación impresentable. Además, aunque no se busque, puede ser una de las palancas más ciertas para dar un vuelco a las encuestas sobre el  resultado electoral de las próximas generales. Ser el partido ganador ya no garantiza -por primera vez- formar Gobierno. Volveríamos al “todos contra el PP”. España son muchas regiones, y la firmeza del Gobierno será juzgada en las urnas de toda España, no sólo en las urnas catalanas. Ya no es una fantasía creer que la locura y el mesianismo de un político mediocre, como lo es Mas, puedan llevarle a declarar la independencia de Cataluña por su cuenta. Con un PSOE capaz de todo por gobernar como sea y con quien sea, las decisiones del Gobierno ante problemas tan graves como el del rampante independentismo catalán, son trascendentales. Y no nos enfrentamos simplemente al hecho de perder el Gobierno. El momento es muy delicado. Esa pérdida llevaría hoy a la quiebra de la estabilidad, al retroceso económico, y a la vuelta atrás. Además de convertirnos, probablemente, en el hazmerreír de Europa. Un Gobierno Sánchez-Iglesias, o Sánchez gracias a Iglesias, resultaría letal para los intereses de España.

Otro apunte de la realidad nacional, que pasa inadvertida para muchos y no recibe el valor que merece, tiene que ver con la superación de la crisis. En este trimestre se ha conseguido que contemos ya con 500.000 parados menos que al principio de la legislatura. El mejor registro desde 2005. El paro cae al nivel de 2011. Y sigue creciendo la afiliación  a la seguridad social; muchos más cotizantes. Sánchez parece que se molesta con estas cifras. Cuanto peor, mejor. Cuando pintan oros Sánchez se entristece porque parece que le complace que pinten bastos. Con Zapatero España lideraba la pérdida de empleo; ahora lidera la creación de empleo en Europa. Con Zapatero se crearon tres millones y medio de parados. El argumento de los descontentos: que parte de este empleo es temporal. Cuando las cifras eran aterradoras todos los analistas internacionales pedían fórmulas para crear empleos  y  no entraban en si debía ser permanentes o temporales. De los empleos temporales puede pasarse a los permanentes; del crecimiento del paro no se pasa a otra  cosa que a más paro.

Una de las reacciones más jugosas ante el buen dato del empleo ha sido la de Errejón. Ha destacado que se crean empleos malos. Desde luego no son tan buenos como el suyo de contratado no ejerciente de la Universidad de Málaga, con trabajo (?) en Madrid. Peores empleos también que otro de los suyos, que no ha explicado, y que le produjo casi medio millón de euros de sus clientes políticos chavistas.  Estos de Podemos deben pensar que los españoles somos memos, y alguna señal de ello creen tener por sus resultados electorales. Acaban de celebrar unas “primarias” on line (votan los ordenadores y no los afiliados o simpatizantes) en las que la comprobación de la fiabilidad es imposible. Y sólo, según sus propias cifras, ha votado el 16% de sus etéreas bases. De ese exiguo e impreciso 16% más de un 93% ha apoyado las listas oficiales presentadas por Pablo Iglesias. Si estas consultas a la búlgara conforman la democracia que nos espera con Podemos, estamos apañados. Uno se explica que consideren a Chávez y a Maduro paladines de la democracia.

Pero España es un país diferente. La mejora de la situación económica parece que no mueve votos en la medida que debería y según creía el Gobierno. Somos un pueblo con amnesia. El populismo neocomunista y sus ocurrencias, el reto catalán y la desorientación e irresponsabilidad del PSOE de Sánchez, ensombrecen las buenas noticias sobre el empleo.

En el desmadre independentista catalán es la hora de la verdad. Pensar que siempre pasa nada es la peor opción entre las peores. El Gobierno debe mover contundentemente ficha. Y sin demora. No todo es economía.