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¿Persistirá España en el error Gibraltar?

10 agosto 2013

Mariano Rajoy ha anunciado que su Gobierno propondrá una reunión o mesa a cuatro bandas (los Gobiernos de España y Gran Bretaña, el Gobierno local de la Roca y el de la Junta de Andalucía) para tratar de arreglar el contencioso de Gibraltar cuyo último episodio de desencuentro se debe al anclaje de más de setenta grandes bloques de hormigón con hierros sobresalientes en aguas territoriales españolas (el Tratado de Utrecht sólo reconoce a la Roca como propias las aguas de su puerto) lo que dificultará gravemente y llegará a imposibilitar la pesca en aquella zona. La respuesta española fue hacer más rígidos los controles en la verja desde la más estricta legalidad. Los llanitos se quejaron, Cameron telefoneó a Rajoy que se mantuvo en su postura en defensa de los intereses españoles, y el asunto quedaba así, al menos hasta este último anuncio presidencial que a mi juicio abre algún interrogante.

La firmeza del Gobierno español ante el Gobierno británico convierte en más sorprendente la solución anunciada que de producirse parecería, de hecho, una nueva edición con variantes del Foro Trilateral (España, Gran Bretaña y Gibraltar) que se inventó, en uno de sus desatinos, el inefable ministro Miguel Ángel Moratinos durante el Gobierno de Zapatero. Aquel Foro incluyó la “visita de Estado” a la Roca de un ministro español (como dignatario extranjero en increíble viaje al que se considera territorio propio) por primera vez en tres siglos. Fue un error. Si se hiciese realidad, la propuesta que ahora se anuncia honestamente me parecería otro error.

No digo yo que haya que volver a las políticas de Fernando María Castiella, que fue llamado con sorna el ministro “del asunto exterior” porque en algún momento pareció que sólo tenía en su agenda el problema gibraltareño, pero sí que el Gobierno  actúe hasta en los detalles con coherencia histórica.

La admisión del Gobierno de la Roca como interlocutor y la misma existencia de Gibraltar como sujeto de derechos internacionales ajeno a las relaciones bilaterales Londres-Madrid no tuvieron precedentes hasta la insensata decisión de Moratinos cuando en 2004 creó aquel Foro Trilateral. En los reinados de Felipe V en sus dos etapas,  de Luis I, de Fernando VI, de Carlos III, de Carlos IV, de José I, de Fernando VII, de Isabel II, de Amadeo I, de Alfonso XII, de Alfonso XIII; en las regencias de Espartero y de Serrano; en la Primera República, con las presidencias del Poder Ejecutivo en manos de Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar; en la Segunda República, con las presidencias de Alcalá-Zamora y Azaña; en la dictadura de Franco; y en el reinado de Juan Carlos I hasta la ocurrencia de Zapatero-Moratinos, la política española sobre Gibraltar no había cambiado en sus líneas maestras. No sólo era invariable la firme petición de la soberanía de Gibraltar sino que se cuidaban los detalles. La ONU reiteradamente ha considerado la situación del Peñón como colonial y ha dado la razón a España. Es insólito que un Estado de la Unión Europea mantenga una colonia en otro Estado de la Unión Europea. Pero España durante años no ha sabido utilizar inteligentemente el respaldo de la ONU en el contexto de una realidad anacrónica.

El Tratado de Utrecht determinó en 1713 un reconocimiento de España a una ocupación británica de facto, pero en aquel documento sólo se recogían como ocupados la fortaleza, los fuertes y fortines y el puerto, no el istmo ni las aguas circundantes, y ya entonces quedaba explícito que España consideraba Gibraltar un territorio español ocupado por tropas extranjeras  en nombre de un pretendiente al trono de España, el Archiduque Carlos de Austria, y que era mantenido por la fuerza. Tras la toma de Gibraltar, en  lugar de izar la bandera del pretendiente Archiduque Carlos, el almirante Rooke, jefe de la flota angloholandesa asaltante, ordenó izar la británica.  Un robo. Se dio el caso de que la infantería que actuó como vanguardia en el asalto estaba integrada por un batallón de soldados catalanes partidarios del Archiduque pero que no luchaban para que la Roca fuese británica sino por su rey. Por el Tratado de Utrecht, España cedía a perpetuidad el Peñón a Gran Bretaña sin jurisdicción alguna, estableciéndose una cláusula por la cual si el territorio dejaba de ser británico, España podría recuperarlo. Para nada se tenía en cuenta a la población de Gibraltar, cuyo origen era vario, de aluvión, sobre todo malteses y genoveses, ya que sus habitantes  españoles habían abandonado la ciudad tras la ocupación de 1704 llevándose sus enseñas, sus archivos y el resto de la documentación municipal. Fue cuando se creó la “Ciudad de Gibraltar en San Roque”.

Luego, con indignidad tramposa, el Gobierno de Londres fue ampliando su presencia en el istmo. En 1815, una epidemia de fiebre amarilla afectó a Gibraltar. España accedió a una petición del Gobierno británico para construir barracones en la zona neutral que, sin embargo, no fueron demolidos cuando pasó la epidemia. Otra epidemia de 1854, y otra muestra de la buena voluntad española, permitieron que Gran Bretaña se apoderase no sólo de una nueva parte del territorio del istmo, sino que, además, construyese una valla sobre éste. En 1908, los británicos levantaron otra valla aún más lejos del Peñón. Es la verja actual.

En 1938, aprovechando la guerra civil española, Gran Bretaña construyó en el istmo un aeropuerto militar que luego tuvo uso preferentemente civil. Su pista se adentra en aguas territoriales no cedidas por España en Utrecht. El 30 de junio de 1940, la artillería española derribó un avión británico que iba a aterrizar en la terminal de la Roca, por violación de su espacio aéreo. Las circunstancias de entonces llevaron a que Gran Bretaña no reaccionase.

Si España no autorizase o sometiese a restricciones la utilización de su espacio aéreo la normalidad del Peñón se resentiría. Igual que si no cediese líneas telefónicas a la Roca y, sobre todo, si cerrase la verja, situación que ya se dio entre junio de 1969 y diciembre de 1982. Es obvio que esta última opción, indeseable, perjudicaría a miles de españoles del Campo de Gibraltar que trabajan en el Peñón, pero perjudicaría mucho más a los llanitos que recuerdan con horror el largo periodo de cierre de la verja que supuso una grave crisis económica para la colonia y que obligó a Londres a arbitrar importantes ayudas presupuestarias para el mantenimiento de Gibraltar que, además, sufrió un éxodo. Por ese cruce de intereses debe abrirse camino el diálogo para que no se produzcan conflictos. Pero precisamente entre Londres (titular de la colonia) y Madrid (en cuyo territorio se asienta). España ha caído en demasiadas trampas en trescientos años.

La Alcaldesa socialista de La Línea de la Concepción (65.000 habitantes), María Gemma Araujo, ha dicho que el patriotismo cuesta caro. Pero el patriotismo tiene valor pero no tiene precio. No he leído ninguna declaración parecida de responsables británicos ni gibraltareños. El Alcalde de Algeciras (117.000 habitantes), José Ignacio Landaluce, del PP, que es también diputado y  vicepresidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, no ha sido explícito sobre el asunto en este momento, pero recientemente advirtió a las autoridades de la colonia que deben tener muy claro que “los siete años de permisividad vividos durante los anteriores gobiernos socialistas no se van a repetir” porque se han consumado medidas que “han beneficiado únicamente a los gibraltareños y perjudican seriamente a España”.

Es obvio que los Gobiernos tienen la responsabilidad de actuar en defensa de los intereses nacionales en caso de que éstos choquen con los intereses locales. Gibraltar, más allá de la política y de la Historia, es un caso claro de paraíso fiscal. Tiene 30.000 habitantes y 55.000 empresas dadas de alta en un territorio de seis kilómetros cuadrados; no es pensar mal deducir que en su mayoría se dedican al blanqueo de dinero; sus sedes son comúnmente apartados de correos. Es el territorio europeo con más apartados de correos en uso en relación con su extensión.

En el siglo XX y principios del XXI hubo tres propuestas formales de Madrid a Londres para la devolución de Gibraltar en 1966, en 1997 y en 2002; la de 1997 incluía un periodo de cien años de soberanía compartida de España y Gran Bretaña. La propuesta de 2002, que contemplaba también una transición de cosoberanía, fue la más próxima a hacerse realidad porque llegó a ser acordada provisionalmente por ambos Gobiernos, pero zozobró por la oposición numantina de los llanitos que viéndole las orejas al lobo se atrevieron a convocar un referéndum de soberanía ignorando la doctrina de la ONU. Tony Blair se echó para atrás. Los que parecen tener claro de quién es Gibraltar son los lectores del diario londinense “The Telegraph” que en una encuesta de su web han contestado abrumadoramente “español” a la pregunta “¿Es Gibraltar británico o español?”. Cuando escribo estas líneas 401.798, el 91,66% de los participantes, se han manifestado a favor de que la soberanía de Gibraltar pertenece a España,  mientras 36.580, el 8,34%, se mostraron partidarios de la opción británica.

El anuncio de Rajoy me ha sorprendido. No dudo que tendrá explicación pero no se me alcanza. Madrid y Londres deben hablar, desde luego. ¿Por qué reconocer al Gobierno local de Gibraltar como interlocutor? Se quiere compensar con la presencia de la Junta de Andalucía, pero la política exterior es competencia del Gobierno no de las Comunidades Autónomas, y si hay que defender, como así es, los intereses de los pescadores españoles, para eso está el Gobierno de la Nación desde sus ineludibles responsabilidades. Si se confirmase sería un nuevo error, distinto del que protagonizó Moratinos pero en la línea de su Foro Trilateral que no condujo a nada bueno para los españoles y sí a ventajas para los gibraltareños. García-Margallo, que es un gran ministro, uno de los pesos pesados del Gobierno, anunció que “se ha acabado el recreo en Gibraltar”. Eran palabras esperanzadoras que hacía falta escuchar. La aceptación como interlocutor del Gobierno local de la Roca, aunque fuese en un Foro a cuatro, sería como echar agua al vino de aquel anuncio. Y para echar agua al vino en esta cuestión están ya Mas y los suyos y los de Amaiur que se han apresurado a solidarizarse con el premier gibraltareño, Fabián Picardo, que me desternilla de risa cuando dice con gracejo “nozotro zomo ingleze” en el delicioso andaluz en el que mi madre proclamaba su orgullo de ser cordobesa.

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Goebbels o el bulo de las medidas de Hollande

29 julio 2012

El doctor en Literatura por la Universidad de Heidelberg Paul Joseph Goebbels, autor de una tesis doctoral sobre el dramaturgo romántico alemán Wilhelm von Schütz, cuando encaminó su interés y empleó su tiempo  en lugar de al estudio literario a la acción política y a la manipulación  de masas como ministro de Propaganda de Hitler, parió una frase que ha pasado a la Historia y que ha tenido infinidad de seguidores: “Una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en una verdad”.

Con las tropas soviéticas a las puertas de un Berlín doliente y arrasado, Goebbels seguía repitiendo mentiras agradables en inflamados discursos radiofónicos: que varias divisiones acorazadas se movían hacia la ciudad, que nuevas armas secretas cambiarían el curso de la guerra, que era inminente una ruptura entre  los gobiernos aliados…  Las divisiones acorazadas no existían, las nuevas armas secretas no llegaban a tiempo, y los aliados estaban unidos férreamente en el común objetivo de acabar con el demente régimen nazi. Era ya tarde y, contra su creencia, repetir una mentira no la convertía en verdad. Unos días después Goebbels se pegó un tiro en la sien tras asistir al suicidio de  su mujer y al envenenamiento de sus seis hijos. Su trayectoria vital tenía mimbres para figurar en la “Historia universal de la infamia” delicioso libro que Borges había publicado en 1935.

Recuerdo a Goebbels y a su célebre y cínica frase a cuento de la multiplicación mediática, sobre todo en internet, de una de esas mentiras que, por repetidas profusamente, pretenden convertirse en verdad. Se trata de un bulo titulado “Esto es lo que ha hecho Hollande (no palabras, hechos) en 56 días en el cargo”. En tal texto se enumeran, para mayor honor y gloria del recién elegido Presidente de la República Francesa, una amplia serie de supuestas acciones emprendidas, incluso ya realizadas, por Hollande. Naturalmente se utiliza como una carga de profundidad contra Rajoy y su Gobierno que no habría hecho nada mientras el socialista francés habría hecho tanto en sólo 56 días. Un fenómeno.

Conocí el bulo cuando comenzó a circular en Italia y no le di importancia. Me lo tomé en serio un tiempo después, recibido entre tantos correos que uno recibe en su e-mail cada día, porque me lo hicieron llegar amigos y personas inteligentes y formadas; uno de ellos ilustre militar llegado al generalato, otro un médico de prestigio y un tercero un historiador de fuste. Pensé que si ellos se lo habían tragado muchos otros lo habrían hecho. Y aunque desde el principio las cifras que daba el bulo no me cuadraban, indagué en fuentes oficiales francesas y luego, hace pocos días, descubrí documentadas refutaciones en internet que, sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, han tenido por el momento menos repercusión que el bulo.

Si el lector  se toma la molestia de bucear en internet se sorprenderá como yo del carácter ideológicamente variopinto de las páginas que recogen y jalean  esta colección de falsedades. Cito algunas para orientación de los interesados: redescristianas.net; rajoydimision (Facebook); forocoches.com; publico.es; intereconomia.com; feper.org (Federación Estatal de Profesores de Enseñanza Religiosa); quepasaenandorra.wordpress; elplural.com; lasexta.com; ecorepublicano.blogspot.com; forodelguardiacivil.com; libertaddigital.com  y muchas más… Queda claro que Rajoy es un personaje a batir para adversarios de amplio espectro. Lo que indica que el respeto de no pocos españoles por la voluntad democrática deja mucho que desear. Cuando alguien recibe una abultada mayoría parlamentaria para intentar arreglar una grave crisis merece que se le de tiempo para hacerlo.

Cualquier lector que no se chupe el dedo descubre a primera lectura que la lista de supuestas realizaciones de Hollande es un bulo. Unas porque son promesas electoras de imposible ejecución en menos de dos meses, y la mayoría porque por el ejercicio elemental de sumar las cifras de inversiones y realizaciones, no cuadran. Por ejemplo, cada uno de esos 4.500 jardines de infancia y 3.700 escuelas primarias que, según el bulo, se construyen destinando a tal fin los dineros procedentes de la supresión de ayudas  a la educación privada y a la Iglesia,  le hubiesen costado 280,48 euros. Una milagrosa ganga. Y, desde luego, las diversas confesiones religiosas siguen recibiendo las subvenciones de la época de Sarkozy. Y el argumento principal: las medidas no aparecen en el JORF (que es nuestro BOE), ni en la web del Palacio del Elíseo, ni en los periódicos franceses.

Otra de las medidas estrellas de Hollande que anota el bulo es la supresión y subasta de todos los coches oficiales. Falso. Lo que ha hecho el nuevo Gobierno francés es ordenar que escalonadamente los vehículos oficiales sean sustituidos por coches híbridos, lo que en realidad supone un mayor coste, ya que los de todos los altos cargos y escoltas han de ser blindados, de nueva adquisición, desechando los anteriores muchos de ellos de reciente compra, y, además, la medida favorece a Citröen y enfrenta al Gobierno con Renault. El coste medio de cada coche Citröen DS5 de los cargos de primer nivel es de 40.000 euros, sin blindaje completo ni extras, por lo que la medida no supone ni mucho menos  ahorro y desde luego los 345 millones de euros que señala el bulo es una enormidad.

En efecto, Hollande ha propuesto que los altos cargos viajen en tren cuando el recorrido sea de menos de tres horas o en avión de línea regular en clase turista, aunque los ministros viajarán en primera. Para dar ejemplo el propio Hollande viajó a Bruselas en tren el pasado 24 de mayo (fuente RFI). La vuelta de Bruselas a París la hizo en coche. Para ese regreso cinco conductores trasladaron cinco vehículos oficiales a la capital belga.  Según el Palacio de Elíseo el coste del viaje de los coches, los billetes del Presidente, funcionarios y escoltas llegó a 5.972 euros, mientras el costo del vuelo  en avión oficial, al modo tradicional, hubiese sido de 5.000 euros. El estrambótico y mixto modo presidencial de viajar fue muy comentado en los medios de comunicación franceses y movió una cierta controversia; comúnmente se consideró la opción como “populista” pero no más barata. Aderezó el hecho que una televisión cazase a la comitiva presidencial viajando a 160 kilómetros por hora, muy por encima de lo permitido y de lo razonable.

En cuanto a la creación de un “bono-cultura”, recogido también en el bulo, no hay ninguna noticia de él ni en las referencias del Consejo de Ministros ni en la web del Palacio del Elíseo ni en los periódicos franceses. Según la Agencia Reuters sólo existe el estudio por el Gobierno de un plan quinquenal referente a la cultura, sin detalles ni fechas.

Es cierto que Hollande ha reducido el sueldo de los cargos públicos que ganasen más de 800.000 euros al año, que ya es ganar. Ese ahorro se emplearía en un plan de ayuda a madres solteras. La cifra de la rebaja de sueldo que ofrece el bulo es falsa. Si tenemos la curiosidad de acudir al JORF (nuestro BOE) sabremos que los ministros ganarán un 30% menos, pero sólo los ministros, y el Presidente pasará de ganar 21.300 euros al mes a ganar 14.910 euros. Es una gran noticia que el bulo enaltece, pero naturalmente se oculta que esa cifra no puede ponerse como ejemplo para España, que es la intención general del bulo, porque Rajoy cobra 78.185,04 euros al año frente a los más de 178.000 que cobrará Hollande tras la rebaja. A ver si los interesados se percatan de una vez de que, como media, los políticos españoles cobran la tercera parte, o menos, que sus homólogos europeos. Y del plan de ayuda a las madres solteras no hay un solo rastro documental en ninguna fuente oficial ni en los medios de comunicación. Puede ser un proyecto, no desde luego una realidad como ensalza el bulo.

El colofón de esa página tan seguida y repetida en internet “Esto es lo que ha hecho Hollande (no palabras, hechos) en 56 días en el cargo” es apoteósico: “Resultado: pero miren qué sorpresa. El diferencial con los bonos alemanes cayó, por arte de magia. Ha llegado a 101 (el nuestro viajando por 570). La inflación no ha aumentado. La competitividad de la productividad nacional se ha incrementado en el mes de junio por primera vez en tres años”. Todo esto también es falso.

La prima de riesgo francesa llegó a 190 puntos a finales de 2011 cuando acuciaron las noticias sobre el rescate de Italia y se habían celebrado elecciones en España, y en mayo de 2012 estaba ya en 143 puntos. Realmente la prima de riesgo francesa siempre se ha mantenido por debajo de los 100 puntos (ver Datosmacro; llegó a estar en 38 puntos), y lentamente se acerca a esas cifras, en lo que nada tienen que ver ni la victoria electoral ni el Gobierno de Hollande porque ya alcanzaba esas mismas cotas con los gobiernos de Sarkozy.

Lo que cuento no quiere decir, ni es mi intención que lo sea, que Hollande gobierne mal. Cada cual que opine según su gusto. Pero el que quiera hacerlo debe defender sus políticas desde la verdad. El camino no es esgrimir mentira tras mentira para tratar de llevar a los lectores desinformados y dispuestos a creérselo todo una realidad falsa: que Hollande en 56 días ha hecho más y mejor que Rajoy en siete meses. Pues no. El tiempo alzará su veredicto. Hollande está demostrando ser un político juicioso que, por cierto, ha apoyado en la Unión Europea las medidas de Rajoy, y que no necesita que en España ningún memo o ningún interesado, o ambas cosas a la vez, manipule su programa y sus medidas para fustigar al presidente del Gobierno español que bastante tiene con tratar de enderezar la realidad impresentable que ha recibido del tándem Zapatero-Rubalcaba: novecientos mil millones de lastre en las cuentas. Y ahora los socialistas miran para otro lado como si nunca hubieran roto un plato y hubiesen surgido en la oposición sin pasado y sin nada de que arrepentirse.

A los lectores que quieran saber más les recomiendo un blog normalmente interesante y documentado que se titula “Ciencias y cosas” y que firma Andrés Rodríguez Seijo. El post que se refiere al “caso Hollande” está fechado el pasado día 18 de julio y su título es “El bulo de los 56 días de Hollande”. La dirección: http://www.cienciasycosas.blogspot.com. Interesante también para los curiosos es el blog “Catandur”, del historiador y novelista Javier Fornell, que se ocupa del asunto en su post “El bulo de Hollande” de 24 de julio. La dirección: www.catandur.com. El primero desmonta una a una todas las falsedades del bulo, mientras que el segundo reflexiona y da también información sobre esta curiosa cuestión que se inició en Italia, en donde se utilizó contra Monti, antes de pasar a España y usarse en internet como masiva arma arrojadiza contra Rajoy. 

De entre las que recoge el bulo, la medida ciertamente más espectacular, y esta vez cierta, anunciada por Hollande y que en España proponen Cayo Lara y con menos entusiasmo Rubalcaba, es el impuesto a las grandes fortunas. En Francia está en periodo de maduración y previsiblemente será debatida en el Parlamento durante los próximos meses de septiembre u octubre. Es una medida que está resultando muy controvertida y, pese a lo que el Gobierno francés pensó, escasamente popular, sobre todo por sus posibles repercusiones en el crecimiento, en la dinamización económica y en el empleo. 

El dinero es cobarde y se teme que la medida suponga la emigración de grandes fortunas, y con ella el cierre de empresas y lo que ello tiene detrás. Por eso Hollande demanda un “patriotismo fiscal” para salir de la crisis. Lo cierto es que el diario de izquierdas “Libération” publicó que de los 25 franceses más ricos entre los millonarios de la revista Forbes, ninguno vive en Francia, mientras que un estudio publicado en el sitio “Slate.fr” advierte que entre 2.500 y 4.000 familias podrían emigrar a paraísos fiscales o a países vecinos con políticas impositivas menos exigentes. Según el sindicato SNUI si la ley se aprueba entre 10.000 y 20.000 personas deberán entregar al Estado el año próximo el 75% de sus ingresos que superen el millón de euros.

Sotheby’s International Realty France, una inmobiliaria de lujo que vende bienes superiores a cinco millones de euros, afirmó en conferencia de prensa que “un número importante de familias francesas están dejando el país” basándose en que más de cien importantes propiedades están siendo vendidas a la vez que los vendedores adquieren propiedades en Londres, Bruselas o Ginebra. El alcalde de la ciudad del Támesis, Boris Johnson, produjo un “efecto llamada” al declarar recientemente ante ciudadanos  franceses: “Estamos en un mundo globalizado, y si vuestro Presidente no quiere empleos, oportunidades y el crecimiento que ustedes generan, nosotros sí”.

Un estudio de Boston Consulting Group y del banco de negocios Merrill Lynch señala que ante el “riguroso sistema fiscal” que se anuncia Francia figura en el primer lugar de posibles “exiliados fiscales”. Según el diario conservador “Le Figaro” las nuevas medidas impositivas serán “el motor del éxodo fiscal” que “llevará a Francia a perder competitividad y recursos por esta caza a las familias más ricas”. Medios jurídicos ya han aventurado que la medida, de aprobarse en el Parlamento, podría ser vetada por el Consejo Constitucional (similar a nuestro Tribunal Constitucional).

Esto al parecer es lo que quieren para España Cayo Lara, con pasión, y Rubalcaba, con timidez.

Con todo, Hollande hace su trabajo y Rajoy el suyo. La situación de España es mucho peor que la de Francia porque la herencia recibida es casi insalvable. Que los socialistas miren para otro lado sólo significa amnesia o cinismo, o ambas cosas. Lo que no es de recibo es inundar internet con un bulo utilizándolo como argumento contra Rajoy desde la mentira. Y lo peor es que son muchos los que se lo creen. Es tiempo de ayudar no de poner palos en las ruedas de las reformas. Goebbels parece que no ha muerto o no han dejado de utilizarse sus métodos, por más que la mentira, según se dice, tenga las patitas cortas.

PD.- 1: El presidente de la Generalidad de Cataluña, Artur Mas, ha seguido la siguiente secuencia: anunció que su Comunidad habrá de ser rescatada por el Gobierno central, amenazó un día después con el pacto fiscal, al día siguiente el Parlamento autonómico aprobó la necesidad de que exista una “Hacienda catalana”, y el mismo día el Consejero de Economía, Mas-Colell, anunció que no aceptaría “condicionantes políticos” para el rescate. Pero lo que él tilda de “políticos” son condicionantes “económicos”. Ajustar el gasto pasa por suprimir partidas superfluas o duplicadas. Por ejemplo las llamadas “embajadas catalanas”; Cataluña está bien representada en el mundo por las Embajadas de España. A Mas y a Mas-Colell les sobra prepotencia, además de miradas a su propio ombligo. Un dato: Cataluña y el País Vasco son las dos únicas Comunidades Autónomas que no han manifestado su voluntad de integrar sus oficinas comerciales en la red del Estado. 2: Rajoy recibió a Toxo y Méndez en Moncloa; la conversación duró dos horas y en ella analizaron la situación económica. Los dirigentes sindicales pidieron al Presidente del Gobierno la convocatoria de un referéndum sobre las medidas de ajuste; una especie de suplantación de un Parlamento nacido de las últimas elecciones; la petición es una memez. Toxo y Méndez, el dúo que confunde la calle con la voluntad popular que se ubica también en los que no salen a la calle pero votan, anunciaron a Rajoy que no desconvocarán las movilizaciones previstas para agosto y septiembre. Los dirigentes sindicalistas venían de entrevistarse con Merkel. Daría un caramelo de menta por saber el comentario de la canciller alemana a sus próximos tras su audiencia con personajes tan principales. 3: ¿Para cuando la reforma de la reforma del Reglamento del Senado que permitió la traducción simultanea en la Alta Cámara entre quienes hablan un idioma común que es el oficial de España? Esa ridiculez cuesta 350.000 euros al año. El PP votó en su día en contra.  Quiero suponer que el partido que apoya al Gobierno será consecuente. No todo es economía.

El timo de la “Diada” y otras historias delirantes

11 septiembre 2011

Escribo este “post” cuando acaba el 11 de Septiembre, el llamado Día Nacional de Cataluña o “Diada de Catalunya”, como prefieran. La jornada ha transcurrido dentro del clima de siempre: vejaciones a la bandera nacional (la bandera de todos, histórica y constitucional, que debería ser asumida como propia por todos los españoles), agravios al Rey, provocaciones a quienes no coinciden con quienes organizan los desórdenes. Y este año con una novedad: en Badalona, en donde los partidos nacionalistas y de izquierda, incluido el Partido Socialista de Cataluña-PSOE, se negaban a que figurase en el acto la bandera española, no se ha celebrado oficialmente la “Diada”. Su alcalde, el popular Xavier García Albiol, ha defendido la Ley con buen criterio.

En las celebraciones de esta Jornada se han prodigado banderas catalanas con el triángulo de la estrella, o sea la “estrellada”, que es una bandera inventada que representa al independentismo catalán. Se da así una curiosa circunstancia: a quienes recuerdan un hecho, según ellos histórico y del cual dicen proceder, no les sirve la vieja bandera del Condado de Barcelona, la que atesora tradición, con los colores del viejo Reino de Aragón, y se inventan una nueva. Hasta ahí llega el disparate histórico de la celebración.

He recordado alguna vez que el anterior Gobierno tripartito dedicó varios años 150.000 euros de los Presupuestos públicos a rememorar episodios de la Guerra de Sucesión de hace tres siglos. Sobre este afán memorialista, Carod Rovira, entonces vicepresidente de la Generalidad, declaró: “Se trata de preparar la conmemoración del fin de la Guerra en 2014, y he elegido esta fecha porque hace trescientos años que Cataluña perdió el Estado, y ese sería buen momento para que Cataluña decida si lo quiere recuperar”.

La afirmación de Carod Rovira es históricamente una patraña, pero en este político, por fortuna desaparecido de la escena, las patrañas o enmascaramientos comienzan por su propia historia personal.   

Josep Lluis Carod Rovira nació como José Luis Pérez Díez, hijo del cabo de Carabineros José Luis Pérez Almecija que más tarde ingresó en la Guardia Civil cuando desapareció el Cuerpo de Carabineros en 1940. Al final de la guerra civil Pérez Almecija se movió para conseguir media docena de avales políticos que testificaban su adhesión al levantamiento franquista. El joven Carod Rovira vivió su infancia en el ambiente de las casas-cuarteles de la Benemérita y de muchacho ingresó en el seminario de Tarragona. Su hermano Apel.les Carod Rovira, antes Juan de Dios Pérez Díez, fue nombrado por su hermano “embajador” de Cataluña en París. Todo quedaba en casa.

Y de las patrañas de la historia personal a las patrañas de la Historia con mayúscula. Cataluña nunca “perdió el Estado” de modo que no puede “recuperarlo” porque nunca lo tuvo. Ni hubo guerra alguna entre España y Cataluña, ni en 1701 ni nunca. Ni en el Tratado de Utrecht ni en el posterior de Rastatt se recoge que los territorios del Reino de Aragón, y entre ellos los catalanes, hayan de tener otra legislación que la común.

A la muerte de Carlos II la Guerra de Sucesión enfrentó en España y en otros escenarios europeos a los partidarios de dos pretendientes a la Corona: Felipe de Anjou, al que había elegido como sucesor el Rey según las normas tradicionales en España, y el archiduque austriaco Carlos de Habsburgo que entendía tener derecho a la Corona de España. A Felipe le apoyaba la Francia de su abuelo el Rey Luis XIV y a Carlos su padre el Emperador Romano Germánico Leopoldo I y una coalición de austriacos, ingleses y holandeses, ampliada más tarde a portugueses y saboyanos.

En este contexto los ingleses, muy cucos y muy sobrados, ocuparon la plaza de Gibraltar en nombre del archiduque Carlos, y se la quedaron. Contra toda lógica mantienen la Roca en una Unión Europea en la que España y Gran Bretaña son miembros y aliados. La España de Zapatero, por primera vez en trescientos años, admitió al llamado gobierno de Gibraltar como interlocutor, junto a Gran Bretaña y a la propia España. No lo habían hecho antes ni la Monarquía, ni las dos Repúblicas, ni la dictadura. Fue una aportación del dúo Zapatero-Moratinos a nuestra Historia. Supongo que alguien alguna vez enmendará este desatino.

La guerra, iniciada en 1701, se prolongó hasta 1713 y la ganó Felipe de Anjou que reinaba desde el principio de las hostilidades con el nombre de Felipe V. En 1711 murió el Emperador José I de Habsburgo y fue llamado al trono imperial su hermano el archiduque Carlos, por lo que abandonó sus pretensiones sobre España. En 1713 se firmó el Tratado de Utrecht en el que Barcelona, como integrada en el Reino de Aragón, era parte de la Monarquía de Felipe V. Desde entonces, firmada la paz, no había motivo ni derecho alguno que amparase el empecinamiento bélico de Barcelona. El último episodio de esa contienda, artificialmente prolongada, fue la toma de la ciudad, tradicionalmente llamada “ciudad condal”, el 11 de septiembre de 1714.

Me siento ligado por lazos de familia a aquel hecho de armas. El capitán Mateo Van Halen,  intervino en el sitio y toma de Barcelona; siendo una familia de antiguo ligada al Imperio, los Van Halen flamencos  optaron por la causa de Felipe V. Vaya usted a saber el motivo, pero por lo que se vio acertaron. El expediente personal del capitán, que fue herido en aquel hecho y que llegó a coronel, se  conserva en el Archivo General de Simancas, Sección Secretaría de Guerra, leg.2465, C II, fol. 2.

Otra patraña es el papel que jugó aquel 11  de septiembre de 1714 el “conseller en cap” Rafael Casanova en cuyo monumento se hace cada año en la “Diada”, y se ha hecho otra vez hace unas horas, una ofrenda floral. Casanova se ha convertido en el icono del independentismo catalán pero, como casi todo en esta Historia independentista, es una falsedad.

Poco antes de que Barcelona claudicara ante las tropas de Felipe V, el “conseller en cap” distribuyó un Bando en el que se decía textualmente que “atendiendo la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España” confiaba en que los barceloneses “como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey (se refería al pretendiente archiduque Carlos, que entonces hacia años que había renunciado a su pretensión), por su honor, por la Patria y por la libertad de España”.

Casanova fue perdonado por Felipe V y murió a los 83 años de edad en su ciudad natal, Sant Boi de Llobregat. Se mantuvo el resto de su vida como un digno y noble patriota español, que es lo que había sido siempre. El afán de los nacionalistas por reescribir la Historia supone un timo histórico ya que transforma a quien fue un patriota español en la personificación del independentismo catalán, y nada menos que dentro de una supuesta guerra entre “Estados soberanos” que nunca existió. Los nacionalistas tratan de convertir una contienda entre dos pretendientes a la Corona de España en una guerra entre España y Cataluña. Una desmesura, o algo peor.

No existió nunca el Reino de Cataluña ni una Corona Catalana-Aragonesa. Cataluña era una especie de confederación de Condados a cuyo frente estaba el Conde de Barcelona. La unión de Cataluña y Aragón se produce porque la hija de Ramiro II, Rey de Aragón, Petronila, contrae matrimonio en 1150 con Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona, no Rey de Cataluña. La Reina es Petronila no su marido, que pasa a ser consorte de la Reina. En esta línea, Alfonso II es, en 1164, Rey de la Corona de Aragón, y así hasta Fernando el Católico, casado con Isabel I de Castilla, los Reyes Católicos, que acometen la unidad nacional.

Otra cosa es la existencia de una rama Aragón-Barcelona en aquella Casa Real. Según las costumbres y normas de la época el marido de la Reina Petronila, Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona, queda adscrito a la familia de la esposa y queda sometido al Señor Mayor de la Casa que pasa así a ser también el Señor del marido y de lo que tiene o aporta. El ilustre profesor y académico Manuel Fuertes de Gilbert, con cuya amistad me honro, lo ha resumido con claridad: “Ramón Berenguer pasó a ser un miembro más de la Casa de Aragón y de su linaje con extinción del propio; con ello se inicia en su hijo y sucesor, Alfonso, la Casa de Aragón-Barcelona”. Nada de Reino de Cataluña, ni de Corona Catalana-Aragonesa, ni de Estado Catalán. Esos inventos son para uso interesado de nacionalistas ingenuos o incultos. O ambas cosas.  Pero la Historia no es un traje a medida.

No son nuevas estas alteraciones de la realidad histórica por los nacionalismos. Algo similar ocurre en el caso del País Vasco, que nunca tuvo identidad política como tal, ya que se trataba de Vizcaya y de Guipúzcoa, ni mucho menos fue independiente, y siempre permaneció fiel a la Corona de Castilla y luego de España. Decir como se ha dicho, y por gente cuyo rigor debería darse por supuesto, que el Rey Sancho de Navarra era el Rey del País Vasco, cuando esa entidad territorial-política no existía, es un delirio. Sólo cuando Sabino Arana se inventó la patraña histórica, de cuyo hecho se arrepintió por escrito al final de su vida, episodio que sus partidarios desde entonces olvidan, se abrió una espita delirante que aún tiene dolorosas secuelas.

En el caso catalán hay otras curiosidades. Por ejemplo, en Cataluña la Guerra de la Independencia de 1808 a 1814 se denomina “Guerra contra el francés”, dejando de lado el protagonismo de tantos guerrilleros y militares catalanes en aquella lucha por la independencia de España. Todo por esa desmesura de considerar que Cataluña no puede aparecer como partícipe en una empresa nacional como fue aquella Guerra.

Es curioso que los historiadores no se hayan puesto de acuerdo en la denominación de nuestra Guerra de la Independencia. La historiografía británica y la norteamericana emplean comúnmente el término de  “Guerra Peninsular”, que es como ya la conocían sus contemporáneos en Gran Bretaña. En Francia se le llama “Guerra de España”, lo que supone un reconocimiento de su importancia, ya que se habla de la “campaña de Rusia” o de la “campaña de Egipto” sin otorgarles la consideración de guerras. En la bibliografía en lengua española, a uno y otro lado del Océano, en la década inmediata a su finalización, aparece como “Guerra contra Napoleón” o “Guerra contra Bonaparte”, y ya más que mediado el siglo XIX, como Guerra de la Independencia. Antes ya de la conmemoración del primer centenario, en 1908, se popularizó definitivamente, y así lo acoge la historiografía española, el nombre de Guerra de la Independencia con el que hoy la conocemos.

Pero lo sorprendente es que no haya unanimidad dentro de la propia España sobre esta denominación. En la mayoría de las obras debidas a historiadores catalanes, y en el plan de estudios de los muchachos en Cataluña, por motivos políticos evidentes, se le denomina “Guerra contra el francés”. Que la historiografía catalana y los planes de estudio en Cataluña se pongan de perfil y no se avengan a llamar a la Guerra de la Independencia lo que es, o sea Guerra de la Independencia, es lamentable, y más aún si tenemos en cuenta que el movimiento guerrillero, columna vertebral de la lucha por la independencia nacional, contó con muy significados catalanes, como Barceló, Baget, Clarós, Eroles, Manso, Milans del Bosch, Rovira y Llobera, entre tantos. La mayoría pasaron de improvisados guerrilleros, muchos de ellos rústicos, a ostentar  la faja de generales.

Llamar en Cataluña a la Guerra de la Independencia “Guerra contra el francés” refleja un afán de apostar por la diferencia que repercute en la formación de las futuras generaciones. Claro que después del delictivo empecinamiento en no cumplir las sentencias de los Tribunales sobre bilingüismo por parte de quienes están obligados, como autoridades del Estado, a cumplirlas, uno no se sorprende de casi nada.

La denominación de “Guerra contra el francés” no resulta justa ni históricamente cierta por esa generalización sobre los franceses. Hubo no pocos militares franceses de nacimiento u origen que, enemigos de la Revolución y de Napoleón, que era su consecuencia, lucharon en España contra los imperiales. Bastantes de ellos alcanzaron el generalato:  Bassecourt, Saint-Marcq, Bessières, Balanzat, el conde de Espagne, Coupigny, vencedor en Bailén con Castaños, o De Fournas, que se distinguió en el sitio de Gerona, y  muchos personajes más.

Pero los acontecimientos que se vivieron en España entre 1808 y 1814 conformaron mucho más que una guerra por la independencia nacional, amenazada por el Emperador Napoleón, que era entonces el amo del mundo y repartía coronas a su antojo. Fue, al tiempo que una guerra convencional, una Revolución. Tempranamente, en 1835, el Conde de Toreno comenzó la publicación de los cinco gruesos volúmenes de su magna obra “Historia del Levantamiento, Guerra y Revolución de España”. Y acertó en el título. Levantamiento de un pueblo, Guerra en defensa de su identidad, y Revolución por la conquista de su soberanía.

La vieja nación española accedió entre 1808 y 1814, con  no poco sacrificio, a ser depositaria de su destino al residenciarse en el pueblo la soberanía nacional, gracias a la Constitución de Cádiz de 1812. Una de las primeras decisiones de la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino, reunida ya en el otoño de 1808, primero en Aranjuez, luego en Sevilla y más tarde en Cádiz, fue la de convocar Cortes para dotar a España de una Constitución. La historia del constitucionalismo español no ha sido nada fácil. Absolutismos y dictaduras han quebrado durante largos periodos la normalidad constitucional, que se recuperó al aprobar los españoles la Constituciónde  1978, que algunos se pasan por la entrepierna. Y no pasa nada. Siempre pasa nada.  

En aquella empresa nacional no estuvo ajena, ni mucho menos, Cataluña. La soberanía que se alcanzó afectó también a los catalanes, que pasaron de súbditos a ciudadanos, como todos los españoles.

Pero esas “curiosidades” históricas afectan a otras épocas. Se escamotea el protagonismo catalán en muchos episodios históricos nacionales a través de los siglos. Por ejemplo, por acudir al siglo XIX, parte de la historiografía en Cataluña pasa de puntillas por la heroica participación de los voluntarios catalanes, al mando del general Juan Prim y Prats, nacido en Reus, en la primera Guerra de África, con acciones tan relevantes como las batallas de Tetuán, Castillejos y Wad Ras.

Otra vez las “patrañas histéricas” desbordan la llamada “memoria histórica”. Se confunde lo que se desea que hubiese ocurrido con lo que realmente ocurrió. Luis Cernuda tituló una de sus grandes obras poéticas “La realidad y el deseo”. Pues eso.

PD/ Hoy me he dejado llevar en el “post” por el tirón del historiador de vocación y ejercicio. El panorama nacional me produce cierto desencanto en estas largas vísperas electorales. Asistir a la lucha entre el doctor Jekyll y mister Hyde, o sea entre el Rubalcaba candidato y el Rubalcaba ministro de González y ministro y vicepresidente de Zapatero, es ya aburrido. Esa lucha supone un ejercicio de desmemoria que a cualquiera le abrumaría menos al protagonista, que parece sentirse cómodo en  sus permanentes rectificaciones a sí mismo.  Lo último (por el momento): en 2007 mister Hyde-Rubalcaba justificó suprimir el impuesto de Patrimonio porque “penaliza el ahorro”, “es absurdo y no afecta a las fortunas más importantes” y “su supresión garantiza la igualdad de los españoles”. Ahora el doctor Jekyll-Rubalcaba apremia al pobre Zapatero, con los argumentos contrarios, para que recupere ese impuesto. “¡Y a chufla lo toma la gente / y a mí me da pena…!” escribió José Carlos de Luna sobre “El Piyayo”. Qué chufla y qué pena, Alfredo P.

Rubalcaba o durmiendo con su enemigo

25 julio 2011

No sé si recuerdan la película con el título de este post, dirigida por Joseph Ruben en 1991 y protagonizada por Julia Roberts y Patrick Bergin. Laura y Martin se separan tras unos años de convivencia, y ella finge su muerte y cambia de identidad para empezar una nueva vida. Pero la huida es inútil.  La película no era buena, pero entretenía.

La cojitranca España que vivimos me recuerda aquella ficción fílmica. A Rubalcaba le pasa  como a Laura. Ha dormido políticamente muchos años con su enemigo, ha sido su confidente, su hombre orquesta, pero de pronto ha huido, ha fingido la muerte de su “yo” anterior, ha cambiado de identidad y de escenario para empezar una nueva vida. “Llamadme Alfredo”. Pero sin hacer ascos a un Alfredo P similar al célebre ZP. Alfredo P(residente) como Z(apatero) P(residente). Debe haberle aconsejado la misma empresa de creación de imagen. La nueva vida de Rubalcaba ha empezado mal. La verdad es que tiene difícil desligarse de su vida anterior. En el primer mitin se le ocurrió anunciar: “No voy a prometer nada que no  pueda cumplir”. Inevitablemente todos recordamos aquel cartelón de las elecciones generales de 2008 en el que un sonriente (cómo no) Zapatero prometía “Pleno empleo”. Y ya se vio. También recordamos aquello de que España estaba en la “Champions League” de la economía, que no llegaríamos nunca a los 4.000.000 millones de parados, que nos envidiaba Francia, y tantas y tantas botaratadas de nuestro optimista compulsivo que se quedaron en nada. Detrás de él estaba siempre Rubalcaba, su sombra, responsable solidario de todas las decisiones del Presidente como miembro del Consejo de Ministros; pero con el plus de su personalidad política y de su trayectoria.

Ahora el “otro” Rubalcaba quiere hacernos creer que él será distinto, que su hipotético Gobierno en 2012, o antes si se convocan elecciones generales, será arcangélico y pleno de soluciones a los problemas que el Gobierno al que Rubalcaba pertenecía en lugar preeminente creó o no supo atajar. Es una cuestión de fe: creer lo que no se ve. Ha dicho el ministro Jáuregui que él no cree que un Gobierno presidido por Rajoy vaya a solucionar la crisis. Pero es una hipótesis interesada. Qué va a decir él, pringado como los demás en la masa de la panadería zapaterista. Lo que ya sabemos por dolorosa experiencia es qué Gobierno no la va a arreglar: el de Rubalcaba, antes Zapatero. Pero no hay que preocuparse. Las posibilidades que tiene Rubalcaba de ganar las elecciones y ser Presidente de Gobierno son similares a las que tengo yo de  ganar el próximo maratón de Madrid. Ninguna. Pero yo no competiré en el maratón y él es candidato a la Presidencia del Gobierno. Aunque no para ganar las elecciones sino para tratar de  impedir que el Partido Popular con Rajoy tenga mayoría absoluta. Y luego intentar ganar en los despachos, en un oficio en el que Rubalcaba es experto, lo que no haya ganado en las urnas. Pero no le saldrá bien.

Es un caso parecido al del pobre Tomás Gómez en las elecciones autonómicas del pasado 22 de mayo. Desde antes de comenzar la campaña sabía que no ganaría pero se conformaba con ganar a Rafael Simancas. Con conseguir un diputado más que su antecesor en la candidatura autonómica, Gómez hubiese sido feliz, pero consiguió  unos cuantos diputados menos y puso el listón del PSOE más bajo que nunca. Así son las cosas. Una buena lección de humildad para “Invictus” que se quedó con la armadura y el sueño, pero sin votos.

Otra buena lección que ha recibido el PSOE la ha protagonizado Francisco Camps. Su dimisión ha descolocado a quienes tendrían motivos de más calado para dimitir que el presunto regalo de unos trajes que, por cierto, Camps niega. Si los recibió o no tendrá que decidirlo el Jurado. La acusación es de “cohecho impropio”, o sea que, si se prueba, Camps habría recibido el regalo de los célebres trajes pero sin que ello supusiese ningún trato de favor a empresa alguna por parte del Gobierno dela Generalidad Valenciana. Eso queda patente en la documentación procesal, pero se ha ocultado o ninguneado  interesadamente. La condena, si se probase la acusación, sería de una multa. Obviamente, si es inocente, Camps sería absuelto. Y yo creo que lo es, como lo creyó el anterior juez que se encargó del caso antes de que, tras dos años de presión aderezada por quienes han perdido repetidamente las elecciones en la Comunidad Valenciana, pasase a otro juez: el señor Flors.

Rubalcaba se ha atrevido a decir sobre los trajes de Camps que nos encontramos ante la mayor trama de corrupción conocida en España. Tiene muy mala memoria. La corrupción generalizada en España se produjo cuando Rubalcaba era ministro de Felipe González. Ya lo he recordado alguna vez, pero no está mal refrescar la memoria al amnésico Rubalcaba.

Comencemos por el “caso Filesa” de financiación ilegal del PSOE, y sigamos por el “caso Malesa”, el “caso Rumasa”, el “caso Galerías Preciados”, el “caso RENFE”, el “caso Expo92”, el caso de “mi henmano”, que así lo pronunciaba él, o sea el hermano de Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno, que instaló un chiringuito de corrupción en el propio Gobierno Civil de Sevilla. Por los manejos de aquel Gobierno al que perteneció el impoluto Rubalcaba, dos vicepresidentes del Gobierno dimitieron, un ministro del Interior y sus dos secretarios de Estado acabaron entre rejas, otro ministro del Interior dimitió, otro ministro del Interior fue condenado por desviación de fondos públicos, y también fueron condenados un director general de la Policía y un director general de la Guardia Civil, igual que dos Presidente de la Comunidad Foral de Navarra, y dimitieron un presidente dela Comunidadde Aragón y un presidente de la Comunidadde Murcia. También fueron condenados el Gobernador del Banco de España, la directora del Boletín Oficial del Estado, el responsable de Finanzas del PSOE, y hasta tuvo que dimitir la presidenta de la Cruz  Roja. Con estos antecedentes la desmemoria de Rubalcaba es, como casi todo en este hombre, teatral. ¿Quién puede creerle?

Mientras, Chaves y Griñán con sus ERES fraudulentos, los manejos de los hijos de Chaves, y la amenaza de las encuestas electorales en Andalucía; las previsiones cantan que el PSOE perderá su última Comunidad Autónoma cuando se celebren las elecciones andaluzas. Bono con el aumento patrimonial no investigado y presuntos cohechos impropios; Rubalcaba y Camacho, que tanto monta, con el faisán volando bajo, pese a la ultima estratagema del amigo Conde Pumpido, que actúa  a menudo como Fiscal General del Gobierno y no del Estado, que debería ser su menester. Para quitar el “caso Faisán” a la Audiencia Nacional y, con ello, al juez Ruz, y mandarlo a un juzgado de Irún, la Fiscalía General del Estado ha dado instrucciones de que sólo se consideren “colaboración con ETA” los delitos que supongan “afinidad ideológica” con la banda. Es nuevo.

Esa enormidad de la Fiscalía, según entiendo, quiere decir nada menos que si un ciudadano acoge en su casa a un etarra, presta ayuda a la banda, aporta información que lleva a cometer delitos a ETA, no será colaboración con los terroristas si ese ciudadano declara que no comparte la ideología de ETA. Qué cosas. Lo que hay que hacer para tapar algo tan asqueroso como fue el chivatazo por parte de mandos dela Policía (obviamente no por decisión propia sino recibiendo instrucciones del “mando político”) al aparato de extorsión de los etarras de que si pasaban la frontera serían detenidos. Todo por seguir los pasos pactados de una negociación que ponía, y sigue poniendo, al Estado de rodillas. En ese camino hay que anotar como penúltima parada la legalización de Bildu, la muy probable legalización de Sortu, y no sé que nos esperará más. Deseo que el juez Ruz mantenga su apuesta por la verdad, aunque lo que querría más de uno es que el “caso Faisán” se pusiese en manos del juez Flors, el de los trajes. La tramoya es muy burda. En el caso Bildu es inconcebible que el Tribunal Constitucional actuase como un tribunal de casación enmendando, al entrar impropiamente en el análisis de pruebas ya valoradas por el Tribunal Supremo, nada menos que la sentencia de la más alta instancia judicial.

Zapatero cree que puede enmendar su imagen ante los españoles, su pésima gestión como gobernante, presentando antes de su salida de Moncloa el final de ETA, que no muestra arrepentimiento, y que siempre sería un “hasta luego”. Hasta que le conviniese en su loca estrategia de independencia. Pero el Gobierno de Zapatero no ha hecho otra cosa que engordar o al menos no detener el independentismo allá donde quería sacar cabeza. Y ahora nos vemos como nos vemos. Al cabo, tendremos una farsa; habrá una ETA que pactará su disolución y otra, que ellos llamarán “residual” e “incontrolada”, que mantendrá su amenaza. El caso del poli bueno y del poli malo. Lo cierto es que también en esa estrategia del final de ETA se equivoca Zapatero. No sólo ofende a las víctimas; traiciona desde la equidistancia de víctimas-verdugos todo lo que debería defender desde su responsabilidad. Un Gobierno a la desesperada, extinto desde hace tiempo, con un presidente políticamente difunto, sin ideas, desnortado, que se aferra a unos últimos meses de agonía por permanecer en Moncloa a la espera de no se sabe qué milagro o a la espera de nada, es sólo un resistente inútil.

En este camino de agonía gubernamental Durán Lleida ha resultado ser la “muleta” necesaria demasiadas veces. Si ha habido un cómplice que ha supuesto oxigeno para Zapatero éste ha sido Durán Lleida. Pudo forzar la dimisión de Zapatero no votando aquel decretazo de las pensiones y hace bien poco ha salvado, otra vez, las últimas medidas de Zapatero. Luego, de cara a la galería, critica al Gobierno socialista, pero es un mero gesto teatral desmentido por la realidad de lo que decide en el Congreso de los Diputados. Ahora proclama que su objetivo es impedir una mayoría absoluta del Partido Popular en las próximas elecciones generales. En eso Durán Lleida coincide, una vez más, con Rubalcaba. Ni uno ni otro quieren que se les acabe el chollo. Temen que se ponga fin al mercadeo.

Rubalcaba, que es un tipo de declaraciones curiosas, ha opinado sobre el cruento atentado en Noruega que “le duele más” porque afecta “a su familia política”. Hubiese estado mejor calladito. Ese atentado afecta a todo ser humano independientemente de las ideologías propias o las del Gobierno noruego. Pero lo que probablemente quería Rubalcaba, el candidato, que tiene fama de no dar puntada sin hilo, es decirnos a los españoles que por esos mundos también hay gobiernos socialistas. Mal de muchos…ya se sabe. Pero ni en eso ha estado fino el candidato. El Partido de los Trabajadores o Partido Laborista gobierna Noruega en coalición con otros partidos de izquierda y de centro, y bajó en votos en las últimas elecciones respecto a las elecciones anteriores. Sacó sólo tres escaños a la coalición rival de centro-derecha. En Europa sólo quedan cuatro países con gobiernos socialistas: Grecia, Eslovenia, España y Chipre. Esa es la corta familia política gubernamental europea de Rubalcaba.

Por cierto, Rubalcaba nunca mencionó que el Partido Democrático Nacional, de Mubarak, en Egipto, y la Agrupación Constitucional Democrática, el partido de Ben Alí, en Túnez, eran “de su familia política” ya que estaban integrados desde su fundación, como el PSOE, en la Internacional Socialista. La acción o la omisión de Rubalcaba respecto a estos asuntillos es mera oportunidad. O acaso oportunismo.

Con un Gobierno de uno u otro color, los atentados de Noruega, considerado el país más seguro y pacífico de Europa, son una verdadera tragedia. El presunto autor, un psicópata  que responde al nombre de Anders Behring Breivik, ha sido presentado como “fundamentalista cristiano”, “de extrema derecha”, “neonazi”, y  no sé qué más… Pero al tiempo este tipo se declara admirador de Churchill, la bestia negra del nazismo, y del teniente Max Manus, legendario héroe de la resistencia noruega contra la ocupación nazi. Algunos medios de comunicación de izquierdas parecían enviarnos un mensaje para que fuese entendido, en traslación nacional, como que el asesino múltiple era poco menos que un “extremista cristiano” o algo así. Pero lo cierto es que en Noruega el 86% de la población pertenece a la Iglesia Evangélica Luterana de Noruega, apoyada por el Estado; el Rey nombra a los clérigos. Otras iglesias protestantes y la religión católica cuentan con un 4,1% de la población. Practica el islamismo un 1% de los habitantes de Noruega, prácticamente todos inmigrantes. Obviamente hay libertad de creencias religiosas y de cultos.

Este tipo, capaz de fabricar y montar una o más bombas, presentarse con uniforme policial en un campamento juvenil y matar, en total, a cerca de un centenar de personas, es un loco tenga las ideas que tenga o crea tener. Autor de un manifiesto de 1.500 páginas, más que las obras completas de Borges, en el que no deja títere con cabeza, este Breivik será recordado como un demente y, desgraciadamente, acaso eso le salve de más condena que la de pasar unos años en un psiquiátrico. En todo caso, las leyes noruegas penan con dos meses y medio de prisión cada vida segada por este monstruo ya que no pasaría en la cárcel sino veintiún años.

Y algo que cuidadosamente han ocultado ciertos medios de comunicación de izquierdas es la adscripción masónica del múltiple asesino. Era venerable maestro de la logia John Lodge. Las fotos en que aparecía con los atributos masónicos fueron convenientemente recortadas en algunos medios, de modo que no se le veía vistiendo el ritual mandil masónico y con los guantes blancos. Estudié con cierta profundidad la masonería cuando documentaba mi novela “Memoria secreta del Hermano Leviatán”, y un masón “fundamentalista cristiano” me resulta tan raro como un “fundamentalista  islámico” que bebiese whisky; bueno, no tan raro si tenemos en cuenta que los supuestos autores  directos de los cruentos atentados del fatídico 11-M en los trenes de Madrid, fallecidos en el piso de Leganés, eran bebedores empedernidos y muy poco conocidos en la mezquita.

No me explico demasiado como un solo tirador pudo asesinar a cerca de noventa personas, disparando dos veces sobre cada víctima para rematarla, aunque utilizase tres armas. Lo que me extraña no es el armamento sino la munición. Para esos asesinatos precisaría 180 proyectiles y no fallando ningún disparo. Los expertos calculan, en casos como el trágico episodio de la isla de Utoya, un número de proyectiles muy superior. ¿Dónde portaba, por ejemplo, 300 proyectiles? Y al tiempo un fusil automático, una escopeta y una pistola. Pero si los investigadores dicen que es posible y el asesino declara que actuó solo, habrá sido tal cual.

Acompaño en el sentimiento a Rubalcaba por la muerte tan horrenda de sus correligionarios del Partido de los Trabajadores de Noruega, que él dice haber sentido más, precisamente por esa coincidencia ideológica, pero me duelo por esas víctimas inocentes independientemente de su adscripción política, y me siento muy cerca del dolor de sus familiares, de sus amigos, de los noruegos, como les ocurrirá a todos los seres humanos de buena fe en el ancho mundo.

Una diferencia entre la película “Durmiendo con su enemigo” y la realidad de nuestro Rubalcaba que, tras dormir políticamente con quien ahora parece su enemigo quiere tomar una nueva identidad, hacer otras cosas y olvidar las más: el compañero de cama política está muerto. El escenario no es un dormitorio. Es una morgue. 

El fusil de Zapatero en la guerra inexistente

27 marzo 2011

“Y Johnny cogió su fusil”, la novela de Dalton Trumbo editada en 1939, fue transformada en película en 1971 con guión y dirección del mismo autor y con Donald Sutherland como reclamo. Cuenta la historia de Joe Bonham, un soldado de la primera guerra mundial; horriblemente mutilado por una bomba, Bonham malvive alejado de la realidad; es un muerto viviente.

Salvando las distancias, Zapatero ha cogido su fusil, se ha ido a la guerra como el Mambrú de las coplas (que era realmente el duque de Marlborough, John Churchill, antepasado del célebre “premier” británico), y lo ha hecho, igual que el soldado Bonham de la novela y la película, alejado de la realidad y siendo un muerto (político) viviente.  Porque, entre tiras y aflojas, resulta que a Zapatero le consideran políticamente con respiración asistida sus propios “barones” que no dejan de empujarle hacia la nada. O sea: fuera de la Moncloa.

Zapatero aconsejó a sus candidatos autonómicos y municipales que hicieran gala de las siglas del PSOE y que dieran el protagonismo “que se merece” a la marca PSOE. Recordó el presidente que “siempre hemos salido a la calle a explicar qué representa nuestro partido, qué defendemos, qué tipo de sociedad queremos y que tipo de cosas estamos dispuestos a cambiar”. No le hicieron caso. Los dirigentes socialistas deben saber todo eso, y por ello, precisamente, han desterrado las siglas y la marca PSOE de sus perfiles digitales, de las redes sociales y de sus páginas web. Explican que esas páginas son “personales”  pero lo cierto es que la mayoría de los candidatos ni siquiera utilizan en la red los colores corporativos. Qué lejos quedan los tiempos de aquel “ZP” hasta el empacho.

Mientras, José Blanco (no escribo Pepiño para que no se me enfade su palmera Elena Valenciano) exige a sus compañeros de partido “no avergonzarse, salir a ganar, dar la batalla e ir a por Rajoy” y pide “no convertir el 22-M en la primera vuelta de las generales”. La perorata no es precisamente tranquilizadora para los socialistas. Si de verdad estuvieran orgullosos o al menos satisfechos con sus políticas de estos siete años no harían otra cosa que recordárnoslas, pero no es así: las ocultan. Por algo será. Siete años de ocurrencias, de rectificaciones, de memeces disfrazadas de genialidades han llevado a este sinsentido. De un lado nos anuncian cada día soluciones, y de otro tapan lo que han hecho por la sencilla razón de que es impresentable y ya nadie les cree.

Blanco pronunció estas perlas agónicas en un mitin en Lugo, su tierra, en el que puso pinto a Núñez Feijóo, presidente de la Xunta, porque “ensucia la bandera de Galicia”. Hombre, ministro, ensuciar la bandera de Galicia parece más propio de quienes muy cerca de su excelencia se llevaron en su día sustanciosos contratos de decenas de millones de los llamados “Plan E” y “Plan E 2”. En Galicia llaman a ese grupo de empresas “a comandita de Blanquiño”, un grupo surgido a su sombra, que se dice alienta Xoan Cornide, gerente del PSOE gallego. Una de esas empresas de su entorno, favorecidas por contratos amigos,  Movexvial, había sido casualmente la promotora del polémico complejo de apartamentos conocido como “Villa PSOE”, construido a veinte metros del mar en la Isla de Arosa.

Blanco es propietario de un ático en ese edificio y son vecinos suyos Gaspar Zarrías, entonces vicepresidente de la Junta de Andalucía, Ricardo Varela, entonces consejero de Trabajo de la Xunta, y Manuel Vázquez, entonces consejero de Medio Ambiente  de la Xunta y hoy jefe de los socialistas gallegos, entre otros dirigentes del PSOE. Este Vázquez es el de la “obra menor” en su casa, sin licencia. La construcción de “Villa PSOE” es polémica porque, según las denuncias presentadas, se alzó en suelo urbano no consolidado y vulnerando la Ley de Costas nacional, que exige al menos 100 metros de distancia a la playa, y la Ley del Litoral gallega, que exige 500 metros. No entro en el fondo de la cuestión, pero cuento lo que leo.

La espina que tiene clavada Blanco contra Feijóo probablemente tenga que ver con el hecho de que él fue director de la campaña de Touriño que perdió las elecciones mientras Feijóo las ganó. Y acaso fuese el propio Blanco el que aconsejó aquella enormidad de Zapatero en un mitin: “Votar a Touriño en estas elecciones autonómicas es como votarme a mí en las generales”. Nada que decir; ya vimos lo que pasó. Los electores gallegos entendieron el mensaje.

Pero por más que se esfuercen Zapatero y Blanco inevitablemente el 22-M es percibido por los ciudadanos como un juicio en las urnas a la política global de Zapatero. Será la primera vez desde la gran mentira de las elecciones generales de 2008, en las que el candidato a la reelección negó la crisis y llamó “antipatriotas” a quienes la anunciaban, en que los españoles tendrán la oportunidad de castigar democráticamente a Zapatero por aquella mentira y, de paso, por tantas otras. Y por las improvisaciones, los despropósitos, las prohibiciones y los camelos.

Comencé con el fusil de Johnny-Zapatero y no es inoportuna una referencia al decenio sin la “mili”, el servicio militar obligatorio, aquel periodo de nuestras vidas en que los jóvenes marcábamos el paso fusil al hombro. La supresión de la “mili” fue decisión de un Gobierno de Aznar siendo ministro de Defensa Federico Trillo, jurídico de la Armada en su juventud. La ministra Chacón pecó de mala educación, al tiempo que de sectarismo, al no invitar, ni siquiera mencionar, a quienes habían decidido profesionalizar las Fuerzas Armadas. Tampoco invitó la ministra a los  diputados y senadores de las Comisiones de Defensa de ambas Cámaras. Lo sé bien porque formo parte de la Comisión de Defensa del Senado. Podemos hablar de desprecio al Parlamento en quienes, dentro de él,  nos ocupamos de los temas de la Defensa.

Además, y me parece significativo por taimado, el mensaje que pareció querer dar  la ministra; inoportuno, y muy de ella. (Ya saben: “Todos somos Rubianes”). Una cosa es que la “mili” haya quedado obsoleta en la actual realidad militar supranacional y tecnológica y otra que parezca que la defensa nacional es exclusivamente responsabilidad de los militares. Se trata de un olvido flagrante de la Constitución que en su artículo 30.1 establece: “Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España”. Ese derecho, sin desarrollo legislativo desde la supresión del servicio militar, está vedado a los españoles que quisieran ejercerlo y  no de manera profesional sino voluntaria.

Zapatero no hizo la “mili” porque fue excedente de cupo, y varios de sus ministros, por motivos varios, tampoco. Rubalcaba, Chaves y Gabilondo sí “cumplieron  con la Patria”, como entonces se decía; fueron oficiales de complemento; los dos primeros son hijos de militares. Tres presidentes del Gobierno: Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González, también fueron oficiales de complemento. Aznar se libró de la “mili” porque tenía ya descendencia. Rajoy cumplió su servicio militar como soldado en Valencia… Le dedicaron a servicios de limpieza en cuanto supieron que era registrador de la propiedad como ha contado, con humor gallego, alguna vez. Carme Chacón, ante la que los generales se cuadran, recibe novedades y pasa revista a las formaciones, obviamente no hizo la “mili”, pero debería haber conmemorado el décimo aniversario de su supresión no sólo resaltando  las bondades de que no exista sino, a la par, recordando que el servicio militar obligatorio tiene su raíz en la Constitución de 1812 y durante más de dos siglos promovió beneficios evidentes como la integración social y la alfabetización. Hay enjundiosos estudios sobre el tema.

Me malicio que a la ministra se le vio el plumero, con perdón. Ignoró que la “mili” fue suprimida por un Gobierno de Aznar y no invitó a  Federico Trillo, que es en cuyo mandato ministerial se realizó, porque lo que le hubiese gustado a la ministra Chacón es que la decisión la hubiese tomado un Gobierno socialista, el Gobierno de González. Pero resulta que el PSOE se opuso siempre a la profesionalización de las Fuerzas Armadas, que sí figuraba en el Programa Electoral del Partido Popular en 1996. Demasiadas veces los socialistas amagan y no dan. Y a menudo cuando dan, nos da la risa.

En el mitin de Lugo al que me he referido, Blanco pronosticó que “aunque él quiere ir al cielo los ciudadanos mandarán a Rajoy al infierno”. Días antes Zapatero en el Congreso había salido con un “que venga Dios y lo vea” para rebatir los datos económicos que dio el jefe de la oposición. Y aún días antes dijo: “Le pido a Rajoy que hable con Dios y nos diga cómo ha de ser el plan de ahorro energético”. Todas estas invocaciones religiosas por parte de quienes se han declarado lejos del Credo me sorprenden. Más valdría que se ocupasen de preservar la libertad de creencias que recoge la Constitución, ley de leyes que por cierto sólo menciona expresamente a la religión católica.

En este país de las maravillas se hace mofa y se ofende a los católicos, incluso en sus lugares de culto, y no pasa nada. Cosa distinta es que estos valentones no se atreven a llevar su extraño rencor, probablemente inducido, a una mezquita, pongo por caso. Se cagan de miedo. Y ahí está ese mamarracho de Willy Toledo que a falta de lucir sobre los escenarios se ha convertido en complemento salsero de cualquier movida, ya sea contra los presos cubanos o a favor del  “top-less” en las capillas. Fue de los del “no a la guerra” y ahora sigue en lo mismo; al menos no ha cambiado como otros. Hay muchos pájaros del pesebre que no dicen ni pío.

Y vuelvo donde empecé: con el fusil de Zapatero. Esta es una guerra extraña, pero una guerra al fin, aunque la ministra de Asuntos Exteriores haya tenido que repasarse el diccionario de sinónimos aproximados o lejanos y así no emplear la fatídica palabra “guerra” para definir lo que hacemos en Libia. Ahora resulta que todos los tipos y tipejos que eran los grandes amigos de Occidente y que se han paseado por las capitales europeas como Pedro por su casa son unos dictadores. Libia formaba parte de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y ahora se han movilizado las fuerzas aéreas y navales de sus viejos amigos para defender los derechos humanos en aquel país. ¿A favor de quién? ¿Para qué? Porque nadie sabe a ciencia cierta quiénes son y qué futuro quieren para su país los “rebeldes” y qué respaldo real tienen en el pueblo libio.

El Consejo Nacional Libio, reconocido primero por Francia y ya por la Unión Europea como Gobierno legítimo de la nueva Libia, tiene a su frente al exministro de Justicia de Gadafi, Mustafá Abdel Jalil, hasta que empezó la rebelión callejera un fiel colaborador del coronel. El jefe de gobierno es Mahomoud Jabril, presidente de la Junta de Desarrollo Económico con Gadafi. Forman parte de ese Consejo en posiciones destacadas el general Abdel Fatah Yunis, ministro de la impopular cartera de Interior hasta la rebelión, compañero de Gadafi en el golpe de estado de 1969 que derribó al Rey Idris, y Alí al Issawi, exministro de Economía y embajador en la India, cargo que abandonó al sonar los primeros gritos rebeldes. Todos cambiaron de chaqueta a tiempo. ¿Serán aceptados por un pueblo que exige cambios y no sólo cosméticos?

España está en una guerra en la que nuestros F-18 cumplen misiones de combate cada día. Como en los bombardeos de 1999 en Yugoslavia, en tiempos de Felipe González. Aviones F-18 españoles fueron los primeros en bombardear Belgrado el 24 de marzo de 1999. Nada que ver con la presencia española en Irak; llegamos ya cuando la ONU había considerado la guerra terminada y en su Resolución 1511 pedía al concierto de las naciones fuerzas suficientes para la reconstrucción, seguridad y estabilidad de Irak. Más de medio centenar de países respondieron, entre ellos España.

En Libia, que por cierto es oficialmente una República Socialista, podemos encontrarnos a la vuelta de la esquina con la necesidad de operaciones terrestres si la situación sobre el terreno se enquista. La exclusión aérea decidida por la ONU ha incluido ataques a objetivos en tierra como columnas de blindados y emplazamientos artilleros pero siguen operativas baterías antiaéreas y, pese a que parecía que la fuerza aérea de Gadafi estaba desmantelada, los “Mirages 2000” franceses derribaron un cazabombardero libio. Hasta el rabo todo es toro. Hay que cruzar los dedos para que la guerra sin nombre de Zapatero salga bien, en beneficio de todos.

Mientras, nuestro pacifista sonriente actúa como si su fusil fuese una escopeta de feria, y nuestros aviones de combate y buques de la Armada fuesen pajaritas o barquitos de papel. Pero no es un juego de guerra sino una guerra real, la llamen como quieran o no la llamen de ninguna manera Zapatero, Trinidad Jiménez y Carme Chacón, la generalísima que no hizo la “mili”.

 PD.- Vicepresidente Rubalcaba, al que TVE llama ya “Presidente”, qué lapsus: No pocos piensan que sin ti no hubiese sido nada lo del Bar Faisán y recuerdan lo del GAL en tiempos de González. Y esa no es una canción de Amaral. Sin ti quien no es nada, o menos que nada, es el propio Zapatero. Eres la última carta. Marcada. Y sigues sin responder en el Congreso de los Diputados; haz gracietas miércoles tras miércoles aunque ello sea una burla al Parlamento y al pueblo que representa. Serás jaleado por los palmeros en los mítines del PSOE. Acaso eso te compensa.