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El hervor de Sánchez, Rivera e Iglesias y el general que sufrió tanto

9 noviembre 2015

Uno ha vivido lo suficiente, ay, para no creer en los Reyes Magos de Oriente que no sean los que manejan petrodólares de verdad. Jugar, como si fuese en serio, a un Monopoly político o económico no es otra cosa que un pasatiempo y no engaña a nadie. Cuando un camarero que probaba un nuevo tipo de sacacorchos vertió parte del contenido de una botella de champán francés sobre el impecable terno de Eugenio D’Ors, el filósofo pronunció aquella frase que se hizo famosa: “Los experimentos con gaseosa, joven”. Eso podría decirse ahora a Sánchez, Rivera e Iglesias cuando van desvelando sus propuestas para el 20-D. Son los máximos dirigentes del figurín; expertos en la teoría de la pasarela.

El primero está en la cúspide de un partido con solera y, por eso mismo, con tantas sombras como luces, aunque los socialistas sólo reconozcan sus luces; la vaciedad de Sánchez resulta más grave precisamente  por la historia que el PSOE tiene detrás. El segundo es un fenómeno de la comunicación, de la imagen. Rivera es como un huevo de Pascua: hermoso por fuera y vacío por dentro. El tercero, además de haber encontrado la fórmula para sentirse feliz con sólo la participación de un 13% de sus afiliados en su elección como candidato a la Presidencia del Gobierno, podría estar en el Libro Guinness de la pedantería y de la autosuficiencia, aunque a Iglesias en estas cualidades se le acerca bastante el anterior.

En estas vísperas electorales hay una cosa segura: que la cacareada teoría de las primarias con las que Sánchez, Rivera e Iglesias cansaban al personal no se cumplió. ¿A alguien le ha sorprendido que los consabidos dedazos hayan impuesto ya a candidatos que con más o menos ruido no han hecho felices a sus cuadros ni a las base de sus partidos? Creo en las primarias, y he sido y soy partidario de ellas, pero cada partido se debe a lo que marcan sus Estatutos. Proclamar la virtud de las primarias y meter a escoplo candidatos sin consultar con nadie, o consultando cuando ya se ha hecho pública la decisión imperial, es un engaño. Eso han hecho Sánchez con Irene Lozano, Rivera con Toni Cantó, e Iglesias con José Julio Rodríguez y parece que lo hará con Javier Pérez Royo que vuelve a sus orígenes de izquierdista radical tras asesorar a Zapatero sobre el Estatuto Catalán de 2006, qué éxito. ¿Qué sorpresas nos depararán las listas?

Rivera ha acudido al pie del monumento a la Constitución de Cádiz para presentar algunas propuestas. Me apuesto un pirulí a que el político equidistante, incoloro, inodoro e insípido, no ha leído “la Pepa” ni sería capaz de contestar a bote pronto quién redacto su Discurso Preliminar. Pero ese gesto teatral de postrarse ante el constitucionalismo gaditano como si fuese la Virgen de Lourdes es muy del estilo pasarela y parece más la petición de un milagro electoral que una afirmación de creencia en el futuro.

De las propuestas de Ciudadanos retengo la supresión del Senado convirtiéndolo en una conferencia de presidentes autonómicos con voto según la población, lo que convertiría en amos del cotarro a Madrid, Cataluña y Andalucía, además de suponer una intromisión del poder ejecutivo territorial en el poder legislativo nacional. La supresión del Consejo General del Poder Judicial, el órgano de gobierno de los jueces, que existe, con un rótulo u otro, en todos los Estados de Derecho; sería un mero cambio de nombres. Sobre la elección parlamentaria del Presidente del Tribunal Supremo no sería otra cosa que ponerlo en las manos de los partidos y de sus aparatos, que parece que es lo que se trataba de evitar en el ámbito de la Justicia. La prohibición del decreto-ley es una patochada excéntrica; debería saber Rivera que los decretos-leyes, legislación extraordinaria y urgente, deben ser revalidados por el Congreso de los Diputados en su más inmediata sesión. ¿Cree razonable la convocatoria de sesión parlamentaria en 72 horas cuando hay Plenos todas las semanas? La intervención decisiva, de hecho, del Parlamento en el nombramiento del Fiscal General del Estado, vuelve a poner en el ámbito de los partidos esa relevante figura. En cuanto al blindaje del modelo autonómico, ya lo propone el Partido Popular, y el modelo de nueva ley electoral de Ciudadanos es tan complejo que parece creado en un alambique. Hay que cambiar la Ley Electoral pero sin tratar de inventar la bombilla, que hace años que se inventó.

Sánchez se desautoriza a sí mismo tras cada propuesta que hace, o le desautorizan los barones de su partido, cuando no lo hace la vigilante Susana Díaz, que está al loro para después del 20-D hacerse con el santo y la limosna. Sánchez es improvisadamente vaporoso en sus promesas. Aún no sabemos qué quiere hacer realmente con la reforma constitucional, ni con la reforma laboral porque ha anunciado tantas cosas que todo es posible. Como cumpla sus compromisos con los ciudadanos con el mismo celo que los compromisos con Rajoy después de su reunión en Moncloa, estamos arreglados. Ha echado tanta agua al vino de lo que dijo allí que ya ni se sabe si mintió entonces o miente ahora. Además, en su afán de achacarle todos los aciertos al PSOE y todos los errores al PP, Sánchez aseguró que la ley del divorcio del Gobierno de Suárez la hizo el Gobierno de González y, como niño cogido en falta, se excusó: “Yo entonces tenía 9 años”. Ya saben: como Sánchez no había nacido en 1931 no tiene motivo para saber que hubo una República, y como ninguno de nosotros vivía en tiempos de Isabel y Fernando esos nombres no deben decirnos nada.

Iglesias no ha anunciado medidas aplicables ni coherentes con la situación de España y desde luego con las leyes. Lo que ofrece es un recorrido de la caspa a la casta, que es en lo que se está ocupando en los últimos tiempos al ver caer su buena estrella en los sondeos electorales. La estrategia del enmascaramiento. Más que sus propuesta han creado cierto revuelo sus fichajes y en especial el del antiguo Jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general José Julio Rodríguez, que se precipitó un pelín en hacer pública su incorporación a Podemos sin haber cumplido el trámite oficial de su salida del Ejército. Llegó a JEMAD por decisión de Zapatero, lo que avala la calidad del personaje. Irá como número 2 de la candidatura por Zaragoza, con escasas posibilidades de salida si se cumpliesen los sondeos. Me cuentan que su decisión de ingresar en un partido antisistema se asienta en motivos muy personales que le habrían hecho sentirse rechazado por sus compañeros. No lo sé ni me importa.

Sobre el fichaje de Rodríguez me preocupan, sobre todo, dos cosas. La primera, lo que habrá sufrido este hombre escuchando sin queja durante su larga vida militar la “pachanga fachosa”, que es como llama al himno nacional su jefe Iglesias por mera ignorancia de la Historia; inclinándose sin protesta ante la bandera de España, que no es la bandera que querría para el país su jefe Iglesias; jurando (me gustaría comprobar en qué momento empezó a “prometer” y no “jurar”) cumplir la Constitución, de las tantas veces como habrá tenido que hacerlo por los muchos y altos destinos que ha ocupado, cuando su señorito se quiere cargar esa Constitución de la A a la Z. Qué vida de simulación y sufrimiento. Pobre hombre… Y la segunda preocupación es qué grado de conocimiento de información sensible posee este ciudadano que ahora es anti-OTAN y antes estuvo destinado en el cogollo de la organización de la defensa de Occidente. Por la debilidad del ciudadano Rodríguez a la hora de elegir partido hemos enviado a nuestros aliados malas señales sobre nuestra propia fiabilidad. Antes su Jefe Supremo era el Rey y ahora lo es Iglesias el de la coleta. Qué cosas. Si será bisoño Iglesias que ya nombra ministro de Defensa antes de cazar el oso. No creo que haya precedente. Ese problema no lo tiene Sánchez que desde la misma bisoñez anunció que suprimiría el Ministerio de Defensa. Iglesias, en la casta, volvería a la práctica franquista de llevar a un general, en este caso retirado, al Consejo de Ministros.

¿Veremos a Rodríguez con melena, con coleta o con la barba a lo Robinsón Crusoe? Ya lo hemos visto en camisola y vaqueros. Sin uniforme, sin banda, sin condecoraciones, de esa guisa de disfraz progre, se queda en poca cosa. Lo que sabíamos de él hasta ahora es que dejó escapar a una lancha con piratas somalíes que habían mantenido secuestrado durante 47 días al pesquero “Alakrana”,  cuando estaban bajo control de un helicóptero de la Armada que no recibió la orden de hundir la lancha y recuperar así los millones que les sirvió en bandeja el Gobierno de Zapatero. Pero ya declaró la ministra Chacón que el Ejército español era pacifista. Mis amigos marinos se cabrearon mucho entonces por el “buenismo” culpable del JEMAD. Los dispositivos de precisión de disparo del helicóptero Seahawk permitían volarle la cabeza a un pirata sin que llegase a saber de dónde procedía el disparo.

A Sánchez, a Rivera y a Iglesias les falta un hervor. Y el país no está para incertidumbres ni experimentos. Ya lo dijo el viejo y sabio D’Ors: “Los experimentos con gaseosa, joven”.

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